Desde principios de 2024, diversas organizaciones sindicales comenzaron a desarrollar —de manera simultánea— dispositivos de asistencia alimentaria en respuesta al incremento sostenido del hambre en la Ciudad de Buenos Aires. En este contexto, cobraron relevancia iniciativas promovidas por gremios que tradicionalmente no han estado vinculados a la distribución de alimentos.
La olla popular impulsada por trabajadores del Banco Nación —nucleados en La Bancaria—, y la olla popular organizada por trabajadoras el Sindicato de Prensa de Buenos Aires —SiPreBA— son dos ejemplos de las diversas iniciativas que se crearon durante el mismo periodo sin tener relación entre ellas.

Ambas experiencias permiten observar cómo los vínculos gremiales pueden activarse más allá del lugar de trabajo formal, de las condiciones en las que se desarrolla la jornada laboral y la cuestión salarial, poniendo en pie dispositivos de cuidado colectivo y de solidaridad ante la crisis económica y alimentaria. Es importante destacar que dentro del período de 2024 y 2025, en el que se centran las entrevistas realizadas, otras organizaciones sindicales también tuvieron iniciativas similares y entregaron alimentos calientes en los barrios donde se encuentran sus sedes. Tal es el caso de la Asociación Gremial de Trabajadores del Subte y Premetro (AGTSYP, por sus siglas). También se realizaron protestas en distintos espacios públicos de la Ciudad de Buenos Aires donde se convocaba a los ciudadanos a comer de las ollas populares que se realizaban «contra los despidos y el congelamiento salarial». En estas instancias la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE)2 y el sindicato de Camioneros tuvieron un marcado protagonismo.
«La inestabilidad como rutina»: los efectos de la crisis económica y alimentaria en la Argentina
El contexto económico en el que emergen y se consolidan estas experiencias de organización sindical para garantizar el alimento de los sectores vulnerables de la Ciudad de Buenos Aires está marcado por un deterioro acelerado de las condiciones de vida en toda la Argentina.
Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos de la República Argentina (INDEC), en 2023 la inflación anual alcanzó el 211,4%, un registro que no se observaba desde la hiperinflación de 1990. Durante el primer semestre de 2024, ya bajo un nuevo gobierno, la inflación acumulada fue del 79,8%, con una inflación interanual en diciembre de ese año del 117,8%1. Esta dinámica inflacionaria repercutió directamente en los niveles de pobreza que pasaron del 40,1% al 52,9% en un año. La cantidad de personas en situación de calle, por su parte, se duplicó, llegando al 18,1% en el primer semestre de 2024.
Estas cifras oficiales reflejan una caída abrupta del poder adquisitivo y, por lo tanto, un acceso desigual a las necesidades básicas como la alimentación en todas las provincias del país, incluida también la Ciudad de Buenos Aires.
En Argentina, el 92% de la población vive en zonas urbanas y obtiene comida a través de la compra de productos en supermercados y comercios. La autoproducción de alimentos es mínima, es por eso que el acceso a la comida depende casi exclusivamente de los mecanismos de mercado. Cuando estos se vuelven inestables —ya sea por la inflación de los precios de los alimentos o por la pérdida de ingresos vinculada a la precarización del trabajo— se genera lo que Patricia Aguirre y Díaz Córdova conceptualizan como una «inestabilidad de la rutina». La planificación cotidiana de la alimentación se ve alterada y las personas ya no pueden sostener prácticas alimentarias regulares y previsibles.
En sus palabras: «La estabilidad repetitiva de la rutina alimentaria está rota desde hace décadas en Argentina». Y, en ese quiebre, se ve también puesta en cuestión la seguridad alimentaria entendida como el derecho del pueblo a tener acceso a alimentos nutritivos y culturalmente adecuados (Díaz Córdova, 2014).
Siguiendo este razonamiento, la crisis alimentaria ya no se trataría de un problema de escasez alimenticia, sino de la falta de dinero para obtener los productos (Fischler, 1995). Es que, a pesar de la abundancia aparente, el sistema de producción y distribución de alimentos en la actualidad no asegura que se cubran las necesidades básicas de las personas, tampoco garantiza el reparto equitativo de la comida, ni la capacidad regenerativa de la naturaleza una vez extraídos los bienes comunes utilizados (Contreras, 2015).
