Hablar de papa en 2025 es hablar de un alimento global. Buena parte del mundo la conoce, ha oído hablar de ella, la come, la anhela, la disfruta. La papa y su generosidad han permitido que cosechemos sistemas agroalimentarios diversos que aseguran la vida y el bienestar en comunidad. Así, en 2025 la historia de la papa se trans-localiza, al punto que ya resulta muy difícil afirmar que le pertenece a un país, pues ahora es un producto de aquellos que se consideran «universales».
Sin embargo, para el mundo andino la papa es un alimento que nos enraíza con el territorio. Así lo ha sido desde hace milenios. Su capacidad de calmar el hambre, su alto valor nutricional, la facilidad para su cultivo y cosecha, así como su resistencia ante las condiciones variables de los ecosistemas, la convirtió en la base de la nutrición para muchos pueblos asentados en la cordillera de los Andes y sus territorios colindantes.
Al igual que ocurrió en otras regiones de América Latina en la década de los 1990, la zona andina colombiana también vivió una profundización de la globalización neoliberal y las ideas de la Revolución Verde. Esto hizo que los procesos de alimentación se vieran afectados por fenómenos como la reprimarización y el agronegocio, que llevaron a la tecnificación del campo a través de la modificación de semillas, así como a la transformación territorial y ambiental por el uso de agroquímicos para el manejo de la tierra y de los cultivos.
Además de la expansión de las fronteras agrícolas para la producción industrializada de alimentos, estos cambios han generado escenarios de apropiación, despojo y degradación del ambiente, del territorio y de las prácticas de subsistencia de las poblaciones que allí habitan. El cultivo de papa no ha sido la excepción.
Ante estas transformaciones, en distintos lugares del mundo han surgido movimientos, asociaciones o grupos de mujeres campesinas que han abierto camino para resistir a los efectos de la agroindustria, garantizando su soberanía alimentaria y territorial. En Colombia se cuentan múltiples experiencias. La que hoy me ocupa está en Ventaquemada —municipio del departamento de Boyacá— donde las mujeres se organizaron en una asociación en la que confirman que pueden asegurar su subsistencia, al mismo al tiempo que tienen control y consciencia sobre sí mismas: lo que comen, cómo trabajan y su relación con el campo —su arraigo y su identidad—.

Ventaquemada: tierra de papa
El municipio de Ventaquemada se encuentra entre las extensas zonas rurales del altiplano cundiboyacense en el centro de Colombia. Es un territorio organizado social, política, económica, ecológica y culturalmente por la agricultura, actividad que además ha funcionado como articulador para la producción y la construcción de un tejido social entre la población.
Ventaquemada es tierra papera, la papa en sus múltiples variedades locales está arraigada a las formas de vida de las comunidades que habitan el municipio. La papa es sustento, es alimento, es economía. La papa es vida.
Aunque es producto de una actividad nativa y tradicional, el cultivo de papa se ha posicionado como competitivo en el mercado gracias a la transferencia de tecnología, instrumento eficaz para la especialización de su producción. Pero la modernización del campo también ha transformado las relaciones comunales sobre la tierra y la estructura productiva de la misma, causando la expansión de monocultivos de papa, la estandarización de las variedades de semillas y la valorización del producto bajo las lógicas de precios del mercado.
En Colombia existen alrededor de ochocientas variedades de papas nativas. Sin embargo, dentro de las cadenas productivas, la Federación Colombiana de Productores de Papa notifica que solo se producen doscientas cincuenta, y de estas, apenas se consumen siete de manera masiva. En Ventaquemada los terrenos dedicados al cultivo de papa corresponden entre 75% y 87% de tierra disponible para cultivar —se estima que este municipio concentra un alto volumen de producción de papa, entre 3000 y 79000 toneladas anuales —. Así, la papa corresponde al cultivo con mayor producción de la zona del que participan el 67% de las familias campesinas del municipio.

