Tengo que ir a Uruguay, a Montevideo más precisamente, pero las capitales siempre se roban y predican como propias la identidad de las naciones. ¿Qué sé de la gente de Uruguay? Que toman mate, toman mucho mate, toman mate como nosotros en Argentina, pero diferente. Todas las veces que estuve, tomé mates con yerba1 de molienda fina2 . La primera vez que, luego de haber ido a vacacionar, volví a Argentina y vi yerba Canarias no lo podía creer. La compré entusiasmada, «voy a volver a tomar mate como en las vacaciones». Lo hice, horrible, imposible, amargo, sin palo, no lo entiendo… Debe ser el agua, dije. Y bajo esa frase condenatoria abandoné mi relación con la yerba de molienda fina y sin palo. Pasaron años, la academia volvió a relacionarme con una uruguaya. Simpática, amable y siempre de buen humor —la verdad, como todas las personas uruguayas que me crucé—. Volví a la yerba sin palo, volví al mate rico, mate por horas, mate no lavado, mate nunca frío. No lo entiendo. «Es propio de allá», dije. Y con esa frase condenatoria abandoné mi intención de replicarlo. Solo tomaré mate uruguayo cuando haya alguien de allá.
Pasaron los años. 2012, 2017, 2019, mi relación con la gente uruguaya me dijo que solo allá pueden hacer buenos mates con esa yerba, solo la gente de allá puede llevar el mate y el termo por la calle con gracia.

2024, tengo que ir a Montevideo, una semana. Me llevo yerba, mi yerba, la de siempre. Llevo un poco, después compro allá. Tres días duró mi yerba. Voy al supermercado, veo variedad, me habían recomendado una, solo conozco la Canarias. Compro la recomendada porque siempre que se pueda probar algo nuevo, ahí estaré. Es barata. Creo que es barata, me parece. Hago cuentas, multiplico, divido, pongo ceros, qué increíble lo abstracto del dinero, basta con viajar una hora y media por el Río de la Plata para comprender lo que estudié en el CBC3. El dinero es una construcción con ningún asidero en la realidad material. Lo entiendo en este momento, frente a una góndola llena de envases cuadrados de colores con números que no me dicen nada. ¿Es caro? ¿Es barato? No lo sé.

Compro la yerba, vuelvo al hotel. Qué lindo es tener el río en la ciudad, que sea parte, que esté ahí, todos los días igual, todos los días distinto. Me hago mate, es el momento. Tengo un budín de limón que me regaló una nueva amiga uruguaya que es inteligente, ocurrente, simpática, amorosa, pero no toma mate. Siempre me sorprende quienes no toman mate, ¿qué hacen en los momentos en que se toma mate? ¿Cómo llenan sus ratos a la tarde? ¿Cómo se despiertan? ¿Cómo comparten con otros un tiempo sin más reglas que las de charlar y estar? ¿Cómo hacen para vivir sin juntarse a «tomar unos mates»? Barthes tiene un texto sobre la relación del vino con el francesismo, recuerdo haber hablado esto con un compañero de la facultad. Deberíamos escribir un texto así, sobre el mate y su lugar en el ser rioplatense.
Me preparo el mate. Yerba, montañita, agua templada, bombilla4 , la teoría la tengo. Un mate. Raro, amargo. Otra vez agua, no sale. Hago fuerza, aspiro aire, saco la bombilla, chequeo como si la mirada y soplar adentro hicieran algo. Pongo la bombilla en una mezcla de yerba, agua y espuma que pinta bien. Nada. No sube nada. Se tapó el mate. No tengo otra bombilla, lo tengo que hacer de nuevo, no hay otra. Cambio la yerba. Yerba, montañita, agua templada, bombilla, un mate. Va. Otra vez agua… nada. Se tapó. No, con esta yerba no se puede, no se deja tomar. ¿Será que las y los uruguayos no solo saben caminar con el termo y el mate con gracia, sino que también solo quienes son de allá saben hacer mate? Recuerdo la vez que compré medio kilo de Canarias y no lo pude tomar. Recordé y sentencié: «es propio de la gente uruguaya, solo allá saben». Es un conocimiento que se transmite de generación en generación, de casa en casa, pero no cruza el río.