Es en este marco que Patricia Aguirre y Diego Díaz Córdoba advierten que las distintas formas de inestabilidad económica, laboral y de planificación institucional —presentes en las últimas décadas de Argentina— actúan como fuerzas que conducen a que los sujetos vivan experiencias frágiles en el presente e inciertas respecto al futuro, con escaso margen para planificar a largo plazo, ya sea una estrategia de consumo alimentario o una trayectoria de vida.
En un contexto donde los precios cambian constantemente y los salarios pierden valor mes a mes, la planificación alimentaria se vuelve un desafío para muchos hogares. Díaz Córdova y Aguirre aseguran que la inestabilidad se volvió rutina. Es desde esta perspectiva que se pueden analizar las estrategias de los sindicatos con las ollas populares como una forma de dar respuesta a esa precarización de la vida cotidiana, ya que la alimentación no solo es el dominio del apetito y del deseo en la elección y consumo, sino que también puede entenderse y estudiarse como el terreno de la desconfianza y la incertidumbre (Fischer, 1995).
Algo se cocina entre ollas y cucharas: acciones solidarias del Banco Nación
En junio de 2024, un grupo de trabajadores del Banco Nación comenzaron a elaborar platos de comida caliente de manera semanal en una cocina que tenían disponible dentro de una oficina gremial. Este espacio se encontraba sin uso y los afiliados de La Bancaria vieron allí una oportunidad para realizar un nuevo tipo de acción sindical que, según relatan, hace mucho tiempo tenían ganas de experimentar: la construcción de una olla popular que alimentara a vecinos del barrio de Constitución. Nicolás, uno de sus integrantes, relató los inicios del proyecto:
«Nos propusimos hacer unas primeras semanas de prueba, a ver si se podía llevar adelante esta dinámica, si realmente funcionaba, si nos daba el cuero para salir a repartir comida y cocinar ahí en la oficina. Una vez que salió todo bien, que probamos, ya empezamos a abrir la iniciativa e invitamos a todas las personas del Banco que quieran sumarse y colaborar».
De esta forma, lo que comenzó como una prueba piloto se convirtió en una práctica militante cotidiana. Y para junio de 2025, los integrantes de la olla popular del Banco Nación aseguran que reparten 150 platos de comida dos veces por semana.
Aunque la iniciativa no es formalmente del sindicato La Bancaria, la idea surge de un grupo de sus afiliados y el sindicato decidió respaldar económicamente una parte de los insumos que son utilizados en la elaboración de los platos de la olla popular. Sin embargo, Nicolás explicó que otra parte importante de los ingresos que obtienen para poder comprar platos, vasos, cubiertos descartables, servilletas y alimentos proviene tanto de las personas que participan de la olla, como de trabajadores del Banco Nación.
«Estamos todo el tiempo pidiendo donaciones. Publicamos en Instagram o pedimos por mensaje de difusión de WhatsApp a todos los compañeros y compañeras del banco que nos den una mano. A veces, hacemos recorridas por las oficinas y tenemos la oportunidad de conversar un poco de la iniciativa con otros trabajadores. La gente siempre está muy dispuesta a dar unos mangos por la causa, así que solemos tener muy buenos aportes de los empleados y empleadas bancarias, que son en su mayoría muy generosos y generosas», contó Nicolás.
«Nos pasa que a veces no damos abasto con la cantidad de platos que entregamos. En enero, algunas personas nos han dicho que han pasado un par de días sin comer porque en esa época y por las vacaciones cerraron algunas instancias a las que acudían. Así que nosotros tenemos esa presión de no faltar ningún día porque sabemos que la gente lo necesita de verdad. Es por eso que dos veces a la semana, todas las semanas, salimos a repartir», agregó.
La olla popular del Banco Nación se realiza gracias a la organización colectiva de sus integrantes que buscan los ingresos para sostenerla, eligen los productos, los comparan y dedican varias horas a buscar precios en los comercios de sus barrios. También cortan, cocinan y condimentan los alimentos y, luego, se trasladan hasta el barrio Constitución y los reparten. Cada semana se dividen estas y otras tareas a través de un grupo de WhatsApp que suma setenta miembros que participan frecuentemente de la iniciativa para cocinar un guiso de arroz con pollo en la olla colectiva.
