Cuando Doris Careaga llegó a la ciudad mexicana de Xalapa, se encontró con la otredad y para buena parte de la población de Xalapa la otredad era ella. A sus dieciséis años, Doris se dio cuenta de que era «diferente». En contraste con lo que ocurría en su comunidad —apenas a cuatro horas de distancia en carretera—, en Xalapa había menos personas que lucían como ella, al punto que en esa ciudad creían que era cubana o brasileña.
—«Y yo me preguntaba, ¿por qué no me ven cómo mexicana? Si yo soy una mujer orgullosa de ser de Tamiahua, de Veracruz y de México»— cuenta la famosa investigadora afromexicana.
En aquel entonces eran escasos y difíciles de encontrar los documentos sobre la historia de las personas afromexicanas. Fue así que, al terminar la universidad, empezó su libro Recetario afromestizo de Veracruz: «quería conocer la historia de mi comunidad y de parte de mi estado», y esa búsqueda la llevó a recorrer catorce municipios de la entidad, con lo que obtuvo las primeras pistas sobre nuestro pasado afrodescendiente.
De acuerdo con el censo de 2020, en México viven 2 576 213 personas que se reconocen como afromexicanas y representan 2% de la población total del país[1]. La mayoría de esta población se encuentra en Veracruz, Guerrero, Oaxaca, Chihuahua, Yucatán, Michoacán, Tabasco, Guanajuato, Puebla y Colima, entre otros estados. Buena parte de estas personas pueden rastrear su ascendencia a las migraciones forzadas por el comercio trasatlántico de personas esclavizadas que comenzó durante el periodo colonial, sin embargo, también hay quienes tienen familias que vienen de migraciones más recientes y voluntarias, así como de flujos de refugio, menos voluntarios.
Seynabou Diedhiou Bello es representante y resultado de esas nuevas olas migratorias. De padre senegalés y madre oaxaqueña, Seynabou es heredera de una rica tradición cultural que ha sido su cimiento para un emprendimiento gastronómico. Cocina Baobab es un delicioso proyecto que se dedica a la elaboración y venta de platillos cuyo origen se encuentra en el continente africano y que tiene una doble intención: busca, por un lado, reivindicar, la cocina de matriz africana y, por otro, visibilizar el papel de la mujer en la conservación y creación de una tradición que está viva y hace parte del día a día de la comida típica mexicana.

Lo que le debemos a África
Dicen las crónicas que la primera persona en sembrar trigo en el continente americano fue Juan Garrido, un africano que acompañó a Hernán Cortés en la invasión a México. A él también se le atribuye la primera pieza de pan elaborada en el llamado Nuevo Mundo. Sin embargo, no es el único producto que floreció en América gracias a las personas de origen africano —mayoritariamente esclavizadas—, también les debemos alimentos como la flor de jamaica, el tamarindo, el plátano, el arroz, la caña de azúcar, el comino, además de otras especias y técnicas de cocina que, como gran parte de la historia negra en México, han sido invisibilizadas o, peor aún, blanqueadas.
Entre los casos poco contados —por no decir convenientemente olvidados— por la historiografía está el triunfo de Gaspar Yanga en 1609, cuando derrotó a los españoles en Veracruz, tras lo cual constituyó el primer pueblo liberto de América que hoy lleva su nombre[2]. Otro caso clave para entender hasta qué punto puede llegar el negacionismo sobre los vínculos de México y las personas con herencia africana es el blanqueamiento de Vicente Guerrero, general que consumó la independencia de México, fue su segundo presidente y como tal expidió uno de los primeros decretos de abolición de la esclavitud. Desde el porfiriato y hasta hace relativamente poco tiempo, el general Guerrero todavía era descrito y representado como una persona mestiza, incluso hispanizada, cuando en realidad se trataba de una persona afrodescendiente con tono de piel y rasgos marcados.

Gracias a los estudios de Gonzalo Aguirre Beltrán, ahora sabemos que en la época de la Colonia había más personas de origen africano que europeas en el territorio que hoy es México[3], también gracias a dichas investigaciones es posible afirmar que las élites nacionales intentaron borrar a dicho grupo poblacional de la historia oficial, diluyéndoles en el gran paraguas racista del mestizaje que calificó de «morenas» a todas aquellas pieles que no fueran blancas. Incluso se intentó confinar su historia solo a ciertas zonas costeras, borrando, por ejemplo, la llegada de los negros seminoles[4] que se establecieron en Chihuahua.
