Sobre los movimientos populares y sociales dentro del mundo alimentario y otras yerbas…
«En los barrios, la olla comunitaria aparece como la primera respuesta ante la crisis, pero también como un ritual de reconocimiento. Quien llega con un kilo de arroz, quien pela papas, quien enciende el fuego: cada gesto compromete. En la memoria reciente de Chile, Colombia o Argentina, la olla ha sido el corazón de la protesta y garantía de que la vida sigue mientras se disputa el rumbo», explica Marcela Cadena Sandoval en uno de los preciosos textos recibidos a través de la convocatoria para el libro y que compartimos en esta alianza de Comestible y Mapa de Barmaids.
Resulta que cocinar para una olla compartida, editar un libro a varias manos para visibilizar voces del continente y tejer redes de militancia y colaboración tienen mucho más en común de lo que pensábamos. Y es que, de un tiempo a esta parte, la realidad nos aplasta.
Lo que llena nuestra cotidianidad son las noticias de proyectos de mundo que anteponen la crueldad y el lucro, y que ridiculizan la idea del bien común y el orgullo por la cultura propia. Pero como contrapeso, si es que llega a serlo, en distintas partes de Latinoamérica está creciendo —o deberíamos decir reviviendo— la conciencia colectiva de que, como dice Cadena, cuidarnos es inseparable de organizarnos. Y en ese sentido, estamos viendo que tanto los espacios compartidos como los proyectos comunitarios son más necesarios que nunca.
«Un mapa comestible» Cultura alimentaria en América Latina —el libro que estamos editando conjuntamente Mapa de Barmaids y Afines, Comestible y Caín Press— nos ratifica cada día que las labores de cuidado comienzan por la alimentación (qué comemos, cómo comemos, dónde comemos, cuándo comemos, quién nos da de comer, a quién damos de comer), pero también que resultan insuficientes si no se extienden a otras esferas de la vida. Para ello son fundamentales las redes de afecto y apoyo con toda su complejidad.
Este especial de ollas, comedores y huertos comunitarios que presentamos hoy hace parte de ese entramado. Los cuatro textos participaron de la convocatoria del libro y, sin que sus autoras lo supieran, comenzaron a dialogar en nuestra mesa editorial. En el silencio del trabajo de edición y corrección los artículos se complementaron y potenciaron. Gracias a este intercambio regional que tuvo como punto común la convocatoria para el libro, experiencias muy puntuales situadas en Argentina, México, Brasil, Guatemala y Colombia ahora pueden convertirse en referentes para la región. Y esto, gente, nos produce un orgullo enorme.
Les invitamos entonces a leerlas y a compartirlas.
El cuidado se teje en colectividad
Las ciudades están dejando de ser espacios donde se comparte. Entre la llamada «epidemia» de soledad y fenómenos como el acortamiento de la noche, la atomización de los vínculos sociales es cada vez mayor. Pero hoy queremos mostrarles que estos procesos pueden —y deben— revertirse. Que las ciudades pueden ser pensadas y diseñadas de otra manera —hay que decirle adiós de una vez por todas a la arquitectura hostil—, para retomar aquella pensada para servir de puente entre las personas, en lugar de convertirse en material aislante. Que los espacios en los que vivimos pueden transformarse —a través de políticas públicas, planeamiento, inversión e integración comunitaria— en territorios en donde podamos pensar la amistad y la solidaridad como infraestructura emocional de base para una vida en conjunto mucho mejor que la que tenemos ahora.
Se trata entonces de «descubrir el agua tibia». Un volver a los básicos, recordar o redescubrir aquello que caracterizó por décadas a América Latina y nos diferenció del Norte Global: el sentido de comunidad. Ese que se ha ido diluyendo poco a poco, sin que nos demos cuenta. De hecho, en países como Estados Unidos —hoy acosado por políticas migratorias terribles, costos de vivienda y alimentos cada vez más inaccesibles y una creciente brecha económica—, se ha comenzado a hablar del neighborism; que no es otra cosa que hacer comunidad, organizarse local y políticamente, encontrar formas nuevas y creativas de hacer activismo aprovechando las relaciones de proximidad y la cultura en común. Algo que en este lado del mundo conocemos muy bien.
Mucho se habla también de la desaparición de los terceros espacios (los cafés, los clubes de barrio, los parques, etc.) en donde es posible juntarse con otras personas, cruzarse con gente extraña, y pasar tiempo con una finalidad distinta a la comercial.
Lugares que sirven como sostén emocional y social, pero que son especialmente necesarios para ciertas capas de la sociedad como puntos de encuentro, intercambio y diálogo.
Martina, alma mater de Bar de Viejes, reafirma la importancia de estos sitios y también da cuenta de cómo son testigos silenciosos de la estela de desintegración social que se vive en Argentina a raíz de políticas que dejan desahuciadas a las personas que más las necesitan —como a las personas mayores y jubiladas— : «En estos últimos dos años sentada en el bar vi cómo progresivamente las personas entraban primero para vender, luego para pedir trabajo y ahora para pedir comida. También cómo cada vez entran más personas directamente para sentarse y descansar, sin consumir nada, y cómo muchos de los bares permiten eso entendiendo que es parte del ciclo de este país: sostener el peso de la crisis».
Resulta sencillo —como lo ha hecho ya tanta gente— responsabilizar a la pandemia y a la virtualidad de ese aislamiento colectivo masificado, pero también es cierto que las dinámicas de consumo nos han conducido por un camino en el que el encierro garantiza la ruptura del tejido social y esto a su vez asegura sociedades obedientes, cansadas, sin capacidad de acción ni imaginación para pensar otras relaciones con el poder y formas de vida más dignas. Tal vez lo que ocurre en Argentina pueda servir de alerta para el resto de la región, si miramos el desmantelamiento premeditado de las políticas y redes que sostenían mínimamente la existencia, en un intento por menoscabar la noción de que es posible vivir mejor. Y esto también significa que no nos debería dar lo mismo lo que le pasa a la persona de al lado. Un punto particularmente relevante para gente de clases medias aspiracionales que predica meritocracia e igualdad, pero que en la práctica defiende medidas que atentan contra la vida en común.
Conservar nuestra humanidad debería ser parte de esa calidad de vida tan anhelada.