De acuerdo con el Censo Agropecuario de 2014, en el municipio de Ventaquemada existen 16229 unidades de producción —entendidas como el conjunto de terrenos, infraestructura, maquinaria, y otros bienes utilizados en las actividades agropecuarias—. Dada su vocación agrícola, la población ha subsistido gracias al trabajo de la tierra, primordialmente de los cultivos de papa y la ganadería de doble propósito: producción de leche y carne. Asimismo, de acuerdo con la Agencia Nacional de Tierras, bajo una producción minifundista, las familias han desarrollado agroecosistemas que posibilitan formas de acceso y disposición de alimentos para el autoconsumo y para el mercado local.
Pero esto último ha dejado de ser una constante. En una región donde las familias solían tener garantizada su soberanía alimentaria gracias a la diversidad de alimentos que podrían cultivar en sus terrenos, desde hace más de treinta años la situación ha cambiado, dejando en entredicho tal capacidad de autoabastecimiento.
El régimen alimentario neoliberal ha instaurado patrones de producción, circulación y consumo, basados en la acumulación de capital a través del desarrollo extractivista de recursos naturales. Con la entrada a la región de Tratados de Libre Comercio (TLC) el régimen alimentario actual ha privilegiado la productividad sobre la calidad y la sostenibilidad de los cultivos. Para Colombia, la inserción en el mercado internacional correspondió a la dependencia en la exportación de productos agrícolas a otras regiones del mundo, lo que ha llevado a homogeneizar las prácticas de producción y de consumo y a desconocer las tradiciones locales de tratamiento de la tierra y del alimento.
La siembra en forma de monocultivos ha provocado una alta dependencia al uso de agroquímicos —entre los que se cuentan fertilizantes, insecticidas y fungicidas para el control de las plagas—. Si bien esto se refleja en el aumento en el rendimiento de los cultivos y la minimización de pérdidas en la producción; también ha incidido, por un lado, en la fragmentación de las relaciones comunitarias en los territorios, provocando y promoviendo formas de existir más individualistas —propias de los modelos promovidos por el neoliberalismo—, y por otro, en la ya mencionada homogenización de las cosechas, la contaminación de las fuentes hídricas y en la pérdida de biodiversidad en la región.
La agroindustria y la gente
Por su proximidad geográfica a ciudades densamente pobladas como Bogotá (capital de Colombia) o Tunja (capital del departamento de Boyacá), la agricultura minifundista de Ventaquemada se ha integrado a las cadenas comerciales bajo la lógica económica de abastecimiento de alimentos. Las familias campesinas se enfrentan entonces a un escenario de vulnerabilidad dada la dependencia económica de los mercados externos, haciendo que su sustento sea inestable o, al menos, fluctuante. La demanda del mercado, los precios para la distribución del producto, sumado a que gran parte de la venta de la producción queda en manos de intermediarios que las ofrecen a los mercados urbanos, dejan al campesinado en el punto más débil de la cadena de producción. Y esto resulta problemático cuando, al mismo tiempo, son las familias campesinas quienes más arriesgan a la hora de cultivar —si la cosecha se ve afectada o se pierde por factores climáticos o plagas, si el dinero alcanza para los agroquímicos o el pago de la mano de obra que implica el manejo del cultivo y su cosecha, si hay robos o pérdidas materiales, la compra de semillas, etc.—.

De acuerdo con Fedepapa —organismo que agrupa a los productores de papa y que promueve la competitividad y sostenibilidad del cultivo—, la producción de una hectárea de papa cuesta a una familia productora alrededor de COL $40 millones (USD $9300). La sola compra de insumos para el manejo del cultivo corresponde a la mitad de los costos de producción y, muchas veces, la venta de la cosecha no alcanza ni para cubrir esos gastos.
Para la década de 1980, el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), orientado por la Revolución Verde y los condicionamientos de mejora en las investigaciones, técnicas y procedimientos de ciertas semillas, priorizó el aumento de la producción de cuatro nuevas variedades de papa. En el curso de esta tecnificación del campo, los sistemas agrícolas autóctonos —que, además, comprendían prácticas agroecológicas de producción— quedaron relegados y señalados como formas de cultivo atrasadas que «van en contravía del progreso». Así, bajo la lógica de la agroindustria impulsada por el ICA desde hace más de cuatro décadas, una cosecha de papa —que tarda entre cuatro y cinco meses en salir— requiere un promedio de dieciséis fumigadas. El uso intensivo de estos insumos provoca la pérdida de materia orgánica en la tierra, llevando a que la semilla de la papa no florezca con la misma efectividad que antes. También conlleva a la contaminación de las fuentes de agua cercanas a los cultivos, sin contar con la pérdida de biodiversidad —entre los que se cuentan polinizadores, plantas comestibles, diversas especies vegetales, especies de aves y mamíferos que visitan o transitan por áreas de cultivo—.
Y acá es importante aclarar que los cambios impulsados por la agroindustria son de fácil aceptación —el discurso del progreso y de convertirse en empresarias del campo— , pero también generan una dependencia de los precursores agroquímicos, las semillas modificadas y la demanda comercial. Bajo esa lógica, aunque costoso, para muchas familias es más eficiente —y deseable— el uso de agroquímicos que garantizan que el cultivo rinda, la producción se acelere y el ingreso —así sea mínimo y sin ganancia alguna— llegue con inmediatez.
Los efectos de la tecnificación del campo traen otro tipo de consecuencias que van mucho más allá de la productividad de la cosecha. La facilidad que brindan los insumos químicos incide no solamente en que los procesos de cultivo se aceleren, sino también en que cada productor priorice su desarrollo y rebusque individual, fuera de cualquier expresión de trabajo comunal o comunitario. La imagen de una persona en un tractor, manejando una extensa parcela de tierra, sintetiza a la perfección la idea promovida desde la Revolución Verde. Se presenta al individuo como capaz, por sí solo y con su maquinaria, de arar, sembrar, cuidar y cosechar.
Este discurso exalta el éxito individual y la competencia, donde quien produce más es considerado «el mejor». Sin embargo, esta visión contrasta con el tejido social que ha sustentado la base de la vida campesina en el territorio andino, donde la cooperación, el intercambio y el trabajo comunitario han sido pilares fundamentales.
Sin lugar a dudas, las prácticas agroindustriales han limitado las autonomías productivas de las comunidades campesinas de la región.
¡Hora del cambio! Asociación de Mujeres Rurales de Ventaquemada
En Ventaquemada, acciones como la recuperación de las semillas nativas y la producción de abonos agroecológicos han comenzado a surgir como formas de resistencia para dejar de depender de las exigencias del mercado corporativo.

