Antes de quedar embarazada, apenas si tenía una idea vaga e informada a través del cine de lo que suponía estarlo. Para mi el embarazo era literalmente un test con dos líneas, episodios ocasionales de vómitos —obvio, en momentos inoportunos—, gritos y jadeos mientras vestía una bata de hospital y, por supuesto, el derecho a exigir helados y encurtidos a las tres de la mañana. En mi cabeza, gestar también significaba que tenía la oportunidad de comer por dos.
Mi sorpresa fue mayor cuando descubrí que eso de «comer por dos» es un anacronismo, un unicornio, una imagen que viene de un pasado en el que todo era más apacible (o más hambriento).
Cuando «por dos» no es una multiplicación
En 2023, cuando en buena parte de los países occidentales la malnutrición ha superado a la desnutrición —esto es, se comen alimentos densamente calóricos que aunque llenan, no nutren—, los médicos, las revistas, las amigas y las suegras recomiendan a las personas embarazadas que coman «sano», «saludablemente» y que «cuiden su dieta». Por todos lados se nos advierte que cada cosa que ingiramos afectará al bebé. Sin embargo, organizaciones como el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos aclaran que: «”Comer por dos” no quiere decir comer el doble. Más bien, significa que los alimentos que comes son la principal fuente de nutrientes para tu bebé».
En otras palabras, es el doble de responsabilidad, no el doble de placer. ¡Y qué tamaño de responsabilidad! De acuerdo con la información que nos llega a las personas gestantes, una comida o bebida inadecuada podrían poner al bebé en riesgo sufrir todo tipo de enfermedades que van desde el trastorno del espectro alcohólico fetal, hasta una intoxicación bacteriana ocasionada por listeria, diabetes o macrosomnia (también conocida como síndrome del bebé demasiado grande).
Para muchas personas la situación es tan angustiante que la mejor palabra para describirla es ¡pánico!
No es de extrañar, entonces, que los foros de internet estén repletos de testimonios en los que las personas embarazadas confiesan haberse comido un sándwich de atún con queso o haberse tomado una copa de vino. En estos desahogos hay una culpabilidad enorme, pues se sienten preocupadas y responsables por haber «condenado» a su bebé a tener un futuro mediocre, marcado por clases de apoyo escolar causadas por el bajo rendimiento académico, o incluso a cosas peores.
Para las personas gestantes resulta difícil encontrar sosiego, puesto que lo único realmente consistente en las dietas para el embarazo es la inconsistencia.
Vamos por pasos. En el extremo más conservador están los organismos de salud pública que, por lo general, recomiendan evitar el pescado ahumado, el sushi, el ceviche y todo tipo de comidas que incluyan pescado crudo; también los quesos elaborados con leche sin pasteurizar, los patés sin importar su tipo, la mayonesa, el alcohol e incluso la cafeína. Por otro lado, entre el personal médico y las parteras también están quienes proponen un enfoque más prudente, algo así como «come de todo pero con mesura». En contraste y como extremo más laxo, entre las personas gestantes hay quienes comen lo que se les antoja sin tener ni siquiera en cuenta la existencia de la listeria.

En el embarazo la regla es la falta de reglas
Pero, ¿por qué tanta incertidumbre?
La respuesta, o al menos parte de ella, es que la ansiedad relacionada con la alimentación está en aumento, sobre todo en la medida en que se multiplican tanto las opciones de consumo como las fuentes de información. En otras palabras, en un océano de posibilidades cada persona tiene que procesar primero los datos procedentes de diferentes productos, luego pasarlos por los filtros de las ideologías y, como si esto fuera poco, además debe elaborar su propio enfoque alimentario al que se le exige coherencia.
