¿Qué es el bienestar? Vivimos en tiempos en que todas las personas parecemos estar sumergidas en una especie de caldo primigenio como el que dio lugar al mundo que habitamos. Pero a diferencia de aquel caldo primordial formado por compuestos orgánicos simples, en el que vivimos ahora se compone de nuevos medios de comunicación superpuestos unos sobre otros, de lenguajes que evolucionan a la par de la cultura, y de ecosistemas digitales cada vez más complejos que moldean y condicionan nuestro comportamiento —muchas veces sin que lo sepamos—.
La exposición permanente a modas virales, discursos, ideas, tendencias de consumo, consejos de salud y de alimentación que se entremezclan y confunden requiere, ante todo, una mirada sistematizada, aguda, crítica y lo más informada posible. Por eso resulta fundamental pensar, debatir y reflexionar sobre muchos de esos fenómenos que también atraviesan nuestra alimentación y nuestras decisiones a la hora de comer, pues justamente tienen que ver con el vínculo que establecemos con la comida.

Desde la pérdida del placer y los rituales asociados a los alimentos, pasando por la homogenización de la comida, de los cuerpos y por una baja tolerancia a la diferencia, lo que hay detrás de estos nuevos modelos aspiracionales para «sentirnos mejor» es mucho más complejo de lo que solemos imaginar.
Hace varios meses cuando «sentirse mejor» se estaba volviendo un nuevo mandato y el autocuidado performativo —ese que se muestra en redes y mide «rating»— rozaba lo peligroso e insano, en el Mapa empezamos a hablar de la obsesión con algo que dimos en llamar la optimización corporal, pues se trata de esta exigencia sobre los cuerpos impuesta desde el mercado que podría entenderse como un perfeccionismo estético (no importa cómo estás, sino cómo te muestras).
Estas nuevas estéticas lejos están de ser inocentes e inocuas y, como lo mencionamos en la reflexión de marzo de 2026, «además de establecer quién merece ser tenido en cuenta basándose en estándares hegemónicos europeos de blanquitud y delgadez, también indican qué personas cumplen los requisitos para ser valoradas socialmente e incluso para definir quiénes deben y pueden alcanzar el éxito».
Lo anterior nos llevó a poner nuestra atención en la politización del wellness (bienestar) o autocuidado ya que estos conceptos están asociados a discursos como el de la «supremacía metabólica» y todo el ideario del movimiento M.A.H.A. (Make America Healthy Again, Hagamos a América saludable de nuevo, por sus siglas en inglés). Lejos de encontrar un verdadero estado de salud y bienestar las preocupaciones de estos movimientos más bien le apuntan a estimular ideales corporales inalcanzables que en muchos casos se basan en discursos anticientíficos (en este punto ya no deberíamos sorprendernos de que corrientes ideológicas como la mencionada tengan consecuencias nefastas en la vida, la salud física y mental de quienes las siguen o promueven).
Para continuar con esa reflexión abordamos un tema que desde entonces no ha parado de crecer en los medios y las redes sociales: la autoadministración de sustancias inyectables —con los péptidos a la cabeza, pero no solamente los péptidos—, el peligroso mercado gris paralelo que mueven, el impacto de la publicidad y comercialización en las redes sobre las decisiones que tomamos, y el miedo a envejecer, entre muchas de sus aristas.
A su vez desde 2025 venimos trabajando tendencias y problemáticas que ayudan a dar origen y marco a todas estas tendencias, que por supuesto no salieron de un repollo ni se gestaron de un día para otro: la cultura Ozempic, los influencers de salud (health influencers) y la moda de la suplementación.
Todas estas corrientes han dado como resultado un cóctel letal en el que se confunde información chequeada y científica con recomendaciones de influencers —que se viralizan— y se suman a sus propios intereses económicos (hoy muchas celebridades están metidas en este «negocio» de los suplementos).
También han incitado a una naturalización en torno a «moldear» el físico gracias a las nuevas drogas e intervenciones disponibles que están cambiando el paradigma de la salud. Una puerta que abrieron los medicamentos GLP1 como el Ozempic.
