Viche es más que una bebida embriagante exótica o un bien de consumo masivo. Viche representa la identidad negra del Pacífico colombiano, su ancestralidad y herencia patrimonial colectiva. Recientemente el viche también ha sido la revelación espirituosa que causa interés en la región y en el mundo. Medios internacionales entre los que se encuentran la BBC y The New York Times lo han reseñado en diversas notas en donde lo destacan por el hecho de haber sido declarado Patrimonio Cultural Inmaterial en Colombia, en favor de una comunidad negra de una región específica que fue reconocida como heredera, portadora y guardiana de la tradición vichera.
La economía cultural del viche también es el escenario de un nuevo capítulo de tensiones. Por un lado están la industria y el mercado, y por otro las economías campesinas con los conocimientos y productos tradicionales que tienen potencial comercial.
Así, en los últimos años se habla mucho de viche, de familias y comunidades vicheras, pero no sabemos cuántas son, en dónde están, ni cómo les va productiva y comercialmente. Tampoco sabemos cómo están con sus formas de vida.
Este es un primer ejercicio para encontrar las respuestas sumergidas en la extensa y profunda manigua del litoral Pacífico colombiano, que aún no se logran develar después de siete años de interés nacional en el viche. Los datos analizados sobre el viche y su comunidad corresponden a la valiosa información recopilada por iniciativa del autor durante el ejercicio de evaluación a ciento treinta postulantes en la categoría de bebidas tradicionales que impulsó el Festival Petronio Álvarez 2024.
La gente del viche
A lo largo de este texto usaré la denominación femenina para referirme a las personas —mujeres y hombres— que producen viche. Es lo justo debido a su mayoritaria y clara representatividad en la práctica vichera. Porque es importante dejar claro que las maestras vicheras han sido invisibilizadas y el lenguaje ha jugado un papel importante en ello.

Viche es mujer
Las mujeres del Pacífico colombiano han cumplido un papel determinante en la preservación y transmisión de los saberes tradicionales de la región. Están presentes y son protagonistas de todas las manifestaciones culturales y la práctica vichera no es la excepción: las vemos desde el cultivo y cosecha de la caña, pasando por todo el proceso de destilación y transformación, hasta en los conocimientos profundos para su uso medicinal y en la partería, y por último, en su elocuente y versada transmisión de saberes.
En la actividad cultural y de ventas del viche, las mujeres son la cara más visible. Son las promotoras de cultura, haciendo un trabajo importantísimo de salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial representado en esta tradición, pero además son las dinamizadoras de la economía vichera. En buena medida todo lo anterior responde a que sobre ellas recae la responsabilidad de ser las proveedoras de los hogares y las continuadoras de la herencia cultural.
Viche es comunidad
En el Pacífico colombiano —desde la familia ampliada hasta los territorios extendidos— se teje una relación estrecha de comunidad para sostener las prácticas socioculturales y de economía popular. Es así como aparecen dinámicas de mano cambiada (intercambio de servicios) para apoyarse en las rocerías de los cultivos (trabajo de desyerbe, desmonte y mantenimiento), al igual que el trueque para intercambiar viche por alimentos del pancoger (cosechas de pequeñas parcelas agroecológicas). También hacen parte de estas soluciones comunitarias los encadenamientos productivos entre familias que conectan generaciones, procesos productivos y territorios, porque mientras unas personas mayores destilan en la ruralidad, otras generaciones transforman, innovan y comercializan el viche en la urbanidad.
Dinámicas que es necesario entender, armonizar y proteger frente a las dominantes reglas generales del mercado. Por eso resulta fundamental entender al viche como Patrimonio Cultural Inmaterial —como lo dicta el artículo 333 de la Constitución Política de Colombia—, pues de acuerdo con el PCI, proteger el producto implica proteger también a las personas guardianas de ese saber, a su territorio y sus formas de vida.
Algunos datos sobre la gente del viche
En 2024 el 72% de las personas que inscribieron su viche al concurso del Festival Petronio Álvarez fueron mujeres, lo que le da respaldo a la afirmación de que «el viche es mujer»: las mujeres tienen un papel protagónico en la producción de viche que no se limita a ser la cara de las ventas. Al contrario, su participación es transversal y comprende desde labores de campo, ecología, herbolaria, hasta conocimientos profundos sobre destilación, maceración, además de su uso y aplicación en cuidados terapéuticos.