En un mundo donde la globalización tiende a homogeneizar culturas, las identidades locales pueden ser vistas como una forma de resistencia. Las mujeres de Ventaquemada empezaron a reconocer cuáles son las condiciones ecológicas y ambientales de los territorios que habitan y, de acuerdo con ello, distribuyeron su producción. Ellas —desde su rol de agricultoras— se han dado cuenta de su responsabilidad por aportar no solo al desarrollo del territorio, sino también en plantear alternativas productivas de cuidado y conservación:
«si ellas no trabajan y producen con ese propósito, el campo se acaba».
Ante este escenario y gracias a una propuesta de la Alcaldía Municipal de Ventaquemada, surgió Asmuvent —Asociación de Mujeres Rurales de Ventaquemada— un espacio para que mujeres campesinas y demás productores de la zona pudieran obtener beneficios económicos y políticos por medio de la asociatividad y la cooperación. Como efecto secundario, las mujeres que se sumaron a esta asociación comenzaron a organizar una resistencia local que desde su accionar político garantiza la soberanía alimentaria, el sostenimiento de la vida, el cuidado, el alimento de sus familias y la subsistencia en el territorio.
A través del trabajo solidario y organizado, las mujeres de Asmuvent han comenzado a reconstruir vínculos afectivos de intercambio y han fortalecido las formas tradicionales de producción alimentaria. De esta forma, las mujeres de Ventaquemada, —movilizadas por su rol de madres y agricultoras—, resisten bajo tres formas: (i) para transformar unas lógicas productivas, (ii) para garantizar unas relaciones de cuidado y (iii) para reforzar una identidad con el territorio, sustentada en el respeto a la tierra. Su resistencia funciona como práctica comunitaria que demuestra que es posible producir, recuperar tanto el suelo como el valor de la tierra, y a la vez, que pueden fortalecer su autonomía económica.

La expansión del monocultivo de papa ha instaurado la dependencia a este producto como principal fuente de sustento para las familias campesinas. Si el 100% de la economía de subsistencia de la población proviene de la papa y del ganado ¿qué pasaría si su cosecha deja de ser una opción? La propuesta de Asmuvent es organizar huertas caseras. ¿Novedoso? No. ¿Revolucionario? Totalmente.
Las huertas caseras son el lugar de resistencia que posibilita la producción agroecológica y diversificada como forma de oponerse al régimen alimentario neoliberal. Y es que acá, la soberanía alimentaria juega un papel importante, pues a través de ella las mujeres de Ventaquemada confirman que pueden asegurar su subsistencia y, al mismo al tiempo, tienen control y consciencia sobre sí mismas: lo que comen, cómo trabajan y su relación con el campo —el arraigo y la identidad—.
Seguridad alimentaria: ¡el futuro es la agroecología!
La idea de las huertas aparece como alternativa, como ya dije, revolucionaria. Parte del reconocimiento de que existen otros alimentos que aportan al consumo interno y al sustento económico evitando con ello la dependencia de la venta de la cosecha de papa para garantizar la soberanía alimentaria del municipio. Por ello, buena parte de la resistencia de Asmuvent se basa en diversificar los cultivos, trabajando con nuevos alimentos y recuperando las semillas nativas del territorio —maíz amarillo, maíz negro, habas, fríjoles—. Cultivos que habían quedado relegados e incluso habían desaparecido en muchas familias agricultoras que, por presiones del mercado, prefirieron destinar sus tierras exclusivamente a la producción de papa.
La agricultura campesina y familiar históricamente se ha caracterizado por la provisión de alimentos diversos, privilegiando la formación de circuitos de comercialización cortos en los territorios, que son visibles en el intercambio con la comunidad.