Las tareas se reparten buscando que haya participación de mujeres y varones por igual. Tres personas se encargan de picar y rehogar dos kilos y medio de cebolla cada quien. Tres participantes más hierven y cortan zanahoria en la misma cantidad. Finalmente, tres integrantes del equipo cocinan y desmenuzan cuatro kilos de pollo. Todo eso se realiza en las casas de los trabajadores y trabajadoras involucrados, con insumos que, como señalé antes, cada quien compra en su barrio buscando los precios más baratos.
A este menú, le agregan salsa de tomate, arvejas o choclo (elote o maíz tierno). También suman, por supuesto, una gran proporción de arroz que, según me contaron, se cocina en la oficina del sindicato con un caldo. Es en esa olla ubicada en la oficina del Nación donde finalmente se unen todos los ingredientes que llegan desde distintos barrios en tuppers y que son traídos en colectivo (bus, camión), subte (metro) o en auto el mismo día en el que los activistas sindicales salen a repartir la comida.
Cuando está todo listo es momento de emplatar. Se arman las porciones, se ponen en platos descartables y a eso se le suma una cucharada de mayonesa para agregar sabor, un pan y un vaso de agua. En el reparto también se incluye un bombón de chocolate como postre.
Cada porción de guiso que se entrega termina siendo el resultado final de una larga red generada a través de la organización sindical.
SiPreBA y la olla de los trabajadores de prensa: cocinar desde y por la precariedad de la vida
En paralelo, un colectivo de trabajadoras y trabajadores de prensa afiliadas a SiPreBA junto a vecinos del barrio de Congreso y Constitución en la Ciudad de Buenos Aires organizaron una olla popular con características similares a la del Banco Nación que se llevó a cabo durante 2024.
Florencia y Ayelén —trabajadoras de prensa y afiliadas a SiPreBa— aseguraron que su acción con la olla respondió a un intento de «contrarrestar un sentimiento de crueldad y destrucción» que se vive en Argentina y a que ese espacio funcione como reflector para la imaginación de otros sindicatos y organizaciones que en el futuro puedan replicar acciones de solidaridad similares.

La olla, en este caso, emergió como un espacio político, de encuentro y de visibilización de problemáticas que atraviesan tanto a quienes cocinan como a quienes se alimentan. A principio de 2024, SiPreBa denunció el desmantelamiento e intento de cierre de los medios públicos por parte del nuevo gobierno de Javier Milei. Y fue desde esa demanda, que tomaron la decisión de «unirse con otros sectores» que también «padecen las medidas» del gobierno federal.
En palabras de Ayelén: «Sabemos qué la situación económica viene complicada. Nosotros también lo sentimos en la TV Pública. Y algo que solemos transmitir o que intentamos pregonar hacia adentro del sindicato es que no es una situación en la que nada más estamos mal quienes trabajamos en los medios públicos o en los espacios del Estado… Es una situación que estamos viviendo y atravesando colectivamente en Argentina. Y que por eso está bueno expresar esa solidaridad con todos los sectores que sufren hoy, porque sabemos que hay compañeros en peores condiciones que las que nos toca vivir a nosotros acá en el canal».
Por su precarización laboral, sueldos bajos y la inestabilidad que representa trabajar en los medios públicos, muchas veces quienes cocinan en la olla de SiPreBa podrían ser también quienes reciben un plato de la olla. Esto desdibuja las líneas entre quienes dan y quienes reciben la comida, construyendo un espacio de mayor solidaridad que además de problematizar, intenta borrar las asimetrías entre quienes reparten y quienes reciben.
Compartir la comida, en otros contextos, puede ser un evento voluntario, libre, electivo y entre iguales como cuando se decide comer colectivamente en una mesa, en un cumpleaños, en un evento social. Sin embargo, en el acto de repartir existe una diferenciación, una asimetría. Alguien elige qué es lo que se le brinda a la otra persona y en qué cantidades (Aguirre, 2016). Desde esta experiencia sindical, surgió en el relato un intento de problematización de esa desigualdad incipiente.
Tanto Florencia como Ayelén hicieron énfasis en el crecimiento del hambre y la pobreza incluso entre personas que tienen empleos registrados como ellas y sus compañeros.
Al igual que en el Banco Nación, Florencia contó que se organizan entre vecinos y afiliados para dividirse las tareas de la compra y la preparación de los alimentos. El dinero también se consigue con fondos que aporta el sindicato y colectas realizadas entre los afiliados de SiPreBa.