Un pequeño repaso: la cultura wellness también es política
Habitamos una época ambigua en la que los remanentes de los discursos de aceptación, autenticidad y body positivity (positividad corporal) conviven con la pulsión de continua mejora y optimización del cuerpo. Esto último se viene articulando con los contenidos de la manósfera (también llamada machósfera y su equivalente femenino, la womensphere) y con posturas ultraconservadoras de salud fortalecidas post-pandemia como el ya mencionado movimiento M.A.H.A. (Make America Healthy Again).
En este primer cuarto del siglo XXI sentirse mejor se ha vuelto un mandato y el autocuidado performativo está rozando lo peligroso e insano debido, en buena medida, a la popularización de las drogas GLP1, también a la obsesión con los suplementos dietarios y al crecimiento económico de la industria del wellness (bienestar). El mercado nos ha ido arrinconando en una nueva exigencia de perfeccionismo estético —con mayor impacto en las mujeres—, y ha modificado no solo la idea de cómo nos debemos ver sino también la de cómo tenemos que comportarnos.
Hoy las nuevas modas y estereotipos del fitness tienen trasfondo político: del «gym-bro» con estéticas y valores tradicionalmente masculinos que abogan por la supremacía física o metabólica y que van al gimnasio todos los días, varias horas por día; pasando por la llamada «cara Mar-a-Lago» que es como se denomina popularmente a los rostros con exceso de cirugías plásticas favoritos en la élite política trumpista; a las «Pilates Princess» (princesas de pilates) que son algo así como una nueva versión de las tradwives (esposas tradicionales) pero más esbeltas y atléticas y sobre todo con la «consciencia corporal» que les da ejercitarse haciendo pilates.
Como lo mencioné antes, estas nuevas estéticas no tienen nada de inocentes ni de inocuas. Su forma de calificar qué es atractivo se basa en estándares hegemónicos —cuerpos blancos, europeos y delgados— que a su vez sirven de modelo para proyectar estándares de valor sobre la vida de las personas: establecen qué tipo de persona merece ser tenida en cuenta, valorada socialmente y quién debería triunfar en el mundo de hoy. La «salud metabólica», por ejemplo, se convirtió en un bien simbólico y en una medida de valor personal. Ya no se trata de ser «fuertes» ante la tentación, sino de habitar un cuerpo donde la tentación, simplemente, dejó de existir.
Detrás hay toda una industria que genera millones de dólares lucrándose de las inseguridades, la soledad y el malestar de las personas.
Al revisar conceptos como la «Supremacía Metabólica» o la llamada «Masculinidad M.A.H.A.» es posible darse cuenta de lo difícil que resulta separar políticas de salud, modas virales —y aspiracionales— e ideologías. Por ejemplo a la cabeza del M.A.H.A. está Robert F. Kennedy, referente antivacunas que busca exaltar la fuerza y la masculinidad como modelo de éxito. Este movimiento de corte conservador fusiona la obsesión dietaria, la contaminación de productos de uso cotidiano (todo lo que entra a tu casa es potencialmente tóxico) y el fitness con posturas anticientíficas y políticas de desfinanciamiento de la salud pública De la masculinidad tóxica a la misoginia hay un paso. Como si no fuera suficiente, Kennedy (actual Secretario de salud y bienestar en Estados Unidos) usó su influencia sobre la FDA para que aprueben sustancias no permitidas (como ciertos péptidos) ante la presión del lobby comercial y político de las farmacéuticas —yendo contra el consejo de la comunidad científica—.
La comida ya no se disfruta, se calcula
La moda de la suplementación es otra arista de la fantasía contemporánea de la optimización constante. Desde el protein-maxxing al fiber-maxxing (maximización de proteínas o maximización de fibra), pasando por los alimentos y bebidas enriquecidas, ahora también debemos incluir en esta moda a los tratamientos con péptidos, NAD+ y los suplementos de longevidad.