Entre las ciento treinta personas entrevistadas, apenas once —solo el 8%— manifestó destilar viche. De estas once personas, ocho eran mujeres —el 72%—. Es decir que las encargadas de la destilación —que si estamos hablando de un destilado deberían ser protagonistas— todavía se encuentran subrepresentadas en estos eventos especializados—. Sin viche no hay tomaseca —una bebida elaborada a partir de viche que se cura o macera con hierbas con distintos propósitos terapéuticos en especial para tratar la salud femenina—. Sin sacadora (persona que produce viche) no hay transformadora (la que lo convierte en tomaseca o curao).

En ese espíritu de comunidad, se encontró que hay procesos organizativos y marcas colectivas, muchos de estos liderados por mujeres como es el caso de Siviviche de Sivirú del departamento de Chocó con cincuenta y ocho mujeres vinculadas y una capacidad de producción de entre 2500 a 3750 botellas por mes. También están Asotriana con su marca Zaperoco de Triana, de ese corregimiento de Buenaventura; la Asociación de Destiladores de Saberes Ancestrales de Guapi, en el departamento del Cauca; en Cali sobresale la Asociación de Transformadores Asemvi (Asociación de Embajadores del Viche), así como la recorrida Asociación Asoviche también de Cali. En Chocó se encuentran Acaba (Asociación de Consejos Comunitarios del Río Baudó); la Asociación de Mujeres Productoras de la Caña de Miel y el Viche de Batatal del Río Baudó —con veintidós mujeres asociadas—, y en el departamento del Cauca está Procecaña de Villa Rica. Y finalmente, a esta lista se suma el pionero y efímero movimiento social del avivamiento vichero del 2018, Destila Patrimonio.
Viche es comunidad y se practica en familia. Es así como entre tantas, se hicieron notorias las familias González en Soledad Curay, del municipio de Tumaco, Nariño; y la familia Montaño en San Antonio de Guajui del municipio de Guapi, departamento del Cauca. También se identificó un caso de familia vichera en la que la mujer destila pero el esposo representa la imagen y autoría.
Las mujeres han custodiado el viche desde el campo hasta la ciudad, manteniendo las cañas vivas, prendiendo los fogones para destilar. Así lo han hecho por décadas campesinas como doña Flavia Rentería Cuero del río Anchicayá, quien sabe sembrar caña, sacar viche, cantar y rezar en las novenas y últimas noches de los fallecidos, entre otros saberes.
También las matronas en la urbanidad han sido guardianas y guías dando línea en la incidencia sociopolítica. Lo han hecho Rosmilda Quiñonez de la Federación de Parteras; Juana Francisca Álvarez, Vigía Patrimonial e hija de Petronio Álvarez; las maestras Lucía Solís de Semillas de Vida; Gloria Arboleda de Amuncib; y Sandra Garcés de FundaProductividad. Ellas son algunas entre otras tantas que, por toda la región, impulsaron el movimiento comunitario Destila Patrimonio y otras iniciativas sociales que hicieron posible el avivamiento vichero de 2017.

Por otro lado, otras mujeres negras hijas del Pacífico —lideresas, ejecutivas e intelectuales— entre las que se encuentran Ana Copete, Audrey Mena, Liseth Quiñonez, Milady Garcés y Nubia Carolina Córdoba, han hecho su parte impulsando y gestionando políticas públicas para proteger al viche, a sus productoras y a sus territorios. Ellas han promovido iniciativas como la declaración del Paisaje Cultural Vichero, la Ley del Viche, fallos de la Corte Constitucional, decretos y ordenanzas departamentales del Valle del Cauca. Con su aporte normativo desde el poder público también cumplieron las hijas del Pacífico Carmen Inés Vásquez y Angélica Mayolo como Ministras de Cultura, y Francia Márquez como Vicepresidenta y Ministra de Igualdad y Equidad.