Respecto a los alimentos, ambas trabajadoras hicieron una distinción entre lo que «la realidad las obliga» a dar y lo que realmente «les gustaría repartir». «Lo cierto es que nosotros cocinamos con donaciones, o sea, la gente a veces nos da plata, pero otras veces nos dan alimentos directamente. Entonces, a veces cocinamos con lo que de alguna manera conseguimos, con lo que hay, que suelen ser alimentos no pereceros como fideos, arroz, polenta. Y con la plata que nos donan nosotros compramos las cosas quizás más frescas, que son, bueno, carne, verduras, lo que se necesite para hacer una comida balanceada. La verdad que nosotros para hacer los platos pensamos más o menos en la composición, dentro de lo que se puede, que tenga algo de carne, algo de pollo, que tenga algo de legumbres», detalló Florencia.
Los alimentos de la olla: preparados para ser compartidos y llenar
En ambas experiencias la olla popular adopta formas de preparación e ingredientes similares: arroz, pollo, carne, papa, zanahoria. No hay frutas, ni verduras de hoja. Esta elección no es casual: se cocina con lo que rinde, con lo que llena, con lo que alcanza la plata para comprar. La clave está en el bajo costo, el poder saciante y la familiaridad de los sabores en una parte de la cultura de Argentina.

Como señala Patricia Aguirre (2016), la olla «supone un ahorro en ingredientes, porque el volumen está sostenido por pan, papas, fideos y otros hidratos de carbono que son baratos, con capacidad de saciar que resultan trazadores de los consumos en la pobreza».
Se trata de alimentos rendidores, con una elasticidad-ingreso marcada. Esto sesga los consumos hacia hidratos de carbono y grasas baratas, desplazando otras opciones más nutritivas —pero contradictoriamente más costosas— como lo son muchas verduras frescas.
La comida de olla, en donde en un mismo recipiente se cocina todo, también ha servido para resolver de manera práctica la organización cotidiana. «Este tipo de cocción conviene por la economía de escala: supone comodidad cuando hay poco espacio para cocinar (sin mesa o sin mesada); implica ahorro en equipamiento (un solo recipiente y una sola fuente de combustible); supone la disponibilidad de una cocinera que puede realizar simultáneamente otras tareas; conlleva la capacidad de reciclar los restos de modo que los mismos ingredientes saborizados con otras especias, forman otro plato», como señala Patricia Aguirre en su texto La olla, la fuente y el plato. Distintas maneras de compartir en Argentina.
Esta lógica de la practicidad aplica a ambas experiencias de olla popular, donde muchas veces quienes cocinan para otras personas lo hacen ocupando tiempo que originalmente debía estar destinado a su horario laboral, como en el caso del Banco Nación o en sus horas de ocio, como sucede en SiPreBa.

Sin embargo, la elección de los guisos como menú en las ollas populares no solo responde a criterios económicos, sino también culturales y sensoriales. Como señala Claude Fischler, si bien la disponibilidad y el costo son condiciones fundamentales para el consumo, «el sabor» y «el hábito», fruto de la repetición, también inciden en estas elecciones.
Se preparan comidas conocidas, gustosas y fáciles de aceptar por quienes las reciben. Fischler sostiene que «la familiaridad aumenta la aceptabilidad», ya que un alimento que fue previamente probado, tiene más chances de ser bien recibido que uno desconocido.
En estos espacios de comida compartida se condensan las contradicciones de un país donde, como afirma Aguirre, «la alimentación sufre un proceso de precarización desde hace décadas […] No es una precarización porque no sepamos qué es lo que tenemos que comer, es que no podemos comer como sabemos que tenemos que comer».
Mabel Gracia Arnaiz también reflexiona sobre esta última cuestión. La autora asegura que si bien amplios sectores de la población conocen ciertos datos sobre el consumo de alimentos y el aumento de la incidencia de ciertas enfermedades, hay múltiples causas que guían las elecciones alimentarias y el modo en que están determinadas por factores socioculturales.
«La mayoría de la población testimonia un buen nivel de apropiación de los discursos nutricionales fruto de la progresiva medicalización del comportamiento cotidiano, sin embargo, las prácticas alimentarias siguen motivadas por un conjunto de constreñimientos materiales y simbólicos, de tal forma que no parece existir una correspondencia directa entre, por una parte, las recomendaciones dietéticas asumidas por las personas y su definición de dieta saludable y, por otra, los consumos reales. Así, pues, tales resultados ponen de manifiesto, nuevamente, que la salud no es la única motivación para alimentarse ni para hacerlo de un modo determinado, y que la alimentación es funcional en cada una de sus circunstancias o contextos. Además de la nutricional, cabe considerar otras funciones importantes de la alimentación que tienen que ver con las necesidades más inmediatas y cotidianas y con las fórmulas más prácticas o posibles para resolverlas», explica la autora.