Como si lo anterior no fuera suficiente, a lo largo de este proceso de nueve meses las personas gestantes estamos expuestas a exigencias contradictorias: se nos exhorta a «satisfacer» nuestros antojos, pero sin engordar demasiado. Se nos dice que «cuidemos lo que comemos», pero que no caigamos en comportamientos compulsivos que podrían etiquetarse como trastornos alimentarios. Sobre todo, cada vez se nos anima más a comer «sano o de manera saludable», aunque luego nos abruman con descripciones contradictorias de lo que significa «saludable». ¿Es sano el vino tinto? ¿Lo es la grasa animal? ¿Y el café? ¿Es saludable la col rizada?
Si estas opciones ya provocan incertidumbre en la población general, imaginen cuánto más desalentadoras pueden ser para las personas embarazadas. Porque una cosa es tomar una decisión poco saludable por cuenta propia y otra muy distinta hacerlo en nombre del futuro bebé.
¿Quién asume el riesgo?
Quizás ahora resulte más claro por qué la frase tan habitual al aconsejar a las personas embarazadas sobre lo que deben comer sea: «evita los riesgos». Ante la incertidumbre sobre la seguridad de ciertos alimentos durante el embarazo, tanto profesionales de la medicina como organismos de salud pública optan por un enfoque conservador. Porque, ¿para qué arriesgarse?
Sin embargo, la pregunta en sí es engañosa, pues implica que, de hecho, existe un riesgo cuando, en realidad, puede que solo haya falta de evidencia que confirme la seguridad de cierto alimento. Este es precisamente uno de los mayores problemas del enfoque preventivo de la gestión de riesgos: exige «pruebas de que no hace daño» y el hecho de que «no haya pruebas de daño» le resulta insuficiente. Esta medida pone la vara muy alta y funciona bien cuando, por ejemplo, se está probando un nuevo producto farmacéutico en el mercado o se habla de contaminantes ambientales, ahí está bien exigir «pruebas de que no hace daño». Pero, cuando aplicamos esa misma lógica a la alimentación, se crea una situación en la que todos los alimentos son sospechosos y cada una de las comidas es potencialmente riesgosa.

Las personas embarazadas «asumen todos los riesgos por igual» desde cuando deciden comerse un sándwich de salami hasta cuando se toman una copa de champagne. El enfoque estándar de salud pública para abordar este hecho podría consistir en preguntarse por qué lo hacen, ¿por qué deciden asumir esos «peligros»? Pero entonces hay que preguntarse también: ¿a quién consideramos en situación de riesgo? ¿Quiénes son las personas más afectadas al formular la pregunta en términos de riesgo?
«Lo mejor» como factor de peligro
Los enfoques preventivos siempre tienen una persona en peligro en el centro. Bajo esta lógica, niños y niñas —como símbolos clave de la inocencia y la esperanza futura— son susceptibles de encarnar con mayor fuerza esa idea de personas en riesgo. Sin embargo, pensar en los fetos como niños y niñas ya imbuídos de personalidad, es algo relativamente nuevo.
En su libro ¿El pecho es mejor? (Is Breast Best?) la académica feminista Joan B. Wolf afirma que hoy se entiende que ante cualquier entorno que no sea óptimo, los bebés —y los fetos, dentro de este umbral ampliado de las infancias— están en peligro. Es decir, todo aquello que se aleje de «lo mejor» se interpreta como un factor de riesgo.
Wolf expone este argumento cuando analiza la alimentación después del parto, donde la idea de que «el pecho es lo mejor» se ha extendido tanto entre las autoridades médicas que incluso esa valiosa consigna resulta problemática. Wolf señala que se exageran y confunden —por igual— tanto los beneficios asociados a la lactancia materna como las desventajas de la leche de fórmula. Así, bajo esta nube de información contradictoria, se induce a las personas a pensar que el hecho de no amamantar pondrá en peligro a sus hijos, a pesar de que las investigaciones difícilmente respaldan tal afirmación. Pero incluso si aceptamos que la lactancia materna es lo mejor, ¿por qué llegamos a la conclusión de que la leche de fórmula —como segunda mejor opción— es peligrosa?
