Esta luz tenue de tarde nublada invernal en mi actual casa en South Hadley, Massachusetts, me trae a la mente a mi tía Reneé. Alcanzo a imaginarla en su casa de Tumbaco, Ecuador, por allá en los años 2000, con sus lentes de aumento, intentando leer e invitándome a estudiar uno de los tantos folletos religiosos que había en su casa. Ella los repartía a la gente por los barrios, y también de cuando en vez, me regalaba alguno, insistiéndome en que los leyera, aprendiera y, sobre todo, a que creyera.
Su cuarto estaba lleno de otras mil cosas que llenaban estantes hasta el techo y generaban en mí una inmediata sensación de hogar. Este sentimiento surgía, en parte, del olor que me invadía al entrar en su habitación. Allí siempre encontraba su cama tendida, como llamándome a gritos para dejarme caer y dormir una siesta, protegida por las incontables piezas tejidas a crochet, pedazos de hilo y bolas de lana de todos los colores que me rodeaban. La habitación tenía su aroma, es decir, olía a hogar, ese lugar donde te puedes quedar a dormir si se hace de noche. Allí donde tienes garantizado un sueño dulce y profundo, porque en ese mundo lleno de objetos y aromas familiares, estás segura, cómoda y feliz.
Historias de buñuelos
Son tantas las comidas que mi tía Renée preparaba, recetas que me enseñó y que me hacían feliz. Hay una en particular que me trae a la mente la imagen de un tiempo lejano en la cocina en su antigua casa en el barrio San Pedro Claver, en Quito, donde pasé muchas tardes de mi infancia en los años 1980. Se trata de los buñuelos, una comida tan sencilla como deliciosa: masas de harina de trigo fritas en aceite caliente en una olla de aluminio profunda, estiladas en servilletas y servidas con de miel de panela (piloncillo, papelón) y acompañadas de agua (infusión) de hojas de menta fresca que ella misma cosechaba en su jardín.
Estaba en la primaria cuando aprendí a hacer buñuelos en la cocina de mi tía Reneé, y desde esa época no los he vuelto a hacer ni a comer. Hace poco me enteré, aunque en ese entonces jamás me habría imaginado, que hacer buñuelos fue alguna vez motivo de persecución por parte de nuestros antepasados españoles, hacia nuestros también antepasados los moriscos, a quienes nunca les presté demasiada atención, ni mi tía tampoco.
Aprovecho la oportunidad que me trae este dulce recuerdo de mi infancia para contar un pedazo de la historia sobre los aportes poco conocidos de la cultura morisca a lo que hoy reconocemos como nuestra herencia culinaria española.
Se llamaba moriscas a las personas de fe musulmana forzadas a convertirse al catolicismo tras la caída del Califato en la península Ibérica (Al-Ándalus) en 1492. Hacer buñuelos era un oficio tradicional de la tradición morisca. Una cultura que por siglos dominó buena parte del territorio que hoy es España y que fue expulsada de la tierra que se convertiría en el imperio español.
Pero para el momento de la expulsión, su gastronomía y muchas de sus costumbres y palabras —de las que tenemos un vasto legado en la lengua española— ya habían permeado y se habían entrelazado con las costumbres peninsulares. Luego, a través de la conquista española de América —con las correspondientes violencias que ello involucró— llegaron a este lado del mundo estos sabores trayendo consigo historias de resistencia poco conocidas como las que cuenta Karoline Cook en su artículo «De los Prohibidos: Muslims and Moriscos in Colonial Spanish America» (2015).
Cook narra la historia de Nicolás de Oliva en la provincia de San Salvador, Guatemala, entre 1611 y 1613, acusado de ser «morisco», entre otras cosas, por haberlo visto preparando buñuelos y frecuentando la casa de un «morisco boñelero», en una disputa por sus tierras, según denuncias de testigos a autoridades inquisitoriales. Ideas sobre lo que hacía a alguien morisco se presentaban como evidencias sustentando la sospecha y podían incluir además de prácticas religiosas, ocupación (en este caso, trabajar de boñelero), costumbres alimentarias, costumbres de baile y música, color de piel, vestimenta, lugar de origen, lengua (árabe), entre otras. Este tipo de acusaciones afectaban la reputación pública, y podían resultar en investigaciones inquisitoriales y tribunales eclesiásticos, obligando a los acusados a defenderse para restaurar su imagen, estatus legal y social o incluso sus propiedades (Cook 2015, 32-35).