En estas experiencias podemos ver como la comida es producto y, a la vez, produce relaciones sociales (Aguirre, 2016). Como explica Jesús Contreras, la alimentación es una práctica que articula de forma inseparable los aspectos biológicos con los sociales y culturales. Comer es más que un acto fisiológico; implica adaptaciones complejas según las condiciones históricas y materiales en las que viven las personas. Analizar quién obtiene los alimentos, cómo se preparan y en qué contextos se consumen permite acceder a información clave sobre la organización social de una comunidad y sus estructuras de poder, cuidado y reproducción.
Desde esta perspectiva, los hábitos alimentarios no son decisiones individuales aisladas, sino expresiones de una totalidad cultural. Factores como la clase social, el género, la edad o la pertenencia cultural condicionan nuestras elecciones cotidianas de alimentos, tanto en términos de posibilidades materiales como de preferencias simbólicas. Lo que se come, cómo se come y con quién se come revela las formas de vínculo, jerarquía y pertenencia que estructuran una sociedad (Contreras, 2005).
El comer para los humanos de cualquier tiempo y cualquier latitud del mundo, no es solo ingerir nutrientes para mantener la vida. Este es un proceso complejo que trasciende la persona individual y la sitúa en un tiempo, en una geografía, en una cultura y en una historia. La une con otras personas, compartiendo esos alimentos y dándole sentido a las razones que las llevaron a comer eso que comen (Fischler, 1995). De esta forma, podemos asegurar que comer es un evento situado.
Cambios entre los comensales de las ollas: aparecen nuevos sectores sociales
Las experiencias de ollas populares del Banco Nación y de SiPreBA dan cuenta de algunos cambios en el último tiempo entre los perfiles de los comensales que se acercan a buscar un plato de comida caliente. Tanto Ayelén y Florencia como Nicolás tuvieron experiencias previas de organización de ollas populares en sus lugares de militancia política, previo a ser afiliados de sus respectivos sindicatos.
Los tres afirman que en 2024 se vio un nuevo fenómeno social: sectores de trabajadores registrados o de la llamada clase media se acercan con vergüenza a pedir algo para comer.
Si bien las personas en situación de calle siguen siendo mayoría, aparecen en los relatos de las experiencias de estas ollas otros sectores sociales: personas jubiladas que no llegan a fin de mes, trabajadores registrados que se acercan con su ropa de trabajo porque tienen ingresos insuficientes, personas que habitan hoteles o pensiones y sectores medios empobrecidos que se suman como comensales. Este fenómeno desborda las categorías clásicas de vulnerabilidad conocidas hasta ahora y refuerza la idea de una «inestabilidad como rutina” en Argentina.
«La composición cambió, más que nada porque salieron otro tipo de personas que son las que se acercan, como jubilados, personas que viven en hoteles, gente con algunos laburos más precarizados que, bueno, no llegan a fin de mes», describió Florencia. Nicolás, relató un caso similar: «Hay algunas personas que vienen muy bien vestidas, que nos llaman la atención, y nos han confesado que les daba mucha vergüenza pedirnos la comida, pero que si no comían ahí, tenían que irse sin comer. Y hay un grupo de trabajadores de limpieza en la calle que también, no sé de qué empresa son exactamente, pero tienen un uniforme naranja, que nos encontramos y que al principio también les daba mucha vergüenza pedirnos, pero cuando les dijimos un poco el motivo de la olla y que también era para ellos, se sumaron y ahora están siempre en la olla. También viene un señor jubilado que trae siempre un tupper y lo llena. Se lleva dos porciones: una para él y otra para la mujer. Nos dice que depende de nosotros esos días para comer».

La olla se convierte entonces en un espacio de contención comunitaria que, además de garantizar un alimento diario, permite tejer redes de cuidado y acompañamiento. «No solo vienen por un plato de comida, sino también porque es un lugar de contención, nuestra idea es charlar, acercarnos, generar otros vínculos», agregó Florencia.
