Este texto de Mariana Matija es el prólogo del libro Frutas asombrosas. Guía ilustrada de frutas nativas, endémicas y exóticas de Colombia de Gian Paolo Dáguer con ilustraciones de Luisa Martínez y publicado por Rey Naranjo Editores. Compartimos este prólogo con autorización de la editorial y de su autora.
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Al frente de mi casa hay un árbol de mango. Lo veo todos los días a través de las dos ventanas de mi pieza: la de abajo, que se abre y tiene salida a un balcón pequeñito, y la que está arriba de esa, que no se abre pero me deja ver las ramas más altas del árbol, detrás de las cuales se ve el cielo azul, blanco, rosado, gris, casi negro, según el clima y la hora. El árbol también cambia de color. Mientras escribo esta frase, el cielo está azul de día soleado y el árbol está verde oscuro de árbol grande verde claro de hojas jóvenes verde rosado de hojas nuevas, y tiene varios mangos que tienen todos los colores del mango, que son muchos colores, y cuelgan brillantes y jugosos entre las hojas. La piel de los mangos de mi árbol es aterciopelada y mate, pero digo que son brillantes porque me parece que no solo atraen y multiplican la luz del sol sino que tienen su propia fuente de luz. Y digo que son jugosos porque los puedo ver y, aunque no haya mordido los mangos que veo en este momento desde mi ventana, sí he mordido otros mangos de ese mismo árbol y mi cuerpo los recuerda. Brillantes y jugosos.
No sé cuándo me enteré de que el mango no era nativo de este lado del mundo, pero sí recuerdo que me sorprendió que no lo fuera. Si lo he visto toda la vida, ¿cómo no va a ser de aquí? Pues así mismo como se dice que tampoco es de aquí el café, al que también he visto toda la vida y le dicen «de Colombia» y le pone nombre a la zona cafetera, una zona que yo creo que si fuera por ella misma no se llamaría así porque ella no solo da café sino que también da muchas otras frutas y muchas otras cosas a humanos y a otros animales y a ella misma. Esa fue la zona en la que yo nací, una zona reconocida porque produce una fruta que no es de ahí.
Nací ahí, pero habrá quien diga que no soy completamente de ese lugar, porque mis ancestros vinieron del otro lado del océano, de un país que ya no existe, de una tierra que ahora tiene otro nombre y que no da mangos ni café.
No sé qué saben las frutas de los países, pero creo que saben todo sobre nacer, porque ellas mismas son el camino del nacimiento. Un mango sale de un árbol de mango que nació de un mango que salió de un árbol de mango que nació de un mango. A la Tierra le gusta nacer y por eso hace cosas que nacen: ríos, árboles, animales. El río Magdalena nació aquí y también viene de otras tierras y otros lados del océano. Mi árbol de mango nació aquí. Yo nací aquí. El aquí del que hablo no es un país. No cabe en un nombre porque sus bordes son más amplios, son múltiples, porosos, ondulantes y se transforman todo el tiempo. Dentro de esos bordes nació el mango, dentro de esos bordes nacieron el río Magdalena y el Atrato y el Guainía, y los humanos que amo y los animales que amo, y también yo. Dentro de unos bordes compartidos nacimos todos quienes hemos nacido en la historia del nacer.
Mientras escribo esta frase, los mangos jugosos y brillantes siguen colgando entre las hojas del árbol que está al frente de mi casa. Los mangos tienen todos los colores del mango pero sobre todo todavía tienen verde, aunque a esta hora no se ve. El cielo está casi negro y el árbol también. Los murciélagos hacen coreografías y pasan muy cerca de la ventana y los veo volar entre las ramas mientras se comen a los mosquitos que ya me chuparon la sangre y por eso una parte de mí ya está lejos de mí en el cuerpo de un murciélago que se mete entre las hojas y a veces se queda quieto, y yo quiero imaginar que está comiendo mango, que el murciélago y yo somos uno, no solo por mi sangre que le llegó a través del mosquito sino también porque nos alimenta el mismo árbol. Somos uno el murciélago, el pajarito, la ardilla y yo, y también incontables otros que han comido mangos de ese mismo árbol, que no sé cuántos mangos da al año pero deben ser muchos. Hace y hace mangos. Caen y caen al suelo. Se revientan contra el pavimento.
