La vida es como un pasaje que tenemos para estar en la tierra y el cuerpo es un tesoro que nos permite participar, pasando las épocas suaves y las fuertes.
Al final todo termina siendo como una música y depende de la creencia, de lo que va metido en la sangre, es la manera que uno la usa.
Todo está perfectamente hecho, como el mundo da vueltas, así también nosotros, aunque sería lindo que nos armonicemos un poco más.
La naturaleza da para llenar el corazón, vibrar entero con la tierra, el amor le acostumbra a querer las cosas simples: los pájaros, los cerros, el sacrificio de la gente, los actos desinteresados, para emocionarse con la compañera, con los ojos de los hijos y expresar la alegría, soltar una lágrima, la tristeza también es amor. La vida es una oportunidad que uno tiene para hacer algo bueno.
Ricardo Vilca, compositor, músico y maestro rural argentino.

Jujuy me esperaba desde hacía veinticinco años. Yo no lo sabía, pero ese primer viaje, en 1999, quedó abrazado a mí en algún rincón del cuerpo. Fue en la secundaria, en un colegio de monjas. La directora, Victorina Ramos, había nacido allí y quiso llevarnos a conocer su tierra. Ese gesto quedó para iluminar mis días.
No fuimos de paseo: llevábamos ropa, comida, juguetes. El norte (de Argentina) nos recibió con una belleza áspera, una luz distinta, una vida que no se parecía en nada a la nuestra. Lo que más me quedó fue la vida: lenta, pausada, donde el tiempo parecía estremecerse ante la inmensidad de la montaña. También recuerdo la comida. Mujeres cocinando en patios de tierra, en cocinas abiertas, con ollas enormes. El aroma profundo. Las texturas, los colores.
Esa imagen me siguió. Por eso volví. Quise regresar a ese lugar que, sin saberlo, había marcado una forma de mirar, de querer, de narrar.
Volví con mis hijas. Ellas no sabían a dónde iban, pero yo sí. Esta vez nos alojamos en una posada en uno de los pueblos que hacen parte de la Quebrada de Humahuaca: Tilcara. Se oían ladrar los perros a lo lejos, se escuchaba el «¡Buen día!» de los vecinos y el subir de las persianas de los locales.
En el recorrido, fui al hotel donde me había quedado con mis compañeras —además de ser un colegio católico, íbamos solo mujeres—, a la plaza donde jugamos aquella vez, caminé el pueblo entero que parecía detenido en el tiempo, pero estaba más vivo que nunca.
Humahuaca —ese rincón de la Argentina, a pocos kilómetros de Bolivia, donde todo parece tallado por el viento— nos recibió con sus callecitas de tierra, sus iglesias dormidas, sus restaurancitos llenos de aromas. Los aguayos colgaban como banderas: esas telas tejidas en telar que condensan colores del altiplano e historias familiares.
Caminamos entre puestos, comimos empanadas, quinoa, papas, humitas; escuchamos zambas salir de radios viejas, vimos títeres en las plazas. Quería que mis hijas conocieran su país. Pero no el de los mapas ni los libros, sino ese otro: el que huele a leña, a tierra mojada, a chicha dulce, a pan casero, a papa recién mojada. Quería que lo vieran, lo tocaran, lo sintieran. Ojalá, como a mí, se les quede adentro para siempre.
El norte del sur
Jujuy es la provincia más arriba (al norte) que tiene Argentina. Ya lo conté, pero limita con Bolivia. Es un punto del mapa, al sur de América del Sur. No es UN punto, ni cualquier punto. Es el territorio de indígenas, de personas que conocen su identidad, que desean volver a ser miradas por las demás. Es allí donde nace la música de la puna, donde el sol besa las montañas y el aire acaricia las pieles dejando rastro.

Abra Pampa fue la localidad en el norte del país, que Carmen Morales, maestra de geografía nacida en Jujuy, conoció con el deseo profundo de emprender un nuevo camino: el de la docencia rural. Un recorrido lleno de desafíos, aprendizajes y compromiso. No fue que comenzó por casualidad, sino por vocación. Desde que decidió dedicar su vida a la enseñanza, supo que su lugar estaba donde más se necesita: en las comunidades alejadas, donde la escuela es mucho más que un espacio de aprendizaje, para convertirse en un punto de encuentro, de esperanza y de transformación.
A Carmen la conocí un poco en persona, y otro poco por whatsapp. No conversamos mucho, pero cruzamos lo suficiente como para saber que ella iría en esta crónica. Me cuenta como la comunidad se transformó en su segunda familia; en que allí aprendió a valorar sus tradiciones, su esfuerzo cotidiano y el profundo respeto que siente por la naturaleza.
Agrega: «la educación no se construye solo dentro de las cuatro paredes del aula, sino también en cada siembra, en cada historia compartida y en cada celebración comunitaria».
Su camino no fue fácil: tuvo que tomar decisiones importantes, como hacer uso de su título profesional y dejar de lado algunos intereses personales. Y los sigue dejando… Cada semana en la escuela —que comienza los martes por la noche—, cuando junto a un grupo de docentes emprende el viaje hacia el departamento de Cochinoca, rumbo a su trabajo. Cada logro de sus alumnos también lo siente propio.