El trabajo de la investigadora María Elisa Velázquez Gutiérrez muestra que, a lo largo del siglo XVII, la Nueva España desarrolló nuevas dinámicas de integración:
«Fue así que muchos africanos y afrodescendientes tuvieron posibilidades de obtener su libertad y acceder a trabajos como artesanos en distintos gremios, funcionarios, comerciantes, capataces, arrieros o en las milicias, mejorando sus condiciones de vida. Ello, por supuesto, no niega que muchos continuaron sometidos a situaciones de esclavitud, explotación y marginación».[5]
Por otro lado, existe una imagen errónea de África como un continente plagado por la hambruna e históricamente rezagado del desarrollo, cuando se trata de un territorio fértil que participó activamente de la domesticación de plantas y semillas que luego se esparcieron por el mundo —entre otras razones, gracias a las migraciones humanas—. Se calcula que existen más de cien especias y alrededor de doscientas frutas, verduras, semillas y flores comestibles que cambiaron el panorama alimentario de América y del mundo, y aún más, existe evidencia en África de la domesticación de cultivos como el algodón en el 5000 (A.E.C).[6]
Lo paradójico es que muchos de estos alimentos, que a la fecha siguen siendo muy populares en la cotidianidad de la gente en todo el mundo, a pesar de tener origen africano se instalaron en el imaginario colectivo como productos asiáticos.
Así, el mecanismo invisibilizador de la herencia africana basado en el olvido, mestizaje y blanqueamiento no fue exclusivo de las personas, también se extendió a los relatos, en la historia y, por supuesto, trascendió a los alimentos.
Identidades afrodescendientes
Es importante hacer énfasis en que la culinaria afrodescendiente también retrata mucho de la historia de las personas y las condiciones bajo las que llegaron a vivir a las Américas. El historiador camerunés Achille Mbembe lo sintetiza crudamente al señalar que «la plantación representa en esa época una innovación de envergadura, y no simplemente desde el punto de vista de la privación de la libertad, del control de la movilidad de la mano de obra y de la aplicación ilimitada de la violencia». Es decir, la plantación representó un quiebre porque, como nunca antes, hubo control total sobre los cuerpos y destinos de las personas esclavizadas. Junto con otros autores, esta reflexión lo lleva a afirmar con vehemencia que el sistema económico actual está fundado sobre la sangre de África.
En términos culinarios, ese sistema de esclavitud llevó a la población africana a usar la creatividad para sacar el mayor provecho de productos considerados incluso como desperdicio «ya que los afrodescendientes estábamos condicionados a comer lo que los dueños de las haciendas no querían», cuenta Careaga, y es así como las vísceras, la cola de res o las patitas de cerdo tienen mucho que ver con la historia afromexicana convertida en platillos tradicionales.
La comida afromexicana
Doris —antes de ser la doctora Careaga— se hizo consciente de su herencia africana «de manera paulatina». Por un lado, sus características físicas, como el cabello rizado y su tono de piel, hacían evidente su afrodescendencia, misma que percibía en su familia y comunidad como algo cotidiano. Esa misma familiaridad le hizo perder la perspectiva de aquello que marca una diferencia ante los ojos de las personas de otros lugares de México.

Pero al salir de Tamiahua se dio cuenta que la veían como alguien diferente sin que lograra entender por qué. Fue durante el Festival Afrocaribeño de 1994 que encontró una respuesta:
«mi propia existencia comenzó a tener más sentido para mí, más allá de mi historia personal. De repente, y de forma inesperada, me encontré conectada a otras comunidades fuera del estado de Veracruz —las comunidades de ascendencia africana de Oaxaca, Coahuila, y Guerrero—», narra Careaga en la introducción de su tesis doctoral.
La reflexión que tuvo su inicio en aquel ciclo de conferencias la motivó a comenzar una investigación sobre la cocina afroveracruzana y, un año más tarde, publicó el Recetario afromestizo de Veracruz (1995).