Es decir que, por insignificantes que parezcan, los buñuelos que conocí en la cocina de mi tía Reneé, son una herencia cargada de historias, silencios, violencias, resistencias y también, de nostalgias. Hoy los recuerdo a la distancia desde un presente muy alejado de mi tía (que en paz descansa) y su cocina en el Ecuador, y aún más alejado en tiempo y espacio de esas «zonas de contacto» (Ortíz 1966, Mintz 1973), allí donde los saberes y sabores de estas masitas redondas, crocantes y suaves, se transmitieron y se transformaron a lo largo de cinco siglos.
La cultura cura
Bajo la guía e inspiración de la escritora Ana Luisa Islas, junto a mis estudiantes del curso «La Cultura Cura», en clase creamos un miniregistro de recetas contra el espanto partiendo de su texto del mismo nombre. Remedios, curas, sabidurías que no reconocemos o nombramos como tal, que en su mayoría habitan en nuestra memoria corporeizada mas que estar escritas en libros o digitalizadas en la web. Estas recetas fueron experiencias contenidas en vínculos —a veces anónimos—, transmitidas por quienes buscan o quisieron nuestro bien y nos sostuvieron con estas herramientas de supervivencia y bienestar emocional y físico: dos alas de un mismo pájaro. «Recetas contra el espanto», el texto de Ana Luisa Islas, me empodera cada vez que lo leo, me recuerda lo mucho que ya tengo dentro de mí para sanarme, conocimientos para la vida que me transmitieron quienes vinieron antes, como mi tía Reneé.
Quizás entre todas mis segundas mamás —mis tías y mi abuela— ella era la más conocedora sobre plantas, comidas y sus usos medicinales y terapéuticos. En su casa las comidas eran verdaderos festines —era una maestra cocinera y también curandera—. Su jardín era a la vez farmacia y despensa de alimentos. A pesar de esto, nunca tuve conciencia cabal sobre todo lo que ella me había enseñado, con todos los conocimientos que me había equipado, hasta el momento en que vine a vivir a Estados Unidos. Acá lo normal es fumigar con pesticida los dientes de león (Taraxacum officinale), tsetseras (Lepidium chichicara) y tantas otras mal llamadas «malas hierbas» que ella y mi abuela me enseñaron a recoger y preparar para remedios y curas. Acá el médico nunca te va a recetar gárgaras de agua de achiote (Bixa orellana) con sal para calmar la inflamación de la garganta o hacerte un emplasto de hoja de col (Brassica oleracea) en el sitio en el que te duele.
¡Yo ya venía muy bien equipada con sabidurías que curan, y no tenía ni idea!
Para mis estudiantes leer a Ana Luisa también fue empoderador. En preparación para su taller, tuvieron de tarea investigar recetas contra el espanto haciendo entrevistas a integrantes de sus familias, a figuras importantes de sus vidas o investigando en libros sobre herbolaria en la biblioteca. Sus recetas contra el espanto resultaron ser tantas y tan diversas, abarcando desde oraciones, rezos y poemas, hasta comidas que confortan el cuerpo y el alma y las conectan con su herencia cultural (particularmente si son de familias migrantes). Para las estudiantes que no cuentan con referentes de medicina tradicional en su familia o cultura, el ejercicio de indagar sobre su historia y raíces familiares o sobre plantas nativas del suelo que están pisando, es en sí mismo un trabajo de búsqueda y construcción de su sentido de pertenencia. Es decir, están aprendiendo a suplir una necesidad humana fundamental y a entender su salud desde una visión integral.
Llorar es bueno
En la sesión con Ana Luisa, desenterré de mi memoria una receta contra el espanto que ni recordaba que la tenía: un vaso de agua. Todas mis tías eran lloronas, eso también me heredaron, pero quizás la más susceptible al llanto en distintas circunstancias era justamente mi tía Reneé. Para ella, llorar era una receta contra el espanto en sí misma y la promovía entre sus hermanas y todos los primos a quienes nos crio. Si de repente llorábamos por algún motivo, ella se acercaba a confortarnos, dándonos palmaditas de ánimo con cariño para que lo hiciéramos sin vergüenza, para que lloráramos con libertad, porque eso ayudaba a desahogar y limpiar lo que estaba atascado adentro nuestro. Llorar decía ella, desahogaba emociones que de otra manera podrían somatizarse. Hablaba por experiencia. Ella sabía que su artritis avanzada era, en gran medida, resultado de emociones sin procesar.