La figura del docente rural no se limita a la transmisión de conocimientos académicos. En estos espacios, la comunidad y la identidad se manifiestan de forma más palpable. En la escuela rural, la de ella y las de toda la Argentina, es un espacio de diálogos, de aprendizajes que no siempre se encuentran en los libros; además del lugar para preparar alimentos, para nutrir a los niños y maestros. Durante las mañanas se amasa el pan, se preparan tortillas, se sirve el mate cocido o kojói en guaraní —lengua indígena que se hablaba en buena parte del Sur de Suramérica—. Es una infusión aromática de yerba mate. Se toma caliente y se endulza si es del gusto. Algunos días se cocina lentamente un guiso de trigo sazonado con condimentos de la región. En ese momento también, en el de cocinar y comer, se cuentan historias que nutren el alma.
La escuela rural y su cocina no son espacios secundarios. Son el corazón vivo de la comunidad, la memoria viva de los valores que acompañan y fortalecen el camino de sus estudiantes.
Tierra de maíz, papa y quinoa
Y pienso en la cultura de mi país. En su cosmovisión andina, en la del Altiplano. Las voces del silencio que esconde esa inmensidad. Las montañas presentes, con su lenguaje propio. Se comunican a través de sus vientos secos, de los ecos; se expresa con el canto de sus pájaros. La belleza de su paisaje se pierde en la magnitud de los días.

Variedades de papa, de maíz que poco se ven en las ciudades, la quinoa (o quinua, del quechua kinwa), las habas, las hojas de coca o los caramelos para no apunarse —padecer mal de montaña, algo así como sentir que corriste mil kilómetros sin haber caminado ni un paso—, costumbres, alimentos, las cabras, las llamas, las ovejas… Todos los colores de sus valles, montes o montañas, los colores de esa tierra, esa que también es mi tierra y la de mis hijas.
De desayuno: api —palabra quechua, para designar la mazamorra (atole, colada)—. Es un jugo o bebida que se elabora con harina de maíz morado y se la condimenta con clavo de olor, canela, azúcar y limón. «Tres horas de cocción», me cuenta la doña del puesto del mercado municipal de Tilcara mientras vuelca el líquido desde su jarrito verde enlozado a la taza de cerámica. Sentarse a observar el ritmo, el sonido de la mañana… es un festín para los sentidos.
En el puesto de al lado, otra una señora prepara empanadas de carne y cocina sobre una chapa abollada (comal, plancha) unos trozos de pollo. Más adelante otra cocinera, con sus arrugas finitas, el pelo blanco y unos ojos morenos como los de su piel, prepara el almuerzo para los trabajadores que van de paso o para los turistas sin prisa. Cuento seis ollas de aluminio sobre una parrilla de fuego a leña, una hay de maíz, en otra, locro, una tiene un guiso de llama, la cuarta con humita (tamal de maíz tierno) cocinándose al vapor, en una quinta hierve la sopa, y en la última está el aceite calentito para las empanadas que prepara en el momento.
Junto a ella, en el banquito de al lado, un niño pequeño desayuna lo mismo: api con tortilla frita. La señora vuelve a mí, me sirve una tortilla rellena con queso —es una especie de pancito fino que se prepara con harina, agua, grasa y sal—. Se puede comer frita o cocinada a la parrilla con leña, la pone sobre una servilleta, me mira como esperando mi aprobación, sonríe, se frota las manos para ofrecerle vida. Todo se sirve caliente para mantener su sabor, solo ella sabe qué amasa a la mañana.

El correr del tiempo es otro, es el de la montaña, el de la naturaleza, el de la Pachamama o Mamapacha (la madre del mundo). No hay un solo lugar, hay muchos, entre piedras, yuyos —hierbas silvestres que crecen en la altura, resistentes y llenas de aroma—. Los yuyos se usan desde siempre para curar, dar sabor o simplemente perfumar el mate. También hay manantiales, escasos árboles, cactus, vertientes, apachetas —es un montículo de piedras que se arma en los caminos de la montaña como ofrenda o señal de paso—. El diálogo es hacia adentro, hacia lo que no ve. Hay una especie de comunión entre lo divino y lo profano. Lo que posibilita la vida, no hay edad, la anatomía es un recurso, y la piel desgastada por el calor del sol. El brillo de sus rayos penetrantes casi todo el año con apenas dos meses de lluvia es una bendición o una maldición, para las personas y para el paisaje: son grietas, venas, surcos… un paso natural para personas curiosas, el hogar para pueblos originarios.
La Argentina por fuera del radar
Esto también es Argentina: una Argentina que se sale del radar de mucha gente, incluso de quienes vivimos en ella. Una parte del país que no siempre entra en las postales, en las fotografías, en el imaginario colectivo. Es una tierra viva, de cerros, silencios y saberes ancestrales que siguen presentes. Es parte de lo que somos, una tierra con diversidad, una tierra extensa, con grietas, con una cultura que también se aleja del litoral y se extiende y florece entre las montañas— los inmensos Andes—, entre las manos que amasan.
La quena, el erque, el bombo, la guitarra, entre otros, parte de la ceremonia, parte del paisaje sonoro que embellece La Quebrada —que es Patrimonio Cultural de la Humanidad—. Tradición, historia, cultura, la patria misma; esa que no olvida, no reclama, esa que contiene los sueños de su gente, los deseos, las palabras… esa tierra que ve al cielo para encontrar la libertad; esa que alberga la esperanza que se cocina en hornos de barro, en hornos de leña; allí en donde se vive puertas adentro o a cielo abierto.
Mantener vivo ese recuerdo, volver a la pacha. Volver a una memoria colectiva que intenta pedir con la mirada hacia arriba que no nos olvidemos del pasado. Arden las llamas, arden las venas de mi tierra.
Periodista con quince años de experiencia. Nació en Mendoza, Argentina, con raíces firmes en los Andes y siente que todo cobra sentido cuando se comparte, ya sea una historia o un buen plato sobre la mesa. Sus artículos se han publicado en revistas locales, nacionales e internacionales como El Mercurio de Valparaíso, Sólo por gusto, Vinónamos, Sophia, entre otros. Tiene un podcast que se llama Sobre la Mesa, escribe una agenda gastronómica mensual en substrack.