Muchas creencias, pocas pruebas
Cuando se trata de comer durante el embarazo, la división no es tan nítida como la dicotomía «pecho vs. biberón». Y a pesar de ello, hay una enorme presión para que las personas gestantes modifiquen sus conductas alimentarias partiendo de prejuicios o riesgos mal entendidos, una presión que también se manifiesta en la forma en que se nos educa sobre la alimentación.
En 2013 se hizo un estudio en cuatro países del norte de Europa que buscaba entender qué información tenían las personas —gestantes o no— acerca del consumo de alcohol durante el embarazo. El equipo de investigación dirigido por Anna Leppo descubrió que, sistemáticamente, se inducía a las personas embarazadas a creer que había pruebas sobre los efectos nocivos del consumo moderado de alcohol durante el embarazo, cuando en realidad no existen dichas pruebas. Esto, además de ser un síntoma de una sociedad con aversión al riesgo, deja en evidencia que ahí subyace una cuestión de género.
Como señalan Leppo y su equipo, «si practicáramos el criterio de precaución en todo lo que hacemos, podríamos hacer muy poco, y eso es lo que se pide hoy a las mujeres embarazadas».
El riesgo también es una cuestión de género
En Estados Unidos y en algunas partes de Europa se espera que las personas embarazadas hagan de todo, de hecho, que lleven su vida con normalidad —esto es, como si no estuvieran gestando—: que sigan trabajando, que continúen cuidando de sus hijos y realizando las tareas domésticas. Al mismo tiempo, se les exige evitar los riesgos al máximo. Es decir, que hagan de todo como si nada estuviera pasando en sus cuerpos pero que, como si no fuese contradictorio, tomen las precauciones máximas y eviten los riesgos dada su condición. Bajo esta lógica, minimizar los riesgos no se considera, entonces, una obligación social —que podría cumplirse proporcionando agua potable, una nutrición adecuada, obteniendo una licencia por enfermedad y una maternidad remunerada—, sino más bien un imperativo moral que recae directamente sobre los hombros de la persona gestante.
Considerada de este modo, la pregunta «¿por qué arriesgarse?» es retórica; no hay forma de responder sin parecer arrogante o inmoral.
La antropóloga Mary Douglas señaló hace tiempo que el riesgo es siempre una cuestión de moralidad. Los debates sobre el riesgo, escribió Douglas, «siempre vinculan algún peligro real con algún comportamiento por fuera de la norma y así codifican el peligro en términos de una amenaza a una institución valiosa». La institución valiosa, en este caso, es lo que Wolf describe como «maternidad total»: un código moral en el que «se exhorta a las madres a optimizar todas las dimensiones de la vida de los niños desde el vientre materno».
En el contexto actual, argumenta Wolf, «la buena maternidad se interpreta como aquella encaminada a reducir los riesgos para la descendencia, incluso aquellos más minúsculos o mal entendidos, independientemente del costo potencial para la madre».|
La expectativa de maternidad sacrificada y las sanciones morales —y a veces penales— para quienes no la cumplen, resulta, quizás, la mejor explicación de por qué comer durante el embarazo es un asunto más complicado de lo que parece. Vivir durante nueve meses sin un determinado alimento o bebida no representa la forma más extrema de privación, pero la ansiedad moral que produce va más allá de ser una reacción hormonal exagerada o un simple signo de la ansiedad de nuestros tiempos. La privación de ciertos alimentos por nueve meses es una cruel revelación del poderoso —y riesgoso— significado de «comer por dos» en la era de la maternidad total.
Este texto fue publicado originalmente en inglés en Ms. Magazine
Es doctora en antropología por New York University y profesora-investigadora de Estudios Urbanos en el Colegio de México. Su investigación se centra en la relación entre la producción y gestión del
espacio y los sistemas alimentarios urbanos. Escribe sobre mercados públicos, comercio callejero, consumo de alimentos, seguridad alimentaria de poblaciones móviles y otros temas. Es fanática de las palomitas y de las flautas ahogadas.