Tras la pista de los territorios vicheros
Para saber en dónde están las vicheras, en qué contexto viven, cómo se produce el viche y cuál es la relación del lugar de origen con su precio, hay que hablar de territorios aislados, desconectados por vía terrestre, sin servicios públicos y con precios de combustibles elevados —necesarios tanto para el transporte y mover trapiches, como para encender las bombillas de los hogares en el litoral Pacífico colombiano en donde el cableado eléctrico es casi nulo—. A todo esto, se suman las presiones y los sobrecostos por extorsiones que imponen los actores armados al margen de la ley.
Entonces para hablar de viche, es necesario hablar de territorio, y sobre todo de justicia social y económica.

La anterior distribución departamental tiene implícito un mapa etnoterritorial del litoral Pacífico colombiano, que cubre todo el Chocó, Buenaventura en el Valle del Cauca y los municipios del litoral caucano y nariñense. De acuerdo con el mapa, el Pacífico medio es la zona de mayor producción de viche, y el litoral caucano se muestra como el origen más prolífico e invisible1 con el 61% de participación, en tanto Buenaventura aparece como el centro de la logística de cabotaje para el aprovisionamiento y la introducción de la bebida al interior del país por vía terrestre.
El origen del viche es clave para el establecimiento de precios. No cuesta lo mismo un viche destilado en Triana —que hace parte del municipio de Buenaventura—, ubicado contiguo a la vía Buenaventura — Cali, a 84 km por carretera de la capital del Valle de del Cauca; en comparación con uno producido en veredas como San Isidro o San Bernardo de Saija, del municipio de Timbiquí en el departamento del Cauca. De estas últimas municipalidades hay que sacar el viche desde la vereda por vía fluvial hasta las cabeceras municipales, para luego salir a la mar en lancha o barco de cabotaje para llegar a Buenaventura y luego trasladarlo por tierra hasta Cali u otro destino del interior como Medellín o Bogotá. Entonces, una cosa es el precio de una galoneta de viche (5 galones2) puesta en el río en el municipio de la producción, otra cosa es colocarla en Buenaventura o en otra ciudad del interior del país.
¿Qué tanto saben de esto quienes compran viche en las grandes ciudades? ¿Qué tanto nos importa el origen del producto y las formas de vida de quienes lo hacen?
Orígenes fuera de la Ley del Viche
La Ley del Viche —reglamentada por el decreto 1456 del 6 de diciembre de 2024— le dejó la destilación exclusivamente al campesinado en las zonas rurales del litoral Pacífico. Por su parte, a la diáspora del Pacífico en las zonas urbanas de ciudades como Quibdó, Buenaventura, Guapi y Tumaco, incluso Cali, entre otros municipios, se le permitió la transformación del viche en bebidas tradicionales derivadas como el curao (viche infusionado con plantas), la tomaseca (viche mezclado con miel de caña e infusionado con hierbas y especias) el vinete (viche mezclado con miel de caña y aromatizado con clavos y canela)3.
Esto causó una tensión entre la movilidad de las prácticas culturales y sus gentes, y el lugar de la práctica a la luz de la Ley del Viche. Tal es el caso de un Consejo Comunitario de Comunidades Negras en Buenos Aires, departamento del Cauca, en donde se desarrolla la práctica cultural (destilado de caña que por la Ley no se puede llamar viche) para consumo propio al amparo de la ley 70 —Ley de Comunidades Negras que reconoce derechos colectivos— y del fallo de la Corte Constitucional sobre la Ley 1816 y su omisión legislativa acerca del derecho de producción para el consumo propio en consejos comunitarios. Así, estas prácticas culturales colisionan con la Ley del Viche en su dimensión económica, pues la normativa limita la producción a los territorios colectivos del litoral.

Tomando el caso de Padilla, Cauca, como ejemplo, se informó de un precio por galoneta de COL $200.000 (USD $48), situación que deja ver que el amparo otorgado por la Ley del Viche para anclar la destilación exclusivamente a los territorios colectivos del litoral constituye una medida para equilibrar la competencia de precios por los costos de distribución asociados al origen. No cuesta lo mismo vender en Cali produciendo en Padilla, Cauca, que vender en Cali produciendo en Guapi, Cauca; ni qué hablar de si se destila en el oriente de Cali.
