Este texto fue publicado originalmente en laCuerda.gt con el título «El precio real de la tortilla: Una investigación antropológica de Karla Itzamara» y se reproduce con autorización del medio1.
Son las siete de la noche en una tortillería de Jardines de Minerva, zona 11 de Mixco, en el conurbado de Ciudad de Guatemala. Un hombre mestizo, de tez blanca y complexión grande, golpea la mesa con la palma de la mano. «Chanín, chanín»2, dice en voz alta, «apúrate, apúrate». La mujer que atiende el comal se voltea sin decir nada. Le entrega las tortillas envueltas en un mantel, sin mirarlo, sin hablarle. Él se va sin dar las gracias. Karla Itzamara observa la escena desde la fila. Es una entre decenas de microagresiones que registró durante meses de trabajo de campo: pequeños gestos donde el racismo se disfraza de costumbre.
Itzamara fue clienta antes de ser investigadora. Vive en ese sector de Mixco y esa cercanía fue lo que la llevó a preguntarse por qué existe explotación laboral en las tortillerías que la rodean. En Guatemala predomina todavía la mano de obra de mujeres que tortean a mano. Aunque existen algunas tortillerías mecanizadas o semi-mecanizadas, sobre todo en la capital, estas siguen siendo minoritarias frente a la gran cantidad de negocios y puestos de mercado donde el torteo manual continúa siendo la norma y pueden trabajar «los tres tiempos», desayuno, almuerzo y cena.
«Me interesa conocer el contexto donde vivo como extraña», dice, «porque toda mi vida he vivido en lo rural». La pregunta que guió su investigación fue concreta: ¿Cuáles son las causas y las consecuencias de la explotación laboral de las mujeres indígenas en las tortillerías de Jardines de Minerva? Detrás de esa pregunta hay una historia más larga, la del desplazamiento de mujeres indígenas de sus comunidades hacia la ciudad, un proceso que se acentuó desde los años sesenta y setenta y que el neoliberalismo profundizó.
En la economía informal, donde terminan insertándose, la precariedad, el bajo salario y la falta de protección social se normalizan, mientras el Estado, dice Itzamara, reconoce en el papel la diversidad de los pueblos indígenas, pero no asegura sus derechos ni la dignificación de su trabajo.
El muro del silencio
La investigación no empezó donde terminó, tampoco esta vez. Itzamara pensaba entender la explotación desde adentro, hablando directamente con las mujeres que tortean. La realidad se lo negó. Usó la observación etnográfica: veinticinco horas registrando la vida cotidiana de cuatro tortillerías seleccionadas en el sector. Se volvió clienta frecuente y llevó puesta su indumentaria maya, dice, «para crear familiaridad identitaria y cultural». Aun así, cuando llegó el momento de pedir entrevistas, las trabajadoras se negaron rotundamente.
«No he podido hablar con las que tortean», anotó durante su trabajo de campo. «Es una prueba de esta brecha, del silenciamiento». Tuvo que reconstruir la historia desde los márgenes: entrevistó a ocho personas: dos dueñas de tortillerías, una empleada, y cinco clientes y clientas de entre 18 y 50 años, porque esa fue la única puerta que se abrió. El silencio directo de las tortilleras no fue un vacío de la investigación. Fue, en sí mismo, uno de sus hallazgos centrales.
Le costó, al principio, incluso nombrar lo que veía. «Cuando yo llegué a la tortillería a preguntar por mis intereses laborales, no sabía si realmente se llamaba explotación», cuenta. «Yo decía: pero ellas son indígenas igual que yo. Pero yo tengo el privilegio de preguntarme esto, de preguntarme sobre nuestras diferencias». Notó que las mujeres estaban cerradas, no sólo al espacio público, sino también al privado. Después entendió que ese cierre tenía una explicación material: doce horas al día de pie, respirando humo, atendiendo clientes que ni siquiera las miran a los ojos. «No se trataba de un tipo de explotación, sino de múltiples explotaciones», dice. Y no todas las mujeres tienen las mismas herramientas para transitarla: hay niñas que no pueden hacerlo.