En ese sentido la acción política de Asmuvent busca recuperar formas que la comunidad conocía y que, hasta hace apenas unas décadas, eran culturalmente significativas, pero que habían quedado en el olvido por cuenta de la presión de los mercados.
Antes de pensar en la productividad para aumentar el rendimiento de los cultivos, los lineamientos de Asmuvent privilegian la producción de alimentos para el autoconsumo de aquellas personas y comunidades que dependen de esas cosechas para garantizar su seguridad alimentaria. De esta manera en Asmuvent crean un sistema de priorización y control agroalimentario, en el que antes de anticipar la distribución de alimentos a plataformas externas, garantizan buenas condiciones —y la seguridad alimentaria— en sus hogares.
A diferencia del sistema individualista y dependiente, las mujeres de Ventaquemada se dieron cuenta de que por medio del trabajo colectivo y de sus propias huertas encuentran un lugar de resistencia, en donde además de desempeñar su trabajo, recuperan la solidaridad y el cuidado. Toda su propuesta está basada en la generación de confianza, en el intercambio con los vecinos y en la transferencia de saberes, elementos que lentamente habían ido desapareciendo en el municipio.

Para Asmuvent la protección y el bienestar podrán lograrse si se recuperan las relaciones de reciprocidad y solidaridad en el territorio, en donde se decide, sobre todo, aquello que se comparte: el uso de los recursos comunes.
Resistencias por el cuidado
La organización de mujeres de Ventaquemada, además de asegurarse mejores condiciones económicas de existencia, también busca transformar ciertas formas de pensar —muy arraigadas en las sociedades rurales— sobre el trabajo de las mujeres, los roles de género y el trato por la tierra. Hay que recordar que el modelo neoliberal ha llevado a la formación de sujetos individuales y competitivos para el mercado. Al contrario de esta doctrina, lo que evidencian las mujeres campesinas de Ventaquemada es la posibilidad de desarrollar trabajos que dentro de la lógica capitalista se salen de lo convencional o de lo que se espera de ellas. Las mujeres subsisten gracias a los trabajos no formales que realizan, donde se recuperan el intercambio y las relaciones de confianza y reciprocidad.
El trabajo en las huertas va mucho más allá de la producción de alimentos y de garantizar la soberanía alimentaria. A través de las huertas se desarrolla una alternativa de trabajo que, además de ser sostenibles con el ambiente, les suma a las mujeres una fuente de ingreso para sus hogares. En un contexto que sigue permeado por el machismo y la estigmatización de la mujer, en las huertas pueden trabajar en ellas mismas: saliendo del espacio de su casa y cambiando sus quehaceres. Esto constituye una motivación importante, ya que a través de esta retribución pueden ganar autonomía económica y productiva, y así mismo, reconocerse como mujeres independientes.

Las mujeres de Asmuvent han demostrado su capacidad de crear redes y sostener —por medio de la solidaridad— unas relaciones en torno a la vida y al territorio. Las acciones colectivas han fortalecido las economías sociales y populares que permiten a las mujeres de la asociación reconocerse en un lugar donde son autónomas y donde reivindican sus derechos sobre el uso de la tierra y la disposición de una alimentación sana y soberana. Lentamente, esto también les ha permitido verse como sujetas políticas.
En el trabajo de las huertas, pero también en el cooperativismo y el intercambio, las mujeres de Asmuvent encontraron un espacio de construcción de amistad que promueve el apoyo y la recuperación del tejido social y la confianza que fortalecen otras formas de sociabilidad comunitaria y afectiva. El encuentro entre estas mujeres ha significado una oportunidad de que sean soberanas de sus propias vidas. Es un cambio político y cultural poderosamente transformador.
Sostenibilidad de las acciones locales ¿cuál es el futuro de estas iniciativas?
En 2025, es fundamental ver a las mujeres campesinas como madres, cuidadoras, educadoras, lideresas y sostenedoras de vida. En ellas la resistencia, la defensa de la tierra y el territorio, el cuidado de los cuerpos y del entorno, así como la búsqueda de unidad territorial, corresponden a las luchas por la vida. Las mujeres de Asmuvent configuran modos de vida particulares desde la ruralidad y, también y sobre todo, configuran acciones políticas fundamentadas en un sostenimiento de las relaciones socioculturales y ecológicas.
Durante estos cinco años de trabajo, las mujeres de la asociación han evidenciado transformaciones en sus modos de vida, muchas de ellas positivas, aunque tanto a nivel familiar como municipal sigue habiendo personas que se oponen o descalifican sus iniciativas por considerarlas atrasadas, problemáticas por cuestionar el papel de las mujeres rurales o el lugar que le «debería» corresponder a las mujeres en el hogar.
De hecho, aunque la asociatividad ha sido la única forma por la que el gobierno local da su apoyo político a las mujeres del municipio, esto no ha garantizado que la ayuda sea constante y estable. De acuerdo con el testimonio de algunas de ellas, aún existe una falta de apoyo que les impide vincular los proyectos a otras plataformas de socialización —que les permitan vender mejor o dar a conocer sus productos—. La falta de respaldo local lleva a que incluso asociadas, tengan que rebuscar redes de contacto, insumos y recursos financieros en otros espacios por fuera del municipio.