La comida ha sido siempre un eje central en mi familia, mis papás tenían restaurantes, al igual que mis tías. Yo recuerdo desde mi niñez a mis tías cocinando. Mi tía Martina y mi tía Dominga forman parte de la base fundamental de la cocina en Tamiahua, ya que ellas se dedicaban a hacer grandes cantidades de comida en eventos como fiestas o funerales. Para mí la cocina fue un hilo que me dio mucha información para entender a mi comunidad y también para conocer a las comunidades afrodescendientes en Veracruz.
En el proceso entendió que la cocina de Tamiahua es muy diferente a la de Xalapa, pero tiene similitudes entre las comunidades afro en Veracruz —sin importar si están en el norte, centro o al sur—.
«Digamos que pasé de una clara conciencia de mi identidad física a entender que hay elementos culturales que nos unen», explica.
Esas características, de las que habla Careaga, se extienden más allá del territorio mexicano y atraviesan el Caribe, lo cual cobra sentido si seguimos la ruta de los traficantes portugueses, holandeses e ingleses que secuestraron cerca de doce millones de mujeres y hombres africanos entre los siglos XVI y XIX. Estas personas fueron esclavizadas, explotadas y deshumanizadas para usarlas como fuerza de trabajo en las plantaciones y minas del continente americano, en lo que constituye el proceso de migración forzada más grande de la historia y que, en gran medida, configura el origen de la riqueza del norte global.
La ruta de los barcos negreros partía de las islas —principalmente Cabo Verde— y costas africanas del Atlántico y hacían una primera parada en las islas del Caribe para luego ingresar a la Nueva España —de manera «legal»— por el puerto de Veracruz, aunque existen registros de entradas por Campeche y Yucatán. En el trayecto, los portugueses alimentaban a las personas esclavizadas con arroz y plátano, entre otros motivos, por ser un alimento que ya se consumía en África, de ahí que académicos como Esteban Cabezas Bolaños y Ana M. Espinoza Esquivel consideran que el cultivo de estos productos en el nuevo mundo buscaba perpetuar los hábitos alimenticios de la población de ascendencia africana.

Así es como resulta que «el mogo mogo, típico de los Tuxtlas en Veracruz, es el mofongo en Puerto Rico o el mangú en República Dominicana» explica Careaga, quien actualmente reside en Estados Unidos. Careaga también señala que, además de ingredientes, hay procesos culinarios que se comparten entre la diáspora africana sin importar la región del mundo y le dan un sello indiscutible a la comida:
Hay similitudes en cuanto a técnicas y mucha gente podría asombrarse de ellas. Por ejemplo, en Tamiahua tenemos el «arroz colorao» que dialoga perfectamente con algunos [platillos] al sur de Estados Unidos, por ejemplo, el jambalaya, y eso tiene que ver con que es una tendencia que los africanos trajeron a las Américas, por ello tenemos coincidencias en estos guisos a base de arroz que ayudan a darle cuerpo a la comida, además de las técnicas de ahumado y frito en los alimentos.
Las otras migraciones africanas
Como parte de la construcción del México independiente y, con mayor fuerza, tras la Revolución, se anularon las afrodescendencias del país y no fue sino hasta en el marco del Decenio Internacional de los Afrodescendientes 2015-2024, propuesto por las Naciones Unidas, que la Encuesta Intercensal 2015 del INEGI incluyó una pregunta para identificar a la población afromexicana y contar con datos relevantes sobre su situación socioeconómica.
El resultado de ese ocultamiento es un racismo y discriminación profundos del que en México preferimos no hablar, pero que personas como Seynabou Diedhiou Bello y sus hermanas sufren a diario. Su padre es de un pueblo llamado Boutéme, ubicado en el departamento de Bignona, cabecera departamental de la región de la Alta Casamanza, cuya capital natural es Ziguinchor, en Senegal. Por la línea materna, su abuela era de Cosoltepec, Oaxaca, y su abuelo de Santa Catarina Tehuixtla, Puebla, México.