Los números detrás del comal
Sólo en el sector de las Minervas, en la zona 11 de Mixco, Itzamara documentó veinticinco tortillerías. Los perfiles laborales son, en su mayoría, mujeres indígenas: adolescentes, adultas, niñas, ancianas, que permanecen de pie por horas frente a un comal de gas propano. Una de las clientas que entrevistó le contó que cuando ella y su madre buscaban trabajo en esos puestos, les ofrecieron mil quetzales mensuales3, por debajo del salario mínimo establecido por la ley4. Otras entrevistas hablan de sueldos de entre ochocientos y mil quetzales.
Itzamara respaldó lo que documentó con datos de una investigación más amplia —hecha con apoyo de la Agencia Internacional de Desarrollo de los Estados Unidos (USAID) y la Fundación Panamericana para el Desarrollo (PADF)—, sobre las condiciones de vida y trabajo de niñas y adolescentes indígenas en 292 tortillerías de Huehuetenango, Quetzaltenango, Guatemala, El Progreso y Jalapa.
El patrón se repite: jornadas de doce horas sin llegar al salario mínimo, un imaginario social que normaliza el trabajo infantil y varios estudios que ya evalúan la tortillería como una forma de trabajo en condiciones de semi esclavitud.
La Defensoría contra la Trata de Personas de la Procuraduría de los Derechos Humanos ha llegado a calificar algunas de estas dinámicas como nuevas formas de trabajo esclavo: niñas y adolescentes obligadas a trabajar muchas horas extra, cuyo salario no llega a sus manos sino a las de sus padres. Itzamara documentó también el patrón de contratación: empleadores que suelen ser indígenas de las mismas comunidades, confianza familiar de por medio y salarios de alrededor de mil doscientos quetzales que se le entregan a la familia, no a la joven que trabaja.
«La india tortillera»
Uno de los hallazgos que más le inquietan a Itzamara tiene que ver con el estereotipo. Habla de la figura social de «la india tortillera»: una representación cargada de peyorativos, construida sobre procesos cognitivos que naturalizan la diferencia y que –dice– terminan funcionando como estrategia de exclusión para mantener el orden social. La tradición, insiste, no es simplemente hacer tortillas, vestirse de cierta forma o hablar de cierta manera. «La tradición también está manchada por todos estos sistemas». En su investigación lo plantea sin matices: la tradición aquí no es herencia, es una trampa que convierte la cultura en justificación de la explotación.
A ese estereotipo se suma otro: la romantización de la mujer indígena tortillera por parte de lo que Itzamara llama la cultura hippie mestiza, esa que cree que el corazón de los pueblos indígenas está en su «artesanía», sus «tradiciones», sus «disfraces», sus «alimentos». Es la misma lógica que atraviesa su investigación sobre las vendedoras ambulantes de La Antigua:
Lo «típico» no es una categoría inocente, es una forma de consumir la cultura indígena sin cuestionar el racismo que la sostiene.
Redes que atrapan
Buena parte del reclutamiento ocurre a través de vínculos de parentesco dentro de la misma comunidad étnica, lo que crea, según Itzamara, una ilusión de protección y continuidad cultural. Las trabajadoras no sienten que están empleadas por una desconocida, sino que están «ayudando» o «trabajando con su propia gente». Esa percepción, dice, mitiga la sensación de estar dentro de un sistema explotador, aunque lo sea. El machismo dentro de las propias comunidades refuerza la dinámica: son las mujeres las que tortean, nunca los hombres. «Si uno les dice trabaja como tortillero, se ofenden», le contó una de sus entrevistadas. «Todavía tienen ese pensamiento retrógrado, mandan a las mujeres a tortear».
No todas se quedan atrapadas para siempre. Una de las entrevistas que recogió Itzamara narra la historia de una joven que decidió romper ese ciclo. Trabajaba junto a su hermana para familiares que ni siquiera les pagaban «porque somos tus familiares y te damos comida aquí», hasta que un día se fue. Se cambió de casa, buscaron dónde trabajar juntas, empezaron limpiando casas. Sin primaria terminada, ahora está sacando sus estudios básicos «como pudo». Es una de las pocas grietas de fuga que aparecen en toda la investigación.