No en vano se habla de que hoy las marcas de proteínas son «la nueva línea de belleza de las celebridades»(!)
El aumento en la ingesta de proteínas desde 2024 volvió recargado con el protein-maxxing. Aunque hay profesionales de la salud que señalan que dicha suplementación resulta innecesaria e implica riesgos es una tendencia omnipresente: es promocionada por influencers en TikTok, se habla de ella en entrevistas a personalidades de la farándula y está presente en los supermercados y tiendas de conveniencia en las etiquetas de productos como snacks, el agua y el café. ¿Cuánto es mucho? Lo mismo ocurre con la fibra.
La advertencia de profesionales de la salud es clara: la alta ingesta de proteína en las infancias y adolescencias es un tema a vigilar. Por un lado, porque se pueden consumir de forma natural (con una dieta balanceada) sin necesidad de acudir a suplementos o alimentos maximizados. Pero además y quizás lo más importante, al poner todo el interés y la atención en la ingesta de proteína (o fibra) pueden estar olvidándose otros nutrientes. Esto último es clave tenerlo en cuenta ya que en esas edades el consumo de suplementos puede estar relacionado con la autopercepción de su imagen corporal y por la presión a «pertenecer y participar» de una moda para no quedarse por fuera.
De hecho, ya se han documentado casos de dismorfia muscular y vigorexia en personas jóvenes de 13 y 14 años. ¿Es esto una manifestación nueva de la cultura de las dietas? ¿Pasamos de la tiranía de contar calorías al cálculo de los macronutrientes? ¿Qué tan responsables son las celebridades que promueven este tipo de suplementos?
Intervenir la longevidad
Ya no se trata solamente de estar más saludable o fit, sino también verse más joven. El miedo existencial a envejecer y el edadismo social se articulan con una nueva moda: los tratamientos de longevidad con NAD+ (nicotinamida adenina dinucleótido) o con péptidos. Más que de revertir el tiempo, se trata de reescribir las reglas del envejecimiento: en lugar de reaccionar a los síntomas, se intenta prevenir el diagnóstico (las señales biológicas asociadas al envejecimiento empiezan a aparecer entre los 30 y 40 años). Esto denota un cambio más profundo en la percepción sobre el envejecimiento, ahora lo quieren mostrar como algo antinatural.
Estas sustancias son auto-administrables (se inyectan) pero en la mayoría de los casos no están aprobadas por la FDA (solo el NAD+ es un poco más seguro según lo que revelan medios como Wired) y se comercializan en mercados no regulados o, como me gusta llamarlos, mercados grises.
- En este informe especial para Forbes Argentina, Laura Marajofsky compiló datos importantes para entender más sobre el tema. Acá algunas claves, pero primero, ¿qué son los péptidos? Son cadenas cortas de proteínas que se producen naturalmente y regulan diversas funciones en el cuerpo (el metabolismo, el crecimiento muscular o la actividad inmunitaria). Se han vuelto —según The New York Magazine que les dedicó un especial entero bastante acrítico— la tendencia más comentada de salud. Y además una bastante costosa: el mercado mundial de terapias con péptidos supera los USD $50.000 millones en ventas anuales y se prevé se duplique, con inyecciones con costo unitario que alcanzan los USD $250.
- ¿Para qué se usan? Entre algunos de sus beneficios (?) se cuentan mejorar la fuerza, la energía, la resistencia y la recuperación de heridas y lesiones, por ejemplo.
- ¿Cómo empezó todo? Se usaban en circuitos de fitness y competencias fisicoculturistas, llegaron al mainstream (mercado masivo) gracias a la naturalización de otras drogas recientes como el Ozempic o Wegoby (que tienen péptidos sintéticos que simulan las hormonas naturales como la semaglutida).
- ¿Cuál es su estatus legal? No están aprobadas o reguladas por organizaciones como la FDA, UK ‘s Medicines and Healthcare o la ANMAT (Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica en Argentina). No son aptas para uso humano. Carecen de estudios concluyentes y a largo plazo. Muchas de estas drogas solo han sido testeadas en animales, no en humanos.