«Las experiencias de ollas populares del Banco Nación y de SiPreBA dan cuenta de algunos cambios en el último tiempo entre los perfiles de los comensales que se acercan a buscar un plato de comida caliente. (…) En 2024 se vio un nuevo fenómeno social: sectores de trabajadores registrados o de la llamada “clase media” se acercan con vergüenza a pedir algo para comer. (…) Este fenómeno desborda las categorías clásicas de vulnerabilidad conocidas hasta ahora y refuerza la idea de una “inestabilidad como rutina” en Argentina», afirma Guadalupe Oliverio en un texto que nos cuenta sobre dos experiencias colectivas en ese país.
Mucho más que un guiso
Este especial de Comestible y Mapa de Barmaids se centra en ollas populares, comedores y huertos comunitarios desde distintas miradas y vivencias regionales: una guatemalteca que vive en Brasil describe las dinámicas de los comedores escolares; una argentina narra la coordinación de dos ollas comunitarias organizadas por sindicatos; una mexicana se pregunta por el cuidado y el papel de las mujeres, una colombiana que vive en México hila experiencias de resistencia colectiva de distintas partes del continente. Cada uno de estos textos deja un mensaje claro que se potencia cuando se leen en conjunto: nadie se salva en soledad.
Además de trazar una genealogía de la solidaridad y la esperanza, acá hay una reivindicación del trabajo silencioso que sostienen las redes de cuidado —en su mayoría impulsadas por mujeres o feminidades— que desde la colectividad nos invitan a imaginar futuros posibles, futuros mejores, futuros solidarios. Cuando pareciera que ya no queda nada, siempre está la posibilidad de complotar en colectividad.
Las mujeres y disidencias han sostenido históricamente las tareas de reproducción social; reconocerlo lejos de ser un saludo a la corrección política, es más bien un llamado de atención para que la gobernanza de estos espacios redistribuya cargas y reconozca trabajos. Marcela Cadena Sandoval en «Ollas huertos y comedores: un mapa de cuidados y resistencias»
Nuestra fortaleza desde el Mapa de Barmaids y Comestible es imaginar lo que no está o aquello que consideramos que hace falta para tratar de motorizarlo. Por eso desde septiembre de 2025 nos abocamos a la tarea de cocinar este libro que, incluso antes terminar la etapa de acompañamiento editorial, ya nos ha dejado el corazón lleno de emociones. Esta apuesta por el trabajo colectivo y la amistad se completa con Caín Press, una editorial colombiana de personas que aman los libros y que saben de su oficio.

