Descolonizar la vida como si fuera una receta
Hay recetas que no queremos seguir, que no queremos repetir. Hay recetas que jamás hemos probado ni queremos probar. Dicen los que saben que, si te pones una lagaña de un perro en tu lagrimal, esa noche soñarás con tu muerte. Pienso en esto mientras le quito a Negrita una lagaña de tamaño XXL. Soñaría con mis muchas muertes con semejante lagañón. No quiero intentarlo. Quizás por miedo o por respeto o las dos, pero yo a esa magia no le entro.
Las recetas las hay de muy diversos tipos: de vida o de escritura, por ejemplo. Ahora que quiero formalizar mis cursos caigo en cuenta de que para escribir hay cientos de miles de maneras de hacerlo. Existe la receta de la felicidad, dicen; la de cómo lidiar con un duelo, disque… Como si todo fuera uniforme. Como si todos los tomates fueran iguales.
Si hago una de mis recetas de sopa de pasta con cuatro jitomates desabridos, no queda igual que con cuatro jitomates bien rojos de la mejor verdulería del pueblo donde vivo. Así de ambiguas son las recetas: cada cosa importa y hay para todos los gustos.

Algunas recetas nos parecen obsoletas o caducas. Cuando me preguntan si como de todo suelo contestar que no, que no como foie ni pulpo. Antes sí comía de todo. Y antes de antes no comía nada. Fui una niña muy remilgosa. Si mi papá se paraba en algún local que no me parecía que encajaba conmigo, no me bajaba del coche. Ahora amo la comida callejera. Las recetas cambian. Se modernizan. Se perfeccionan. Se olvidan. Se modifican. Mi mamá tiene como tres o cuatro recetas distintas del bacalao de su abuela Emilia Palomares, todas escritas a mano.
Hay recetas a las que les tenemos muchísimo respeto, hasta que se lo perdemos, como canta Paquita la del Barrio.
Perder el miedo también es descolonizar
Durante la encerrona barcelonesa de la pandemia de Covid le perdí el respeto a muchas recetas mexicanas que pensaba inalcanzables, fue el caso del mole verde o la birria. Hay recetas que dejan de funcionar. Y toca cambiarlas, aunque nos duela, ya sea porque te descontinuaron un ingrediente, porque no tienes los instrumentos necesarios, porque migraste y no encuentras lo que hace falta, o, simplemente, porque toca dejar de «hacerse la viuda».
A veces toca seguir adelante, crear nuevos proyectos, nuevas recetas, quiero decir —que hablamos de recetas—. Las recetas se modifican con el tiempo y con los viajes.
Las personas seguimos siendo nómadas, como nuestras recetas. De eso y de otras historias les hablo en mi nuevo libro Mejor oler a mar. Apuntes sobre la descolonización del estómago (Ed. Col & Col), que espero pronto pueda ver la luz en México. Se trata de un conjunto de ocho ensayos, ocho recetas y un pilón (relato corto) en los que exploro la descolonización gastronómica, la apropiación cultural, la biopiratería y otros temas que hace poco tiempo —demasiado poco tiempo, enfatizaría yo— resuenan en España pero que venimos señalando desde América latina hace más de quinientos años.
Del libro y de estos temas hablaremos el viernes 26 de enero de 2024 a las 6 de la tarde en el Centro Cultural Obrera Centro en la Ciudad de México, aunque por ahora solamente se consiga en formato electrónico de este lado del Atlántico. Ya vendrán los ejemplares físicos.
Hay gente que todavía prefiere tener las recetas físicamente, también los libros. Después de tres años de vivir en México tras haber pasado doce años en Barcelona, por fin, llegaron mis recetarios barceloneses. Me urge abrirlos, recordarlos, usarlos, mancharlos, modificarlos y jugar con ellos. Espero que eso hagan también con el que dejé en Mejor oler a mar, aquí y allá.