Llorar es bueno, nos recordaba.
Cada vez que lloraba —y fueron muchas las ocasiones en que mi tía Reneé sostuvo mi llanto— empezaba un ritual. Con sus rodillas adoloridas, caminaba religiosamente hacia la cocina, llenaba un vaso con agua fría y me lo ofrecía. No más bastaban uno o dos sorbos para que mi llanto se acallara. Como por arte de magia, mi respiración se regulaba, seguida inmediatamente por el reflejo de inspirar profundo, la anhelada respiración del alivio. La calma se apoderaba de mi cuerpo, aunque mi pecho siguiera un poco resentido. Era el comienzo de la reflexión sobre lo sucedido, el inicio del proceso de cura.
No era consciente de esta página de mi recetario contra el espanto hasta hace unos meses cuando visité a mi sobrino. Sus berrinches de niño de ocho años a menudo le arruinan los días a él y a quienes lo vemos sufrir sin saber cómo remediar su enojo. Mi hermano y cuñada habían intentado mil y una estrategias para que encontrara sosiego, sin embargo, el vaso de agua no estaba en su repertorio. Lo intenté un día de rabieta, después de largos minutos de llanto desconsolado que ya empezaba a salirse de control (falta de aire, gritos, zapatazos, etc). Agregué a la receta original de mi tía un ingrediente clave: pedí a mi sobrino que buscara un sorbete (popote, pajita, pitillo). Me trajo uno de colores y con pliegues de acordeón, añadiendo un elemento de juego a nuestro nuevo ritual. Además de los sorbos de agua, sumamos a la mezcla respiraciones profundas, inhalando por la nariz y exhalando por el sorbete para formar burbujas. ¡Santísimo remedio! Nervio vago activado, sistema nervioso regulado, niño tranquilizado. Vínculo reforzado. Cuidado repartido. Cariño multiplicado.
Bendita herencia de mis ancestras ¡y ya yo soy una de ellas! ¿Quién sabe de quién aprendió mi tía esta técnica, o si fue algo que descubrió por sí misma un buen día de llanto desconsolado?
Nuestro patrimonio de recetas contra el espanto es muy vasto. Incluye buñuelos, vasos de agua, sorbetes, respiraciones profundas, abrazos, sopas, rezos, baños con hierbas de jardín, pulseras rojas en la muñeca y mil fórmulas más que aún no nos hemos dado cuenta que están archivadas en nuestra memoria de manera inconsciente. Son recetas que residen en la sabiduría de nuestro cuerpo, conocimientos que alguien nos regaló y que nos ayudaron a sanar, a sobrellevar la vida, a sobreponernos. Saberes para reparar heridas de cuerpo y del alma. Son mucho más que pastillas en una botella, porque son recetas que sobrevivieron a las violencias de la Conquista, a persecuciones injustas; soluciones que nacieron de duelos por pérdidas irremediables, de dolores del cuerpo que no se quitaban con pastillas, de diagnósticos médicos «normales», de diversos dolores de alma, de berrinches incontrolables y de un largo etcétera… Son un boticario de sabidurías de resistencia, de sabidurías para la vida.
Referencias
- Cook, Karoline. Chapter 1 «De los Prohibidos: Muslims and Moriscos in Colonial Spanish America.» Crescent over Another Horizon: Islam in Latin America, the Caribbean, and Latino USA, edited by María del Mar Logroño Narbona, Paulo G. Pinto, and John Tofik Karam, University of Texas Press, 2015, pp. 25–45. DOI.org, https://doi.org/10.7560/302293-003.
- Mintz, Sidney W. «The Caribbean as a Socio-cultural Area». Journal of World History, vol. 9, no. 4, 1966, pp. 912–937.
- Ortiz, Fernando. Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. Editorial Ariel, 1973.
PhD en Antropología y realizadora ecuatoriana. Dirige Comidas que Curan, una productora de documentales independiente dedicada a revalorizar los saberes sobre alimentación y medicina tradicional. Realizó el documental «Raspando coco» sobre las tradiciones culinarias afroesmeraldeñas premiado en festivales de cine y eventos académicos en distintos países. Ha sido productora de diversos proyectos audiovisuales junto a la Red Guardianes de Semillas de Ecuador. Es profesora del Departamento de Critical Race and Political Economy de Mount Holyoke College en Massachusetts.



