Es imposible hablar de agaves sin reconocer el territorio en el que se distribuyen, habitando regiones que traspasan las fronteras políticas de nuestro continente. Las dinámicas que la producción y consumo de los distintos derivados de agave nos permiten entenderlos como un producto de amplia utilidad, pero sobre todo, de inmenso valor cultural para las comunidades que habitan dichos territorios.
Por años México ha sido un país mercantilizado como destino turístico que responde a los adjetivos de colorido, «auténtico», instagrameable, de bajo costo y largo alcance.
Y en ese país —que muchas personas definen a través de series o películas—, los agaves son fundamentales en la cultura popular. Además México cuenta con la mayor cantidad de especies de agave endémicas: de las casi ciento setenta y cinco especies de agave clasificadas dentro del país el 70% son endémicas.
En las últimas dos décadas el agave se ha convertido en un ícono de la industria de los destilados. Esto es la puerta de entrada para infinitas oportunidades de negocio que incluyen el tráfico ilegal de muchas de estas especies tanto para coleccionistas de todo el mundo, como para personas que ven una redituable oportunidad de negocio —dentro de la creciente inversión de capital extranjero y nacional en el mercado global de destilados—.

Debido al auge de los destilados de agave en el mundo entero, las comunidades y los ecosistemas asociados al agave se han estado transformando de forma paulatina pero constante en todo el país. En 2025 el nivel de mercantilización, usurpación y devastación de patrimonio biocultural mexicano es tan profundo que sería posible afirmar que las comunidades están pasando por un nuevo proceso de colonialización. Y los colonizadores son aquellas personas o grupos empresariales que buscan enriquecerse explotando los recursos naturales y el Patrimonio Cultural de México.
Estas dinámicas han fracturado, y perturbado a comunidades y ecosistemas enteros. Las consecuencias son tangibles —para quien las quiera ver— al día de hoy: hay problemas enormes de erosión, desertificación, fragmentación ecológica, perdida de la autonomía y soberanía alimentaria y de autogestión comunitaria de comunidades rurales e indígenas de México. Esto es particularmente notorio en aquellas poblaciones con una profunda conexión y vivencia en torno a los ecosistemas asociados al agave.
La nueva colonización
¿Por qué es necesario abordar el tema de la colonización en este momento? ¿Por qué hablo de esto acá, al recibir el premio Howard Scott Gentry 2025 por los esfuerzos de conservación binacional en el Agave Heritage Festival?

La respuesta nos la da la popularidad que han ganado las bebidas como el tequila, el mezcal, el sotol, el vino mezcal y otros destilados de agave y sotol.
El auge de estas bebidas ha impactado de manera directa en el paisaje en México. Ha logrado diezmar ecosistemas de selva baja caducifolia, encinares y selva mediana subperennifolia entre otros, dando paso a monocultivos plantados por los propios campesinos —tratando de responder las demandas del mercado con prácticas de la gran industria—. En este nuevo esquema se suman un alto número de jornales no remunerados, prácticas no responsables con el territorio y la salud humana, y poca rentabilidad. Sí, para las comunidades campesinas la rentabilidad es mínima. Por eso se compara con un esquema colonial donde el paisaje se estandariza y se empobrece. Porque mientras las personas se amarran a muy pocos sistemas de producción —muchas veces a un único sistema de producción: la venta de destilados de agave— que restringen la diversidad de su economía, también empobrecen su entorno y limitan su coexistencia con aquel territorio que les ofrecía lo necesario para un buen vivir, entre ellas dos aspectos fundamentales: el acceso al agua y la soberanía alimentaria.
El sometimiento de las comunidades agaveras, mezcaleras y sus recursos naturales a un sistema colonial y racista que busca la mayor rentabilidad a diferentes escalas ha transformado las relaciones con el poder económico y político. Estos últimos poderes son los que toman las decisiones sobre el futuro de los recursos naturales y de las personas. Y, aunque para muchas comunidades esto siga pareciendo imperceptible, lo cierto es que cada día que pasa hay menos autonomía para decidir sobre sistemas de organización, prácticas, uso y gestión de los territorios y sus recursos naturales.
¿Quién manda?: el mercado
Este es el panorama: la mayoría de las decisiones que se toman actualmente en las comunidades agaveras han sido impuestas o implantadas por las reglas del mercado y por quienes manejan el poder económico y político que venden una idea muy popular para poblaciones históricamente empobrecidas y racializadas: ser empresarias del campo. Pero esto deja de lado a los aspectos socioculturales que le dieron valor y vida a los destilados de agave, esos conocimientos sobre el territorio y la tradición que han acompañado el uso de estas especies mucho antes de su popularidad.
Apenas estamos comenzando a hablar en voz alta de estos temas que resultan tan incómodos. Y, sin embargo, son los silencios problemáticos los que acogen y dan fuerza a este colonialismo que usa la figura de agaves, sotoles, murciélagos —con fotografías en sepia o cierta línea documental— para sostener la falsa percepción de territorios conservados, especies carismáticas y un comercio justo.
Todo lo anterior es discurso, porque las palabras —y ahora también las imágenes— aguantan todo: simplemente encubren la apropiación de conocimiento, de patrimonio biocultural de comunidades campesinas e indígenas, de sus recursos naturales y de su biodiversidad.
Es un sistema tramposo que, por un lado, ofrece soluciones milagrosas a los desafíos propuestos y le hace pensar a los consumidores que están comprando un producto artesanal que respeta y cuida el territorio y a las personas que lo producen. Por otro, el mismo sistema mantiene la marginación y la opresión a las comunidades, anulando y manipulando su comprensión del territorio, la ecología, sus saberes y costumbres.