Decía que hay recetas a las que les tenemos mucho respeto. Yo respeto muchísimo a la paella. Jamás me va a quedar como la que hacía mi esposo, Manel Marqués Torres. Murió tres meses después habernos casado en Menorca y tres meses antes de que lo hiciéramos también en México. Les hablo de él y de sus paellas en mi libro. Hace unos días fue el séptimo aniversario del peor día de mi vida, el de su fallecimiento. Mi familia brindó porque sigo viva. «No sabíamos si sobrevivirías a algo tan devastador», me dijo una de mis mejores amigas.

Y aquí estoy. Hice una paella para recordarlos, a él y a ese trágico día, el primero del resto de mi vida. Las recetas cambian, se adaptan.
No es ni cerca la mejor paella que he comido o he hecho, pero fue perfecta, porque estoy viva. «Has logrado lo que te has propuesto», me dice otra amiga para consolarme. «Manel estaría orgulloso», agrega. Quizás no de mi paella, pero sí de todo lo demás, estoy segura de que sí. Finalmente encontraré mi receta, como él encontró la suya o mis hermanos tienen las de sus hamburguesas —que han cambiado más de tres veces en los años que llevo de vuelta—. Cambiar está bien. A veces lo que antes nos funcionaba hoy nos parece obsoleto. ¡Qué maravilla!
Les dejo aquí una probadita de mi libro. Espero que Mejor Oler a Mar inspire muchas sobremesas y que, de ellas, salgan muchas respuestas y nuevas recetas, obviamente.
***
Primer capítulo del libro Mejor oler a mar. Apuntes sobre la descolonización del estómago de Ana Luisa Islas (Ed. Col & Col, España, 2023).
Arriba de un tren
Los mexicanos disfrutamos mucho de viajar en tren. Quizás se deba a que, desde hace más de cien años, tras la Revolución, casi todas las vías del tren fueron cayendo en desuso. Ahora, prácticamente solo viajan en tren los migrantes que se montan en La Bestia para llegar «al otro lado».
Mientras escribo, voy en un tren holandés, observando la campiña de los Países Bajos. Casas con techos naturales o con tejas de cerámica, granjas o antiguas granjas con paneles solares, con tractores de última generación en los graneros y caballos, muchos caballos. Vacas, también, claro. Vacas lecheras que después se venderán como chuletones de vaca vieja en sidrerías vascas y sus imitaciones. Viajan los ingredientes. Y viajamos las personas. Aquí en Holanda (permítanme llamarle así a este país, como sigo llamando D.F. a la ahora Ciudad de México), dice el papá de mis sobrinas que las reglas se ajustan al sentido común. Nunca van las reglas por encima.
Suena idílico, pienso, tras un periplo de casi cuatro años contra el gobierno español para asegurar mi permiso para residir en sus tierras, pensión de viudedad de por medio. No hubo manera de que entraran en razón. ¿Habría sido distinto en Holanda? Quizás. No tengo ganas de averiguarlo. Ahora cobro de España y resido casi todo el año en México. Y gasto allá, claro, lo que con sus impuestos Manel (mi esposo) me heredó.
Nina Simone me diría que no hace falta volver a la mesa en donde no recibí amor, pero aquí estoy, en Europa nuevamente, como el año pasado. ¿Por qué? Para viajar en tren, claro, y observar las diferencias.
Por la ventana, observo un sinnúmero de bosques regenerados (si es que a eso se le puede llamar bosque), de arbolitos uniformes y muy delgaditos, que en su momento se talaron para construir los barcos de los piratas con los que los holandeses se volvieron ricos. Con esos barcos invadieron su porción de América y de África. Y, posteriormente, cuando el oro se acabó, comerciaron con esclavos. A esos bosques delgaditos ya no pueden, o no quieren, explotarlos. Ahora los holandeses compran casas en Andalucía, Extremadura o Cataluña, y traen de esas tierras aceite de oliva, vino, jamón, fuet y otras exquisiteces. Lo sé porque abundan en los supermercados de la Holanda profunda.