Y esto nos recuerda un punto fundamental: las acciones locales no son sostenibles a largo plazo sin voluntad política y apoyo estatal, no solo por la falta de recursos económicos o las barreras comerciales, sino porque los esfuerzos de las comunidades —por enormes que parezcan— resultan insuficientes a cubrir las necesidades de toda una región.
¿Qué nos dicen las mujeres de Ventaquemada?
El neoliberalismo ha promovido procesos acelerados de acumulación de capital. Sin embargo, la actual crisis climática y ambiental ha demostrado que dichos procesos no incluyen la pregunta de hasta cuándo la tierra puede seguir funcionando a ritmos tan acelerados de crecimiento y explotación.
El extractivismo, la mercantilización y desposesión han limitado las prácticas agrícolas descalificando cualquier expresión en la que prime el buen trato y cuidado sobre la tierra.
En contrapeso y desde su comprensión política, la soberanía alimentaria se basa en que la producción y consumo, los derechos, el acceso a semillas y a la tierra, y la protección de los recursos ecológicos sean cuestiones discutidas y dialogadas por las poblaciones campesinas locales, quienes deben ser las primeras en definir cómo usar y aprovechar los recursos de los territorios donde se encuentran.
Lo que han propuesto las mujeres rurales de Ventaquemada es una alternativa de cambio en torno a las preguntas de cómo ¿cómo estamos produciendo?, ¿cómo estamos alimentándonos?, ¿cómo podemos recuperar la tierra degradada? El neoliberalismo nos ha hecho pensar en la acumulación como solución, pero la resistencia de Asmuvent nos hace repensar la prevención ante futuras crisis alimentarias.
Hablar del saber de las mujeres rurales y su relación con la soberanía alimentaria es hablar de la experiencia, la historia, la cultura y las prácticas de socialización y educación de una comunidad que ha tenido transformaciones constantes y muy aceleradas. Asimismo, el simple —y valiente— hecho de resistir a las imposiciones del mercado les permite sobrevivir a unas condiciones de hostilidad y precarización. En estas prácticas de resistencia ellas se reconocen como mujeres que desean reivindicar su derecho a ser, estar y existir.
El campo es un lugar de soluciones. Pensar lo contrario evidencia pensamientos con sesgos coloniales, de clase y de raza. Las comunidades campesinas tienen el conocimiento para responder a los efectos de las crisis, y como en el caso de Asmuvent, hacen un llamado de atención y contribuyen a la conservación de la biodiversidad y el aseguramiento de los alimentos.
La experiencia con Asmuvent es un ejemplo de las soluciones que vienen desde el territorio. De una comunidad que valora y reafirma que la relación de las mujeres campesinas con la tierra constituye una unidad tanto material como simbólica. Gracias a dicha relación es posible autoabastecer a sus familias y a sus comunidades, y también recordar y consolidar conocimientos propios de ese relacionamiento, resultando en el desarrollo de dinámicas agrícolas locales, solidarias, sostenibles y soberanas.
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Un agradecimiento especial a Andrés Ortega Gómez, profesor de la Universidad Javeriana y tutor del trabajo de grado de María Paula Contreras.
Politóloga e internacionalista colombiana. Estudió en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Lectora, curiosa y conversadora incansable. En su tiempo libre le gusta cocinar y experimentar con los alimentos, tal como lo han hecho otras mujeres en su familia. Para ella todo alimento tiene su potencial versatilidad.