«La gente no debería tomarlos hasta que hayan sido sometidos a pruebas exhaustivas. La historia de los atajos no es precisamente feliz», comenta Pinchas Cohen, reputado endocrinólogo en una entrevista en The New Yorker.
En términos del perfil de seguridad, llevar un producto desde los estudios con animales hasta los ensayos en humanos y convertirlo en un medicamento autorizado requiere años y millones de dólares que las farmacéuticas no tienen incentivos para gastar. Esta es la situación de los péptidos. La demanda incrementada tanto por las redes como los medios masivos de comunicación (en los que las celebridades juegan un papel central) hizo que también creciera el mercado clandestino de estos compuestos. Se consiguen adulterados o falsificados sencillamente porque su mercado oficial en muchos casos ni siquiera existe. Se compran en canales de WeChat, Whatsapp, Telegram o foros de Discord o Reddit y se pagan con criptomonedas.
Todo va en una misma dirección: desacreditar a la ciencia para que el mercado sea el que imponga sus normas y flexibilice las regulaciones que son las que garantizan que aquellos productos que consumimos sean seguros. Mientras por un lado estas tendencias de bienestar y optimización corporal dudan de las vacunas y de los sistemas científicos que las respaldan, por otro estimulan y engrandecen ideas de bienestar que lejos están de serlo.
¿Hacia dónde va el bienestar moderno?
«Durante la última década, el cuerpo fue territorio de promesas: aceptación, diversidad, representación, cuidado. El auge del body positivity y de las agendas DEI (diversidad, equidad e inclusión) parecía ampliar quiénes podían habitar el espacio público sin pedir permiso. Hoy, en cambio, asistimos a un giro más silencioso pero no menos contundente: los discursos se moderan, el compromiso baja el volumen, los cuerpos que incomodan vuelven a quedar fuera de plano», explicó Ximena Alarcón Díaz, etnógrafa y directora del #TrendLab de la agencia argentina YOUniversal que estudia todas estas tendencias.
Al parecer el bienestar actual deja una paradoja amarga: cuerpos perfectamente diseñados para encajar, pero demasiado anestesiados para sentir, cambiando el goce de comer por la tranquilidad de ser homologables y aceptados.
Sin embargo ahí donde parece todo dicho, resuelto u homologado, aparecen interrogantes que nos abren un espacio para cuestionarnos y seguir replanteándonos qué significa bienestar. ¿Qué riesgos correrías con el objetivo de verte mejor? ¿De manera deliberada decidirías enfermarte, correr riesgos con sustancias prohibidas, automedicarte? Tristemente para mucha gente la respuesta a estas preguntas es un sí rotundo, porque la moda de la optimización corporal radica en la insatisfacción, en que las personas nunca hacemos lo suficiente para ser «mejores», pero sobre todo, en que el malestar corporal es la mejor estrategia de ventas para un mercado en auge.
¿Qué responsabilidad tienen los medios, las redes, los y las influencers de salud y moda? ¿Qué significa todo esto en un contexto de imposibilidad económica, alimentaria y de salud para tanta gente? ¿Cómo se ha ido desdibujando y resignificando el concepto de salud? ¿Podemos o queremos separar el placer de la comida —que no es solo nutricional sino también social, identitario, colectivo— del bienestar orgánico? ¿Cómo va a afectar este movimiento nuestras interacciones sociales y culturales cuando el deseo deje de ser un motor vital? Finalmente, ¿cómo vamos a entender nuestra soberanía si ya no somos quienes tomamos las decisiones sobre nuestro futuro?
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Periodista especializada en cultura, sociedad y género, escribe en diversos medios como La Nación, Forbes, La Diaria, El País, Volcánicas y Pikara Magazine. Es fundadora del Mapa de Barmaids & Afines, la primera plataforma de visibilización y acción para mujeres y disidencias en gastronomía en LATAM. Trabaja como consultora creativa y mentora de proyectos; investiga y es speaker sobre DEI en gastronomía.