A veces digo que Europa está muerta, pero sigue dando sus patadas de ahogado. Lo que no pudieron robar en su momento, intentan expoliarlo ahora. Los canadienses (los europeos de América) a través de las minas, y los españoles construyendo carreteras y hoteles infinitos y poco sostenibles junto a las playas más hermosas. En Bosnia dicen que los alemanes están «comprando» los ojos de agua para poder saciar la sed infinita de los alemanes. La cerveza necesita mucha agua. Y en Bosnia el agua abunda. O abundaba.

Las leyes son flexibles, siempre que el sentido común así lo dicte. ¿Qué tan común es el sentido común? ¿Alguna vez han conocido a un hombre rubio, alto y guapo, dentro de la norma estética que rige nuestra sociedad, que haya nacido en un país colonizador y nunca colonizado? El sentido común de esa persona le dirá que puede hacer lo que le plazca, como desde niño le han enseñado sus padres y sus maestros. A las mujeres del sur global nadie nos dice que podemos lograr lo que queramos. Salvo contadas excepciones. Mi padre fue una de ellas, aunque también se encargó de decirnos a mi hermana y a mí que podíamos lograr lo que quisiéramos siempre que no pasáramos por encima de él.
La programación mental que nos heredaron nuestros padres, y a nuestros padres sus padres, se imprime en nuestro ADN, más incluso que la propia genética. Permite a un holandés no pagar el parquímetro porque le sale más a cuenta pagar la multa, si es que llega. Impide que un hondureño piense que merece algo más que viajar en el lomo de un tren asesino.
Viajar nos permite derribar esas letales instrucciones, cuestionarlas y, si tenemos suerte, derribarlas.
Hemos viajado siempre los humanos. Seguimos haciéndolo. Algunos van en trenes de primera. Otros van en trenes de carga, como polizones. Algunos viajamos para comer. Otros viajaron para dar de comer. Y tantos otros viajaron para comprar y vender esclavos. «¿De dónde viene la riqueza de Europa?», nos preguntamos los que no somos europeos. Sería de sentido común que los europeos también se lo preguntasen; pero a veces es más fácil viajar con los audífonos puestos, mirando la pantalla del móvil, dando por sentado todo lo que nos rodea y lo que no, imaginando que merecemos tener esas baterías de litio que nos permiten encender nuestro teléfono.
Europa se muere cada día que decide no mirarse lo podrido. Aun así, estoy aquí, oliendo lo que de esa herida supura, tratando de entender qué de mi propia herida proviene de aquí.
¿Por qué adoramos tanto los americanos al continente que nos subyuga? ¿Por qué queremos ser como ellos? ¿Por qué nos gusta ver cómo coronan a sus reyes? ¿Por qué nos gusta visitar sus castillos? Quizás simplemente es que tenemos nostalgia de los nuestros, a quienes mataron en la hoguera y a punta de cañón.
Tenemos nostalgia de nuestros palacios, que sirvieron de cimiento para sus iglesias. Ahora ellos nos miran y quieren más. Lo que no les dejamos destruir lo quieren para sí: la milpa, la espiritualidad, la herbolaria, los hongos psilocibios, la cocina, la virgen de Guadalupe o el Día de Muertos.
Mío, solo mío. Y nosotros, generosos como la naturaleza, se los servimos en bandeja de plata. «Toca compartir con el mundo eso que guardamos tantos años con recelo», me explicó Lupita Hernández Dimas, líder de las mujeres purépechas de Santa Fe de la Laguna, pueblo a orillas del lago de Pátzcuaro, en donde los productores de Disney pasaron un año estudiando la cosmovisión indígena alrededor de la muerte para escribir y crear la película de Coco.
Quizás es por eso que estoy aquí, oliendo y observando lo rancio, para poder explicarme y explicar. ¿No es por eso que viajamos? Para entender.
Es periodista, escritora y artista. Vive a caballo entre San Miguel de Allende y Barcelona. En su obra explora el acto del comer, desde la semilla, hasta la composta y de regreso; la descolonización y la migración; el duelo y el trauma; así como los modelos funcionales que puedan sacarnos del atolladero actual. Maestra de arte y escritura. Sus textos han sido traducidos al catalán, inglés, portugués y francés.