De hecho, en el oriente de Cali hay un Consejo Comunitario, ¿ese sería un espacio adecuado para sacar viche?, ¿cómo se resuelve esa tensión cultural y económica?, la reglamentación de la Ley del Viche para las bebidas derivadas sería el escenario ideal para dirimir esta tensión.
Hacer valer las disposiciones de la Ley del Viche sobre la procedencia de la destilación resulta necesario por cuestiones de i) competencia justa debido al acceso a mercados y los costos asociados a los distantes sitios de producción antes relatados, ii) los atributos naturales que aporta el medio geográfico del litoral tropical, iii) justicia social para el desarrollo de la región y de quienes perviven en el territorio.
En la herencia que dejaron las ancestras a su descendencia, a todos los hijos e hijas les quedó una parte: una para quienes se quedan en el territorio, otra para quienes legítimamente transitan con sus tradiciones.
Porque es importante señalar que los trapiches campesinos de comunidades negras del Pacífico que estén localizados fuera del litoral Pacífico, tienen la posibilidad de destilar alcohol para consumo humano en el marco de la Ley de la Panela y dejar esta oportunidad que representa la valorización del viche para el arraigo en el territorio rural del Pacífico.

Esta oportunidad de acomodarse a las leyes hechas para proteger a las comunidades negras del Pacífico —y su Patrimonio Cultural— sí que la han sabido aprovechar trapiches de inversionistas citadinos. Personas que se han «vestido de campesinos» para destilar aguardientes, así como hay marcas de inversionistas embotelladores que usan «traje de viche» a conveniencia en unos espacios y, en otros, se cambian de vestido para presentarse como aguardientes de caña. Todo esto hace parte del fenómeno que defino como «camuflaje de la apropiación del viche».
Las comunidades negras del Pacífico tienen el derecho de recrear y mantener sus tradiciones de consumo y prácticas culturales a donde quiera que migren. El aprovechamiento económico del viche se indicó geográficamente por la Ley para la destilación y transformación del producto.
Algunos datos sobre los territorios del viche
Entre los expositores que se presentaron en Cali y Puerto Tejada, se conocieron casos de transformadoras que en algunos casos se aprovisionan de «viches» producidos en territorios no considerados en la Ley del Viche y el Paisaje Cultural Vichero, como:
- Oriente de Cali, Valle del Cauca
- Pradera (producido con guarapo de Puerto Tejada), Valle del Cauca
- Villa Rica, Cauca
- Padilla, Cauca
- Buenos Aires, Cauca
- Santander de Quilichao, Cauca
- Tambo, Cauca
Estos destilados pueden ser llamados aguardientes de caña en el marco de la Ley de la Panela, pero como mencioné anteriormente, no estarían autorizados para utilizar la denominación «viche».
En los municipios de Quibdó, Guapi, Tumaco y el Distrito de Buenaventura, no se detectó la utilización de destilados producidos fuera del origen protegido de los territorios colectivos de las zonas rurales del litoral Pacifico colombiano.

Los territorios de origen con mayor representatividad en la provisión de viche para los postulantes al Festival 2024 fueron:
- San Antonio de Guajui, municipio de Guapi, departamento del Cauca
- Puerto Saija y López de Micay, municipio de Timbiquí, departamento del Cauca
- Soledad Curay, municipio de Tumaco, departamento de Nariño
Todos estos son territorios de difícil acceso por las condiciones geográficas, medios de transporte multimodal no convencionales y, especialmente, por el control territorial de grupos al margen de la ley. Es una especie de tesoro escondido que se mantuvo lejos del alcance de la tenencia —figura de rentas departamentales que persiguió y criminalizó la producción de viche durante casi todo el siglo XX—, y ojalá la distancia geográfica los mantenga lejos del alcance de los apropiadores.
En las postulaciones del Festival 2024 llamó la atención la baja representatividad de los ríos de Buenaventura como el río Cajambre y el río Naya que se han distinguido por su buena reputación de producción vichera.
El comercio injusto del viche
«Los productores costean mal su producción y quienes se lucran son los embotelladores».