«Colombia exportó 10.000 toneladas de mango en 2023», dice una noticia. No soy capaz de entender cuánto pesan diez mil toneladas ni sé cuántos mangos caben en ese peso ni cuántos árboles fueron necesarios para darlos a luz. Un mango, en cambio, me dice muchas cosas que entiendo claramente y que nunca olvido. Diez mil toneladas es un número que para mí no tiene sentido. Un mango siempre tiene sentido, incluso cuando cae al suelo sin que nadie lo recoja, incluso cuando el suelo en el que cae es de cemento, como pasa al frente de mi casa. Cae y suena durísimo, y parece que es un desperdicio porque no va a poder nacer ahí pero después está lleno de moscas y de abejas y de mariposas que todas nutridas de mango van a otro lado a poner huevos y el mango nace en otras formas a través de esos huevos a través de ellas. Hace tiempo me cayó un mango en la cabeza. Lo dejaron caer unas loras que se lo estaban comiendo en la parte de arriba de un árbol que no era el mío (pero igual es mío). Todavía no estaba del todo maduro y por eso estaba más duro y por eso me dolió más el golpe, pero me gustó saber qué siente el suelo cuando recibe un mango. Me pregunto qué siente un mango al caer. Me pregunto qué sienten diez mil toneladas de mangos mientras viajan a otros países. Me pregunto si ahí donde están, encerrados, igual confían en que van a ser comidos por otros bichos o por el suelo, si confían en la posibilidad de cumplir con el acuerdo entre lo que parece que no se mueve y lo que claramente se mueve, la posibilidad de germinar. Sé que hay gente que diría que los mangos no pueden confiar en nada, porque se dejaron convencer de que los mangos no sienten, pero a mí no me cabe duda de que sienten. Claro que sienten. El mango sabe más rico cuando le doy las gracias, estoy segura de que me oye.
Hay humanos que han hecho experimentos en los que han comprobado que las plantas oyen (así, sin orejas) y recuerdan (así, sin cerebro) y hablan (así, sin boca), pero yo no necesito que me lo confirmen con experimentos porque lo puedo ver: si hay algo que las otras criaturas que nacen en la Tierra me muestran todo el tiempo es que sentir es una experiencia más amplia de lo que dice esa palabra tan cortica. Sentir no cabe ni en seis letras ni en una única criatura, porque sentir es múltiple y poroso y ondulante, así como aquí.
Ayer cayó un aguacero. El cielo estaba blanco, completamente blanco, y el árbol estaba verde brillante oscuro y claro de hojas mojadas. Los mangos, cada vez más rojos, se mueven pesados entre las hojas. Incluso en medio del ventarrón tienen su propia luz. Sé que el árbol siente el aguacero, siente el sol, el viento, el suelo que rodea sus raíces, el pavimento que lo aprieta y en el que se revientan sus mangos sin posibilidad de germinar. Me pregunto qué siente con respecto a ser de aquí. Me pregunto si tendrá algún recuerdo epigenético de las vidas de sus ancestros al otro lado del océano o si después de germinar tantas veces en este lado del mundo en este suelo ya no tiene sentido la idea de ser de otro lugar. Es que además, ¿de dónde más va a ser?
Podemos especular sobre los nacimientos que suceden en otras partes del universo pero igual, hasta donde sabemos, la Tierra sigue siendo el único lugar en el que la posibilidad de nacer existe. Nacer es ser de aquí.