Estamos perdiendo la genealogía comunitaria y, a su vez, la genealogía del paisaje y los ecosistemas. Se marginaliza la voz disidente y comunitaria con el objetivo de sembrar más agaves —la mayoría de ellos producto de clones—, y al mismo tiempo se incentiva el uso de pesticidas, herbicidas y agroquímicos de alta residualidad para mantener la cobertura del mercado.
De esto no se habla
Existe una ausencia total y profunda del debate público, pues incluso aquellas que parecen decisiones técnicas terminan vendiendo el falso discurso de los campesinos empresarios o del efecto positivo del mercado en el mejoramiento de la calidad de vida de las comunidades. En contraste, las poblaciones agaveras han perdido los terrenos de cultivo de alimentos —la milpa y otros sistemas agroecológicos que garantizan la soberanía alimentaria— para remplazarlos por monocultivos de agave destinados a producir mezcal. Así en muchas zonas rurales en México ya dejaron el cultivo de maíz criollo por alimentarse con un producto industrializado como la maseca, pero también dejaron de ver el agua correr, los pájaros cantar, los murciélagos llegar y dejaron de tener alimento en una tierra que antes les garantizaba su comida diaria.
Y repito algo importante. No se trata de comunidades pobres, sino empobrecidas. Empobrecidas porque a pesar de firmar contratos de venta con marcas de alto, medio o poco reconocimiento, el dinero del mezcal les arrebató a las comunidades campesinas de México la autosustentabilidad, la soberanía alimentaria y les está quitando el arraigo y el vínculo con el territorio.
Cuando el lenguaje y la comunicación se ven desprovistos de la oportunidad para expresar, retroalimentar y comprender los recursos naturales que utilizamos, es claro que como sociedad hemos sufrido una nueva ola de colonización.
Ahora que el despojo y la devastación se ven más claramente, salen a la luz las pruebas de antiguas prácticas extractivistas de las que, incluso hoy, muy poco se sabe y se comenta. Organizaciones internacionales que en un inicio nos quisieron vender la idea de que su trabajo y misión estaban destinadas a combatir el cambio climático ahora dejan ver su verdadero objetivo: tomar una parte del pastel del mercado de las bebidas destiladas a partir del agave. Dichas organizaciones —pero no solamente ellas— han estado saqueado agaves endémicos de México durante años, moviendo sus plántulas o semillas fuera del país para replantarlas en otros países con fines de lucro.
Lo sabemos porque algunos de sus representantes visitaron nuestras comunidades, y sabemos que les fueron compartidas expresiones culturales e historias de la conexión de nuestros pueblos con nuestras plantas y nuestras bebidas.
Estas personas se llevaron nuestras especies endémicas sin diálogo, sin comunicación ni permiso, en una relación de poder que usurpa y explota el Patrimonio Cultural Inmaterial de los pueblos agaveros y mezcaleros de México. De la misma manera usurpan y explotan el material biológico de nuestro país, la biodiversidad asociada a los ecosistemas donde se distribuyen los agaves, allí donde migran los murciélagos y los territorios y sus habitantes conectan y tejen vínculos que crean comunidad.
Si estas organizaciones tratan el agave como un objeto, el murciélago como un diseño y el mezcal como un producto, nosotras seguiremos luchando por el rescate de los espacios que se cocrean colectivamente para establecer relaciones ecológicas y políticas en defensa de nuestro Patrimonio Cultural Inmaterial y en defensa de los pueblos campesinos e indígenas que habitan el continente americano. Esta América que, como bien lo señala su significado en español, va desde el norte de Canadá hasta el sur de Chile y Argentina.
Luchar contra todo pronóstico en nombre de las especies con las que convivimos, para proteger las especies de la lista verde y para recuperar las especies de la lista roja de la UICN.

La lucha es por:
Leptonycteris nivallis
Leptonicteris yerbabuenae
Agave titanota
Agave potatorum
Agave marmorata
Agave karwinskii
Agave rodhacantha
Agave macrocantha
Agave palmeri
Agave cupreata
Agave convalis
Agave nuusaviorum
Agave valenciana
Finalmente, recordemos que existe un lugar digno para los pueblos originarios, para las comunidades campesinas, para los pueblos agaveros, sotoleros y mezcaleros de México y la frontera, así como para las especies que se relacionan y conforman sus ecosistemas y el Patrimonio Biocultural.
Ingeniera Forestal y Maestra en Ciencias de la Conservación. Se define como una apasionada de la conservación a la que dedica la mayoría de su tiempo y energía. Desde 2014, junto a Fabiola Torres Monfil, fundó el Proyecto Zinacantán Mezcal, que le apunta a la producción mezcal de manera responsable. Es cofundadora del Fondo Agavero de México.