Esta frase la oímos mucho pero poco reflexionamos sobre lo que la sostiene, factores que mencioné al comienzo de este texto como justicia social y económica, a lo que se suma el racismo estructural.
En promedio, una galoneta de viche puesta en Cali, en 2024 se comercializó a COL $278.608 (USD $66); un precio promedio de COL $11.144 (USD $2,6) por botella de 750 mililitros.
La página web del Noticiero 90 Minutos publicó las listas de precios de la versión 2024 del Festival Petronio Álvarez, en donde el precio del viche se estableció en COL $55.000 (USD $13) para una botella.

En contraste, en la página web de una marca embotelladora y comercializadora de viche «que se identifica como premium» —y cabe la pregunta qué significa premium en un contexto artesanal—, una botella se vende en COL $130.000 (USD $30) más gastos de envío. Por su parte, la misma botella vendida en un renombrado restaurante de comida del Pacífico de Bogotá —que ha hecho uso no autorizado por la familia de un distinguido representante de la cultura del Pacífico— cuesta COL $280.000 (USD $66) y un trago COL $30.000 (USD $7).
En el contexto del Festival Petronio Álvarez —un evento público y extraordinario—, el precio para la botella es aceptable pero resulta insuficiente para las realidades de las personas productoras y transformadoras del viche.
Porque lo que hay que entender es que cuando compramos una botella de viche se trata de una bebida que es Patrimonio Cultural Inmaterial por ser un destilado artesanal de calidad, proveniente de cañas cultivadas orgánicamente, fermentado de manera silvestre sin añadir levaduras externas y que se destila a fuego de leña. El viche es una bebida artesanal justamente porque no involucra procesos de industrialización ni homogenización. Eso lo hace único y especial, eso permite que cada viche sea distinto al de otro lugar, eso le da su valor y valor a las comunidades que han salvaguardadado esta tradición. Por esto el viche merece un mejor precio que refleje su proceso productivo gestionado agroecológicamente, creado en un medio natural único, excepcional y complejo como es la diversa selva tropical del litoral Pacífico colombiano; resultado de una práctica sostenible de pequeños lotes, una producción ancestral —vinculada estrechamente con el conocimiento del territorio— que con maestría se envuelve en la magia de su cultura, sus saberes y tradiciones.
¿Quién asume los riesgos?
Las productoras, las que siembran, cortan y muelen caña, las que destilan y sacan viche; además de vender mal costeado, asumen todos los riesgos y responsabilidades de la cadena logística, ¡todos!: desde el aprovisionamiento de suministros hasta la entrega en destino. Todos los riesgos asociados al transporte multimodal entre ríos, costas y carreteras, sorteando grupos armados al margen de la ley en los territorios rurales, piratas en las costas y los extorsionistas en los desembarcaderos al llegar a ciudades intermedias como Buenaventura o Quibdó. Como si no fuera suficiente, también asumen el riesgo de los decomisos que sigue realizando la Policía Nacional.

Mientras tanto, los embotelladores de marcas ilegítimas de apropiación —esas que compran a granel y embotellan en empaques diseñados en las capitales con el sello premium— esperan en la comodidad de las ciudades capitales para «blanquear el viche» y vestirlo de traje con botón de premio internacional y botellas diseñadas por estudios profesionales, para así salir con credenciales ajenas a llevarse ambiciosamente el pedazo más grande y en procura de todo el pastel. Es un modelo de negocio asimétrico e injusto al que se le ha permitido prosperar impunemente ante la vista de todos.
En el caso de las llamadas marcas premium —que insisto, tendríamos que cuestionarnos de entrada a qué hacen referencia con ese título, de qué se quieren diferenciar— el problema no está en el precio final. Lo que hay que juzgar es el precio que se le paga a la productora vichera por su producto, por explotar su Patrimonio Cultural, su nombre, identidad visual, su sudor en la humedad de la selva —y hasta sus tragedias— en aras de hacer un buen storytelling, una estrategia de ventas que conmueva a las personas urbanas y las haga sentir parte de la solución de un problema que solo están ayudando a profundizar.
