Uno vuelve siempre
Mercedes Sosa
A los viejos sitios donde amó la vida
Y entonces comprende
Cómo están de ausentes las cosas queridas
Por eso muchacho no partas ahora
Soñando el regreso
Que el amor es simple
Y a las cosas simples las devora el tiempo
Existen dos acciones absolutamente contundentes para demostrar que —te— amo. La primera, la más estereotípica para las mujeres latinoamericanas: te alimentaré. Cocinaré para ti, sabré cuál es tu plato favorito, recordaré cuáles son tus alergias y traumas con la comida, prepararé esa sopita de enfermo para que —cuando te sientas mal— no tengas que pedir comida a domicilio y te recuperes pronto, encontraré la receta perfecta para que te sientas más cerca de tu madre, de tu país, de tu abuela, de la tía que tanto quieres… la replicaré con estricta devoción, todo lo que haya que hacer para hacerte feliz, un plato a la vez.
La segunda es que te voy a leer en voz alta todas esas cosas bellas que llegan a mis manos y que creo que podrían maravillarte con su genialidad discursiva. Te llamaré para leerte pedazos de alguna novela, te mandaré audios con poemas, me sentaré a tu lado y leeré en voz alta mientras nos envuelve el sueño. No sé, puedo ir a leerte donde quiera que estés; encontraré el poema que exprese mejor lo que siento, la novela que te acuñe las lágrimas en el despecho, te mandaré el cuento que narre ese mismo problema que me has contado mil veces y que parece no tener solución… te invitaré para que leamos juntes ese libro que, creo, nos unirá más. En fin: leer y comer, así de simple. Así es como yo amo.

Los misterios de la taberna Kamogawa es el primero de una serie de libros que navegan entre la moda por la gastronomía y nuestra obsesión milenial por replicar evocaciones pasadas y de esa forma no despedirnos nunca de eso que nos gusta. Así como lo vimos en Midnight Diner en Netflix o en esa escena de Ratatouille, en la que el crítico gastronómico, Anton Ego, se transporta a su infancia de niño rural con un solo bocado del reinventado platillo que le da el nombre a la película de una rata que puede cocinar.
Esta es una novelita de once capítulos con una estructura muy eficiente, como si fuera una serie en una plataforma de suscripción. Cada capítulo es un misterio en sí mismo: conflicto, desarrollo y un plato final para que el personaje protagonista pueda irse a vivir después de que el misterio entre su panza y alma queda resuelto de alguna forma bastante apetitosa.
La nostalgia es un amor que aun extraña.

Creo que eso, precisamente, es lo que lo ha hecho best seller a este libro en Japón y que sus traducciones se vayan esparciendo por el resto del mundo. En el caso de la versión en español de Víctor Illera Kanaya para Editorial Salamandra —que leí en formato electrónico—, es bastante cuidadosa con el contexto, los ingredientes y las explicaciones necesarias para aquellas personas que no están acostumbradas a leer literatura oriental o no saben ni calentar un agua para prepararse un café instantáneo.
Quizás la razón por la que esta novela ha sido tan exitosa es porque todas las personas queremos recuperar un sentir, algo que sea auténtico, propio, que no pueda multiplicarse en masa. Los hashtags (etiquetas) de #TBT y las fotos de los platos de nuestros paseos y viajes están bien, pero son lo de todo el mundo. Justamente porque no es el pan hecho en casa con la receta de tu abuela, ese pan cotidiano que tanto disfrutabas y que nadie de tu familia aprendió a preparar, ese pan cuyo valor fue notorio solo cuando la abuela ya se estaba marchitando y no podía recordar cuál era su secreto para que quedara así de rico. Ese vínculo con los alimentos que era tuyo y de nadie más. A esa autenticidad que se nos ha diluido en la vida cotidiana, a esa belleza frágil y efímera que subyace en el acto de comer eso que nos gusta, es a lo que llama esta lectura.

Leí Los misterios de la taberna Kamogawa de Hisashi Kashiwai a comienzos de 2024 durante once noches distintas. Lo hice después de comer (cenar), con casi todas las luces apagadas para liberarnos del calor infernal que —para entonces— hacía en Medellín. Me acosté a leer desnuda, en voz alta, en la cama de mi pareja, de la que me enamoré luego de hacer sesenta y tres dumplings veganos desde cero y compartir un té sencha en el balcón de mi casa de pueblito antioqueño, muy lejos de Japón, pero tan cerca del amor. Yo leía y elle me sobaba el pelo y la espalda, imaginamos cómo prepararíamos el plato por el que preguntaba el protagonista del capítulo, enlistamos las opciones por las que contrataríamos los servicios de este detective gastronómico de bajo perfil y excelente sazón, nos preguntamos por los platos por los que otras personas nos recordarían, por los que nos recordaríamos, sabiendo que una novela llena de nostalgias por lo que ya no es, es también un recordatorio de lo finito que se hace el amor cuando empiezan a escasear los ingredientes.
Se acabó el libro, lo nuestro también, pero esto que es una reseña de un libro sobre comida, es también un guiño a lo cambiante que es el amor entre humanos. Ya tengo el segundo libro de la colección, esperemos que encuentre el hambre y el sentimiento para leerlo.
Cosecha Medellín 87, Juliana es básicamente una lectora promiscua y punk. Pastelera y periodista desmovilizada que ahora alterna sus días entre el márketing y la promoción de la literatura escrita por mujeres. En 2025 su biblioteca, cuchillos y sartenes están en Envigado, Colombia, junto con Pan, su compañía felina. Es la creadora del club de lectura feminista, rebelde y disidente «Lo que leen las amazonas».