¿Por qué un libro? Ya es hora de leer antologías con impronta realmente latinoamericana —y no pantomimas de latinoamericanidad pensadas como experiencia de márketing—. En la región existe la necesidad de pensar la cultura alimentaria desde espacios heterogéneos que permitan poner en juego saberes y experiencias locales, que movilicen, que inspiren, que dialoguen —sin limitarse a narrativas provenientes del periodismo tradicional o de la academia—. Y sobre todo, es indispensable dar un salto a lo impreso para darle otro peso al trabajo que ya venimos haciendo desde proyectos colectivos, autogestivos y militantes, superprofesionales, comprometidos y con mirada regional. Eso es «Un mapa comestible».
Edición a fuego lento
Así como la cocina tiene sus tiempos, la escritura es exigente.
La labor editorial se parece en algo a los cultivos microbianos que producen los fermentos: es invisible para la mayoría, pero cuando se hace bien permite que los textos florezcan. Y eso, sin dudas, está ocurriendo aquí.

El respeto y la confianza en el proceso son los pilares del trabajo editorial, sin ellos nada es posible. Se trata de un intercambio en el que la persona que escribe recibe comentarios y correcciones que deben entenderse como preguntas más que como imposiciones. Un genuino trabajo de edición y escritura además de potenciar el material original es un aprendizaje de dos vías —para quien escribe y para quien edita—. Es como una coreografía que tienen la escritura y la cocina: requieren compromiso, disciplina, pero sobre todo, no tener miedo a equivocarse. Eso que hoy, en tiempos digitales y de respuestas rápidas vía IA, algunas personas parecen dispuestas a sacrificar —¿sabrán los costos que oculta esta decisión? —.


Así va quedando un caldito jugoso, nutritivo y que está hecho con el mejor ingrediente: la motivación por crear algo en conjunto, que esperamos que disfruten tanto como nosotres estamos disfrutando —y aprendiendo— en el hacerlo.

Con este mismo placer que caracteriza lo que podría ser una glotonería bien entendida, les invitamos a leer, compartir, debatir —y todos los demás verbos que consideren— este especial temático, nuestro newsletter de este mes y, prontito, nuestro libro.
Para leer los textos del #ESPECIAL de ollas, comedores y huertos comunitarios:
- «Ollas, huertos y comedores: un mapa de cuidados y resistencias» de Marcela Cadena Sandoval
- «Cocinar el cuidado y aprender en la mesa: compartiendo saberes latinoamericanos» de Camila Cáceres Penados
- «Entre ollas y recuerdos: el papel invisible de las mujeres en la cocina» de Madeleine Torres Salgado
- «Solidaridad y organización sindical en tiempos de crisis: ollas populares en Argentina» de Guadalupe Oliverio
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Periodista especializada en cultura, sociedad y género, escribe en diversos medios como La Nación, Forbes, La Diaria, El País, Volcánicas y Pikara Magazine. Es fundadora del Mapa de Barmaids & Afines, la primera plataforma de visibilización y acción para mujeres y disidencias en gastronomía en LATAM. Trabaja como consultora creativa y mentora de proyectos; investiga y es speaker sobre DEI en gastronomía.
Filósofa con MA en Gestión cultural. Editora de tiempo completo. Trabajo e investigo alrededor de recetarios y libros de cocina. Escribo y hago el pódcast «Carreta de recetas» un programa sobre cocina, género, política y cultura.