El padre y la madre de Seynabou se conocieron en la Ciudad de México. Él había obtenido una beca del gobierno de Senegal para estudiar en nuestro país. Cuando decidieron unirse en matrimonio, su madre fue cuestionada por la familia por casarse con un «negro», pues le repetían con frecuencia que «debía mejorar la raza, no empeorarla». A pesar de las múltiples discriminaciones, sus tres hijas se convirtieron en mujeres talentosas, orgullosas de sus raíces mixteca-zapoteca y diola-wólof. Seynabou es la mayor de ellas y en las reuniones de la comunidad afro encontró la inspiración para Cocina Baobab.
«La comunidad afro siempre ha tenido presencia en México. De niña recuerdo las reuniones o los bailes donde cada quién llevaba un platillo de su comunidad o de su pueblo natal» explica Seynabou.
Ahí comenzó su interés por la gastronomía afro, por su influencia en los platillos mexicanos y en algún momento decidió iniciar un negocio y así compartir el conocimiento y la experiencia de sabores con el resto de las personas.
El camino no ha sido fácil, ha tenido que conciliar su emprendimiento con otras cuestiones, como vivir fuera de México o cuando, estando embarazada, tuvo que afrontar retos y pruebas para continuar con su proyecto.
Los ojos chispeantes y la voz ecuánime de Seynabou contrastan con las actitudes discriminatorias que se le presentan cotidianamente, desde los eventos o ferias gastronómicas, donde la cocina afro es subestimada, hasta otros espacios en los que las personas le cuestionan el origen o preparación de sus platillos.
Si bien la mayoría de la población afro en México —poco más de 50%— se encuentra en seis entidades del país (Guerrero, el Estado de México, Veracruz, Oaxaca, la Ciudad de México y Jalisco), Seynabou insiste en que la influencia afro en la cocina y la cultura mexicana es amplia y no se debe solo a un pueblo, sino a múltiples comunidades afro que viven, aportan y son parte de México. El INEGI le da la razón, pues una de cada cien personas en el país es afrodescendiente, y viven a lo largo y ancho del territorio.
«Ahí radica la riqueza y la importancia de la diáspora» dice Seynabou. Con toda certeza, la familia, el pueblo, la comunidad está donde se encuentran las personas herederas de la tradición, cultura y saberes que aportan a su identidad individual, pero también a la identidad colectiva que no puede ni debe pensarse sin nuestras raíces negras.

Los alimentos nos llevan a darnos cuenta de que hay muchas coincidencias y que no importa si la comunidad está en Brasil, Estados Unidos, el Caribe u otra parte de las Américas.
Como bien menciona Careaga: «el factor común son las personas africanas y hay coincidencias en cada uno de los países que recibió esta diáspora africana. Es tiempo de hablar de estas aportaciones e influencias para que seamos justos y entendamos nuestro presente con todas las aportaciones que ha habido a través de nuestra historia y, sobre todo, que se mantienen en el presente. Y yo no dudo que en el futuro hablemos de las aportaciones de las poblaciones que actualmente están migrando a México que tienen influencia de la diáspora africana».
[1] Por diversas razones (metodología censal, limitado autorreconocimiento, estigmas) esta puede ser considerada la cifra mínima de población afrodescendiente en México.
[2] Este pueblo fue reconocido como liberto hasta 1630, cuando el Virrey de la Nueva España era Rodrigo Pacheco de Osorio, por lo que se discutió sobre si fue el primer pueblo liberto, sin embargo los historiadores Juan B. Laurencio y Leonardo Pasquel demostraron que en 1609 hubo un acuerdo de rendición de Yanga y su gente a cambio de que se respetara su autonomía, que ningún español residiera en su pueblo y que solo los atendieran frailes franciscanos.
[3] Sin embargo, el número de personas de los pueblos originarios era mucho mayor.
[4] Se trata de los descendientes de africanos libres y algunas personas esclavizadas fugitivas que escaparon de las plantaciones de arroz de Georgia y Carolina del Sur y se mezclaron con los seminoles, un pueblo originario de Norte América. A México llegaron al frente de John Horse en 1850.
[5] Velázquez Gutiérrez, María Elisa. «Africanos y afrodescendientes en México: premisas que obstaculizan entender su pasado y presente», Cuicuilco, 18.51 (2011): 11-22.
[6] Carney, Judith. In the Shadow of Slavery: Africa’s Botanical Legacy in the Atlantic World. University of California Press, 2009.