Cada vez va haciendo más eco entre las familias productoras que tienen marca propia el principio de solo vender viche embotellado. Al mismo tiempo, entre quienes venden a granel, toma impulso la idea de solo establecer ventas y alianzas con marcas de la comunidad. Sin embargo, en una comunidad históricamente empobrecida y racializada estos actos de resistencia hacen que crezca el inventario y las ventas bajen, debido a que las marcas de apropiación se toman las grandes superficies y las familias productoras muchas veces tienen que ceder a la presión del mercado, pues no les queda de otra.

Un ejemplo de ello es Don Tilson, del río Cajambre en Buenaventura, que ha perdido sus clientes de bares y restaurantes en Bogotá porque se quedó rezagado en el desarrollo de empaques y en la capacidad de competir con el abundante márketing, las relaciones de la industria y los acuerdos de exclusividad con bares, restaurantes y eventos que sostienen las marcas de apropiación. Las productoras, en consecuencia, son empujadas cada vez más hacia la maquila, como resultado de la distorsión del mercado que genera la rampante competencia desigual y que siempre se inclina a favor de las personas más urbanas y expertas en negocios.
El viche merece un mejor precio para sus productoras, más aún cuando las familias campesinas manifiestan que ante la caída del precio de la coca en 2024, el viche representó una alternativa debido a su leve valorización y el aumento de la demanda debido al avivamiento vichero de 2017.
Y en este punto es necesario hablar del consumo responsable, ya que las personas que compran viche en zonas urbanas y que tienen toda la información al toque del celular, pueden hacer una diferencia si realmente les importa: ¿cuáles son las razones para elegir una marca de viche sobre otra?, ¿a quién le compran?, ¿a qué precio?, ¿la botella lleva el nombre de la productora y del municipio o vereda?…
Mayoristas de comunidad
Durante las jornadas de evaluación a expositores de la bebida en el Festival Petronio Álvarez 2024, se identificaron cinco casos de mayoristas que comercializan viche a granel. Estas personas pertenecientes a las comunidades cumplen la función de acopio y distribución en la cadena logística.
En uno de los casos se evidenció un 32% de margen de rentabilidad por la compraventa de viche a granel, lo que da pistas sobre los márgenes en cada uno de los eslabones de la cadena de valor del viche, en la que las productoras rurales de viche son las menos favorecidas. En general se notó que la función de la comercialización a granel es una actividad desarrollada por hombres a pesar que sus productoras son mayoritariamente mujeres.
Los distribuidores mayoristas de comunidad representan un eslabón necesario que tiende puentes logísticos y comerciales entre las productoras rurales y las transformadoras urbanas. Sin embargo, es fundamental partir de precios justos de base, para que las personas productoras reciban el pago por su producto bien costeado y sin regateos (pedir descuento).
Algunos datos del comercio injusto
Entre los casos más alarmantes de comercio injusto en la cadena logística, se encontró el valor de una galoneta por COL $70.000 (USD $16,6) reportado por una productora que mencionó que los grupos armados al margen de la ley le impusieron ese precio en Quibdó, Chocó. En contraste, el valor más alto fue de COL $700.000 (USD $166) por una destiladora del Charco, Nariño.
La diáspora del Pacífico en el oriente de Cali preserva sus hábitos de consumo de viche con acceso a precios populares de comercialización en casas de Aguablanca a COL $25.000 (USD $6) por botella de viche y COL $40.000 (USD $9,5) la botella de curao —bebida tradicional que cada vez le gana más espacio entre su comunidad al whisky en una revaloración sociocultural del viche—.
En varios de los casos se evidenció desconocimiento, por parte de las personas que transforman el viche, sobre el origen y la distinción de la destiladora o destilador, lo cual profundiza la invisibilización de las productoras y le resta valor a la bebida por no contar con una trazabilidad básica.