De esta forma, se reinventan las acciones gremiales al exceder los límites tradicionales de la negociación paritaria o la mejora de condiciones laborales. Se trata de un sindicalismo que cocina, camina, reparte, escucha y construye vínculos con otros sectores sociales al entenderlos como igualmente afectados por la crisis económica en Argentina.
Las ollas como gesto político
Las experiencias de ollas populares organizadas por trabajadores del Banco Nación y por afiliadas y afiliados de SiPreBA expresan nuevas formas de acción gremial que desbordan los márgenes tradicionales de la representación sindical. En ambas experiencias, el comprar alimentos, prepararlos y cocinarlos colectivamente, el hecho de organizarse para entregar un plato de comida caliente a los vecinos de algunos de los barrios de la Ciudad de Buenos Aires se convierte en un gesto político en medio de la crisis económica y social que atraviesa Argentina.
En los relatos de Florencia y Ayelén apareció un cuestionamiento a las lógicas asimétricas entre quienes «dan» y quienes «reciben» comida, desdibujando esos límites que antes parecían tan claros ante las condiciones de precariedad en las que también se encuentran trabajadores de prensa y otros sectores con empleo registrado. La olla del SiPreBa busca crear un espacio horizontal de cuidado y escucha que «unifique» a distintos sectores que se ven vulnerados en simultáneo.
Estas experiencias muestran, a su vez, un cambio en el perfil de los comensales que asisten a las ollas, lo que pone en tensión las categorías clásicas de exclusión y pobreza en Argentina. El poder adquisitivo de trabajadores formales y jubilados en los últimos años cayó, generando un clima de mayor inestabilidad tanto a nivel alimentario como de proyección de futuro. Este nuevo fenómeno es el que impulsa a los sindicatos a ensayar otras formas de activismo más allá de la pelea gremial por salario y condiciones de trabajo en su sector.
Acá se está cocinando mucho más que un guiso en una olla. Con sus acciones, estas experiencias sindicales cocinan nuevos vínculos, politizan el hambre, interpelan al sindicalismo tradicional y redefinen el campo de su acción política.
Las ollas populares constituyen, en este contexto, una forma situada de cuidado colectivo, una respuesta concreta a la precarización de la vida y una apuesta por construir comunidad en tiempos de vulnerabilidades generalizadas. En esta investigación, la comida, en tanto hecho biológico, social y cultural, se constituyó como una vía privilegiada para comprender las transformaciones estructurales de Argentina. En palabras de Contreras, «hoy, ser lo que comemos refleja, quizá más que nunca, la naturaleza compleja y contradictoria del orden social dominante».
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Bibliografía
- Aguirre, Patricia (2016). «La olla, la fuente y el plato. Distintas maneras de compartir en Argentina». En STVDIVM. Revista de Humanidades, 22 (2016) ISSN: 1137-8417, pp. 189-208
- Aguirre, Patricia y Díaz Córdova, Diego. (2021). «La inestabilidad como rutina. La precarización de la vida cotidiana y su impacto en la alimentación en Buenos Aires, Argentina». En Revista de Antropología social Nº 30. pp 119-133.
- Contreras Hernández, J. y M. Gracia Arnaiz. (2005). Alimentación y cultura: perspectivas antropológicas. Ariel, Buenos Aires. pp. 75-137.
- Díaz Córdova, D. (2014). «Soberanía alimentaria: algunas ventajas de un concepto surgido de las bases campesinas». En Sociales en debate 07 (p. 93). Buenos Aires: Facultad de Ciencias Sociales – UBA.
- Fischler, C. (1995). «Comensal eterno y comensal moderno; Lo incomible, lo comestible y el orden culinario; Las funciones de lo culinario». En El (H)omnívoro: el gusto, la cocina y el cuerpo (pp. 11-39 y 61-87). Barcelona, España: Anagrama.
- Gracia Arnaiz, M. (2005). «Maneras de comer hoy: Comprender la modernidad alimentaria desde y más allá de las normas». Revista Internacional de Sociología (RIS) N.º 40, enero-abril, 2005, pp. 159-182.
Estudió Antropología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Investiga problemáticas vinculadas a la alimentación, la salud, la organización comunitaria y el mundo del trabajo, con especial interés en las respuestas sindicales frente a conflictos sociales y ambientales. Trabaja como docente en escuelas secundarias y es comunicadora en un medio local de Pinamar, una ciudad costera en la Provincia de Buenos Aires.




