«Arepas como ancla. Un cuento sobre los vínculos y la tierra» de Marcela Camacho participó de la convocatoria para el libro «Un mapa comestible» de Comestible.info, Mapa de Barmaids & Afines y Caín Press.
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Papá era experto cocinero. Cuando joven, era un hombre estricto, autoritario y serio; de pocas palabras, a veces severo, incluso llegaba a darnos miedo. Él siempre tuvo una pasión por la cocina, allí se relajaba, se conectaba con el amor y lo transmitía a través de los alimentos que elaboraba: la atención que le ponía a la carne que preparaba o la manera cómo cuidaba un pedazo de pescado conservado en salmuera podrían entenderse como formas de ternura. Igualmente cuando fermentaba durante semanas unas berenjenas rellenas de nueces y ajo o se inventaba un sánduche de carne asada con cebolla caramelizada y queso fundido para darnos en la mañana, cuando servía una preparación novedosa en la mesa, en fin… cuando cocinaba, cuando compartía lo que cocinaba y cuando comía: ahí estaba mi papá con toda su ternura. Tenía poca paciencia para enseñar, pero, a punta de insistencia, perseverancia y terquedad, logré aprender de él algunas de sus recetas maravillosas.
Con los años, especialmente tras la muerte de mamá y luego del nacimiento de su primera nieta, se le fue quitando lo severo.
Con cada arruga fue dejando de lado lo autoritario, se fue volviendo gente de compartir palabra y de buen pensamiento: más cocina y menos drama. Fue lindo verlo envejecer así, con ternura, con paciencia y con consciencia… papá era una enciclopedia culinaria y en la cocina quedaron breves historias de nuestro paso por la vida juntos.

En cambio, a mamá no le gustaba cocinar. Ella era amorosa, dulce, sociable, una persona de muchos amigos, divertida, bailarina y de carcajadas sin vergüenza, pero si algo no le gustaba eso era cocinar. Comer tampoco era su gran pasión. Para ella, mientras menos preparación y más simple fuera la receta, mejor. Su pasión por la cocina era tan escasa, que un día, entre papeles, encontré una receta escrita con su puño y letra que decía:
«Ensalada deliciosa. Ingredientes: lechuga, tomate, pepino y zanahoria». En la preparación escribió cosas como: lavar la lechuga, picar el tomate en cuadritos pequeños, pelar la zanahoria, preparar una vinagreta con vinagre de manzana, aceite de oliva y sal…
No era nada, o, al contrario, era todo tan básico, tan elemental… Y a pesar de esa falta de conexión con los alimentos, en lo profundo del corazón también tengo historias relacionadas a la cocina de mi madre que más que recuerdos, son aliento de vida.
Arepas que sanan
Llegamos a vivir a Ecuador en 1989 en condiciones decentes. Nos fuimos por trabajo de papá y de la mano de mamá. Éramos tres niñas de cinco, siete y nueve años viviendo en un apartahotel —uno de esos apartamentos amoblados que se alquilan por meses— ubicado en una gran avenida de la ciudad de Quito.
En ese entonces no teníamos palabras para explicar la sensación, el sentimiento de desarraigo y extrañeza, así que el cuerpo habló en su lenguaje y caímos enfermas las tres. Durante tres semanas estuvimos como intoxicadas, con fiebre, diarrea y vómito constante, en total estado de shock. Hoy lo recuerdo y pienso que quizás nos dio destierro, una tristeza que apretó nuestros corazones y estrujó nuestros intestinos. La falta de raíces nos volteó el estómago, el vacío nos mareó y nos hizo vomitar sin parar. ¿Dónde estamos? ¿Qué nos va a anclar al recuerdo? Y entonces, tras las primeras semanas de enfermedad, el miedo se manifestó en hambre y las raíces tomaron una forma y estructura muy concreta: queríamos arepas.
Recuerdo con claridad a mamá mirando hacia el vacío, mientras las tres llorábamos desconsoladas pidiendo una arepa. ¿Dónde se conseguían arepas colombianas en Quito en 1989? Llovía a cántaros y mamá salió a la calle con un paraguas, sin saber muy bien a dónde iba, con el objetivo de regresar a casa con arepas. Desde la ventana de un sexto piso las tres esperábamos mirando el aguacero torrencial que caía sobre Quito. Tardó un par de horas en volver, pues, según nos contó después, caminó a lo largo y ancho del sector que habitábamos. Cuando abrió la puerta del apartamento, hilos de agua seguían sus pasos, como lágrimas desconsoladas ocultas en la lluvia. Toda mojada y temblando de frío, sacó de debajo el paraguas una bolsa de harina de maíz completamente seca y lista para transformarse en lo más cercano a una arepa de maíz trillado, cocido por horas y molido a mano. Eso fue lo que pudo conseguir. Eso nos bastaba y nos sobraba.
También trajo un queso fresco que más tarde aplastó con un tenedor para darle la apariencia del clásico quesito antioqueño. Esperamos en silencio mientras mamá amasaba y asaba las arepas. Desde la sala escuchábamos los trastes de la cocina, y de pronto: silencio… ¡Olía a arepa con mantequilla, quesito antioqueño y hogao! ¡Olía a casa, a abuelas, a la tierra que tanto extrañábamos!
Por eso, la gente sin arraigo necesita recobrar el recuerdo de su tierra con los sentidos más sutiles, con esas memorias poderosas e invisibles que le permiten enraizar en otro lugar. Esas sensaciones que se alimentan de cuentos, de olores, de historias y de sabores, de los saberes de las abuelitas, y así, se pueden echar raíces en lo profundo de la memoria sin tierra.
Esas arepas, las primeras de muchas que comimos tras migrar, fueron lo que mantuvieron vivo el recuerdo de lo que dejamos atrás, arepas que fueron un ancla de la memoria.
Cuentera y cocinera formada en escuelas y procesos independientes. Su camino en la pedagogía, el arte y la sostenibilidad ha estado marcado por estos dos oficios. De la escuela «hágalo usted misma». En su hacer pone en diálogo diversas herramientas con las que busca que el cómo y el para qué tomen más relevancia que la pregunta por el qué. Es cofundadora de Fundación Pumamaki Ecuador.