El futuro es ahora
Tras años de persecución y estigmatización el viche fue legalizado, y en consecuencia, la demanda y los precios subieron. En contraste, la situación socioeconómica de sus productores sigue igual. La plusvalía que radica en lo cultural — patrimonial se queda en el interior del país, en manos de personas ajenas a la etnia, quienes codiciosas y camufladas en buenas prácticas embotellan y comercializan agresivamente. Son contadas las excepciones marcas fuertes de la comunidad que han logrado llegar al otro lado, como es el caso —que celebro— del primer registro Artesanal Étnico (AE) otorgado por INVIMA (Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos en Colombia) al maestro Onésimo González Biojó y su marca Mano de Buey que demuestra que las comunidades pueden hacer las cosas. También desdibuja el infame discurso de «ayudar» a las familias productoras comprándole su trabajo y herencia mal costeados para apropiarse de la cultura y dominar el mercado en una competencia injusta.

Innovación y las renacientes
El viche se practica y aprende en familia y por eso las nuevas generaciones buscan hacer su aporte de innovación y valor agregado. Es así como aparece la mixología a través de la coctelería, las mezclas con frutas regionales y fermentaciones novedosas como las propuestas de Trilogía de Timbiquí, quienes maceran viche con frutos locales como el cacao; o como Drinkie.co, Raíces Empresarial y Marimba Shots, todos de Buenaventura que se aventuran en sugerencias arriesgadas desde la coctelería y las maceraciones. También está Vigua de Quibdó con su propuesta de mixología enlatada, además de algunos procesos de añejamiento con maderas convencionales y nativas como novedad.
Las nuevas generaciones reclaman un espacio y dan muestras de estar a la altura de los estándares de calidad del sector, como el caso de Jovy Aragón de Cocochón que junto a Herencia Guapireña fueron las únicas marcas de viche en conseguir registro sanitario ordinario, antes de la reciente reglamentación de la Ley del Viche frente a la cual, como lo mencioné antes, el maestro Onésimo González ha sido el primero en recibir el registro sanitario especial para su marca Mano de Buey en la categoría artesanal étnica que dispone la Ley.
Futuro vichero
El viche representa una oportunidad única, amplia y profunda para el Pacífico colombiano que no se puede malograr por avaricia, corta visión e inoperancia.
La economía popular del viche del Pacífico es posible mediante un sistema que integre: i) la gobernanza soberana, comunitaria y representativa, ii) el diálogo de saberes para asegurar la calidad y complementar la maestría ancestral, y iii) la articulación justa con los mercados en donde se respete la propiedad colectiva y se valore la maestría de las sacadoras de viche en un contexto de competencia fraterna y leal de una economía popular.
Las reglas del mercado de los licores en Colombia cambiaron recientemente después de siglos de monopolio, primero con la Ley de la Panela, luego la Ley del Viche, ahora con el trascendental fallo de la Corte Constitucional que eliminó las barreras de introducción del monopolio rentístico de licores que le había permitido a las gobernaciones de los departamentos (estados) restringir el ingreso de aguardientes de otras regiones para proteger las rentas departamentales. Si se aprovechara esta oportunidad de cambio y apertura de manera justa, cada actor tendría una alternativa hecha a su medida, los trapiches campesinos tienen su parte, las comunidades negras vicheras tienen la suya muy clara y delimitada, y los inversionistas su escenario de competencia simétrica con sus pares.
La suerte del viche no debe ser la misma de otras bebidas artesanales de la región latinoamericana, quedando a merced del peso de la industria como lo que ha pasado con la cachaça, el tequila, y más recientemente con el mezcal y los destilados de agave. El viche tiene la posibilidad de forjar su propio futuro a su manera, respetando su dimensión patrimonial, en comunidad, bajo los valores y principios de familia y colectividad. El viche se debe mantener indomable por el mercado, irreverente con la industria, indescifrable frente a la apropiación, sobre todo, debe seguir siendo libremente negro.
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- Es invisible porque quienes se postulan son las tranformadoras que están en las zonas urbanas y ellas son quienes se hacen visibles, las destiladoras siguen en en sus territorios y en el anonimato. ↩︎
- 1 galoneta equivale a 5 galones o, aproximadamente, 20 litros. ↩︎
- Las definiciones fueron tomadas de la herramienta Vichepedia de Mutante.org ↩︎
Innovador social y educador colombiano. Activista y acompañante del movimiento vichero desde 2017. Cogestor de la Ley del Viche y del Paisaje Cultural Vichero.