Creo que las frutas saben todo sobre nacer y sobre ser de aquí, y creo que por eso no les importan los países. Ellas salen donde sienten que pueden salir, donde la temperatura las llama y el sol les dice vengan, donde hay agua para recibirlas. Vienen a donde los animales las traen, donde el mar las trae, donde el viento las trae, donde los polinizadores las ayudan a venir. En la presencia de la fruta no está solo la voluntad de la fruta, porque la fruta, que parece un cuerpo en sí misma (y que también lo es, no voy a decir que no), es sobre todo parte de otros cuerpos: el cuerpo del árbol o el arbusto o la planta que la hizo nacer, el cuerpo del suelo en el que creció ese árbol arbusto planta, el cuerpo del agua que mantuvo vivo ese suelo, el cuerpo de la nube que trajo el agua desde arriba, el cuerpo del aire que sostuvo a la nube, el cuerpo de la tierra que mueve al agua desde abajo, el cuerpo del agua misma que parece muchos cuerpos pero ha sido siempre una sola que a través de otros cuerpos que parecen muchos se hace múltiple, el cuerpo del murciélago el pajarito la mariposa la polilla la lagartija la abeja la avispa la mosca que le da besos a la flor y la poliniza, el cuerpo del mono la ardilla la zarigüeya que se come la fruta con pepa y todo y en su digestión le da tiempo y camino a esa pepa para llegar a otro lugar y caer al suelo en caca fértil, el cuerpo del sol que está lejos, lejísimos, y desde allá alimenta al árbol arbusto planta que lo mastica con sus hojas mientras hace el aire que respiran los polinizadores y que respiramos nosotros y que sostiene a las nubes que mueven el agua que cae del cielo y moja las plumas del pajarito y alimenta a las raíces y se acumula en la fruta que es todos esos cuerpos juntos, y que pronto será una con el cuerpo que la muerde dichoso y se la come. De toda el agua de la Tierra, de todos los animales de la historia, de todas las flores, de todo el sol, de todo lo que está adentro de todos los bordes, de la dicha misma: de ahí son las frutas, creo yo.
Este es un libro sobre frutas de Colombia que incluye frutas que no son de ese aquí, pero son el otro aquí, el que no cabe en un nombre. Es un libro que invita a conocer frutas que nacen dentro de los mismos bordes en los que nacen el río Magdalena y el Atrato y el Guainía, que también vienen de otras tierras y otros lados del océano. Es un libro que celebra a las frutas y por eso, también, a todos los seres y los ciclos que hacen posible que estén aquí.
Yo no sé qué saben las frutas sobre los países pero creo que saben todo sobre nacer y sobre ser de aquí. Y yo les quiero decir a las frutas: muchas gracias, mis amigas, mis amores, por venir.
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Ficha técnica
Título: Frutas asombrosas. Guía ilustrada de frutas nativas, endémicas y exóticas de Colombia
ISBN: 978-628-7589-73-5
Autor: Gian Paolo Dáguer
Ilustraciones: Luisa Martínez
Prólogo: Mariana Matija
Editorial: Rey Naranjo Editores
Me dedico a existir tratando de estar aquí, presente, atenta abierta curiosa asombrada suave blanda, en medio de la confusión y la incertidumbre y el dolor del fin d̶e̶l̶ de un mundo, en un momento en el que parece que todo me empuja a estar ausente distraída anestesiada indiferente cerrada. Me dedico a la práctica de ser menos como una máquina y más como un jardín. Exploro y comparto experiencias y encuentros que nos ayuden a vivir este momento de transición sin caer en la desesperación o la distracción, y que nos permitan regenerar nuestra relación con la Tierra, reconociéndonos como parte de ella, y reconociendo en ella nuestra propia inteligencia, belleza, creatividad y sensibilidad. Actualmente mi principal enfoque es la gestión y dirección de un jardín, una comunidad online que funciona como espacio de encuentro para quienes queremos regenerar nuestra relación con el maravilloso planeta del que somos parte. Soy autora del libro Niñapájaroglaciar.
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