El cuerpo como archivo
Dentro de las tortillerías también hay jerarquías. Una clienta entrevistada describió a «la encargada», la trabajadora con más tiempo en el lugar, como quien ejerce el poder cotidiano sobre las más nuevas: las trata mal, las humilla, perpetúa un ciclo que -dice la clienta- se repite de generación en generación. Es la encargada quien maneja el dinero y el trato con los clientes, mientras las nuevas, además de tortear los tres tiempos del día, muchas veces también hacen el trabajo doméstico de la dueña en sus horas de descanso.
Itzamara documentó ese daño también en el cuerpo. Las manos de las mujeres que tortean se llenan de quemaduras, se enrojecen, se dañan las articulaciones y la piel. «Hoy miré fijamente las manos de una joven no mayor de veinte años», escribió durante su trabajo de campo. «Entre los dedos tiene quemaduras que forman un mapa de dolor». En su cosmovisión, dice, las manos son para sanar, para bendecir, para tejer el mundo. Allí, en cambio, se convierten en una herramienta desechable.
La propia Itzamara no se separa de lo que investiga. «Llegar aquí no fue un viaje, fue un retorno», escribió. «Mi abuela nació en un lugar como éste. El olor a tierra mojada, al humo del copal y la leña, no son datos etnográficos: son la memoria de mi cuerpo». Es la misma tensión que atraviesa toda su obra, la que ya nombró al hablar de sí misma como mujer maya: la distancia entre el privilegio de poder preguntar y el compromiso de no limitarse a observar. «Cuando una mujer k’iche’ de mi edad me cuenta cómo tuvo que migrar a la ciudad para trabajar como empleada alimentaria, no estudio un caso. Escucho el eco de lo que pudo ser mi vida».
Cantar en k’iche’
A pesar de las condiciones, la nula ventilación, el espacio reducido, el humo constante, Itzamara encontró también resistencia. Durante su trabajo de campo escuchó a las mujeres cantar suavemente en k’iche’ mientras torteaban. Un acto pequeño, casi imperceptible para quien solo pasa a comprar tortillas, pero que ella describe como un gesto subversivo: robarle un momento de humanidad a la rutina. Se cuentan chistes, se dan consejos, tejen entre ellas una red de apoyo invisible que el patrón no ve y no puede medir.
No es una resistencia con pancartas, insiste Itzamara, sino una resistencia desde la persistencia: seguir cantando, seguir riendo, seguir siendo comunidad, a pesar de la máquina. Cada joven encorvada frente al comal es –dice– un testimonio vivo de por qué el capitalismo necesita del racismo para funcionar. Y frente a eso, su investigación no pretende cerrar el tema, sino abrir una grieta: «Es urgente crear conciencia sobre nuestro racismo internalizado, cueste lo que cueste».
Karla Itzamara es cantautora Kaqchikel, artista poliédrica, pensadora encarnada y educadora popular. Para conocer mas de su trabajo te recomendamos esta historia de La Cuerda: «Voy a seguir incomodando al mundo».
- El texto ha sido ajustado por el equipo de Comestible para agregar contexto que permita una mayor comprensión para las personas que nos leen en el resto de América Latina, las notas del editor (NE) son responsabilidad de Comestible. ↩︎
- Es una expresión de origen maya usada en Guatemala para pedirle a alguien que haga un trabajo rápido (N.E). ↩︎
- Eso es equivalente a US$52 dólares (N.E) ↩︎
- El salario mínimo mensual en Mixco para el año 2026 varía según la actividad económica, oscilando entre Q3,659.73 y Q4,252.28 (N.E) ↩︎
Es periodista de LaCuerda (Guatemala), enfocada en género, derechos humanos y cooperación internacional. Con más de siete años de trayectoria en medios canadienses y centroamericanos, es editora de La Próxima Revista y asesora en comunicación con enfoque de género para el CECI. Miembra de la Red Centroamericana de Periodistas y la FPJQ (Canadá). Cuenta con maestrías en Cooperación Internacional (Universidad de Jyväskylä, Finlandia) y en Género (Universidad McGill, Canadá).