Me reúno con una pareja amiga, vamos al botánico. Qué entusiasmo me produce conocer algo que no conozco. Me subo al auto, están tomando mate. Miro con alegría, ¡vamos, este es el momento de mate! Nadie me convida5, nada. Bueno, no conozco mucho a la persona matera, raro, pero debe ser eso. Raro. Verde, árboles, feria, choripán que se llama «chorizo al pan». Le ponen criolla6 , hongos, lechuga, provenzal7, miro con cara de porteña ante una herejía. Acepto, es algo nuevo, todos lo pidieron así, «es la costumbre», digo. Pruebo, en contra de todos mis prejuicios, va. ¡Re va! Por favor, nunca le voy a decir a mi papá, pero qué bien queda todo esto en el choripán. Caminamos, nos sentamos, charlamos, nos vamos; no hay mate. Hay termo, hay yerba, seguro hay agua, pero no hay mate.
Me levanto al otro día, con mis cualidades porteñas y mi yerba uruguaya me hago un mate espantoso. Tomo uno, lucho tres. Lo necesito para sentir algo parecido al despertar. Tengo una reunión agendada, voy, nos sentamos en una mesa a charlar, la mujer está tomando mate. Simpática, relajada, risueña, amable, con buena predisposición, toma un mate, toma dos, no me ofrece. Me voy. No hay mate. «Bueno, no me conoce, está bien», pero igual algo resuena, no me ofreció un mate.
Último día de mi estadía, igual que en 2017, decido volver antes, ¿será esta la tendencia de mi yo en Montevideo? ¿Será que la facilidad de viaje y la cercanía hacen que una sienta que tiene menos restricciones que cuando se viaja a otros lugares? ¿Será que me quiero volver? ¿Será que quiero volver? Todavía no lo sé. Me voy a la facultad, tengo una reunión con el colega que me invitó y su tesista. Taller de tesis, qué divertido. Ese día me desperté, decidí irme luego de la reunión, armé la valija y salí. No tomé mate, pero ahora voy a la facultad y seguro hay mate. Llego, nos presentamos, nos sentamos, linda facultad, llena de verde, árboles y plantas que invitan a sentir los aromas de la primavera, eso me da una satisfacción interna, se siente, aunque la alergia no me dé tregua hace días. Oficina, luminosa, todos amables, simpáticos. Yo todavía no me desperté, no tomé maté. Me levanté, armé la valija, tomé decisiones, tomé un taxi rápido, pero no tomé mate. Conversamos, pensamos, hay entusiasmo, hay ideas, logramos orden. No hay mate. «Ay, no, ¿sabés que no traigo mate?», me dicen. Mi colega que devino en amigo me dice que no toma mate en la facultad. No entiendo. Si no toma mate, ¿qué toma?

Pasan las semanas, me reencuentro con mi amigo que hace rato también devino porteño, nos juntamos a charlar, la situación política-económica (o económica política, mejor dicho) me tiene bastante inquieta. Voy a su casa de San Telmo, llevo algo para merendar, harina, azúcar, hay que charlar. Llego. ¿Querés un té? ¿Cómo un té? ¡No, yo quiero mate! «Ah, no, no hay mate, se lo llevaron». Hay yerba, hay agua, otra vez no hay mate.
El aumento de mi contacto con la patria oriental no vino acompañado de mate. No lo puedo creer, si era lo suyo.
El mate tiene como registro propio el compartir. Se comparte el mate, el continente y el contenido. Se arma el mate para acompañarnos en un momento, una charla. De ambos lados del Río de la Plata compartimos el mate como tradición, hoy veo que se mantiene el mate, pero no se comparte. El mate se me presenta como el epítome de lo que nos dejó la pandemia. Lo que era colectivo ya no. Se pierde la comensalidad, no incluye a otras personas, cada quien se hace cargo de su mate, de su cebada, de su yerba.
¿Dónde queda el descubrir que esa persona es una gran cebadora?8 ¿Dónde queda para el cebador su lugar? ¿A dónde va esa capacidad si no puede ser puesta en acto de forma pública? ¿Se sigue siendo un buena cebadora si no hay un otro que lo pueda disfrutar? ¿Dónde queda el probar una yerba que no se tenía en el radar si cada quien lleva la suya, la de casa, la de siempre? ¿Dónde queda aprender los tiempos de la comensalidad, de la charla, del trabajo si cada persona toma mate sola, cuando quiere? ¿Cómo se aprende la paciencia de esperar que te toque o a aguantar el ritmo de la cebada cuando te dicen que «parááá, me acabás de dar»? ¿Cómo se marca el ritmo del día si no estás obligada a tomar mate porque hay que pasar la hora de la siesta? ¿Cómo se aprende a hacerle la segunda a alguien cuando solo estás vos para compartir ese mate que se arma, que no querés, pero sabés que no lo van a hacer para tomar en soledad? ¿Dónde queda el vínculo entre personas cuando el mate se vuelve algo propio? ¿Dónde queda lo colectivo cuando el mate se vuelve individual?
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Lectura recomendada: «En busca del mate perdido (en un país de vacas y soja)» de Santi Carneri Tamaryn publicado en Dromómanos.
- El nombre científico de la planta o yerba mate es Ilex paraguariensis. En los países donde se consume, la hierba, con «h» es la que crece en el campo, la yerba con «y» siempre será la yerba mate. ↩︎
- La yerba mate se compone tradicionalmente de hoja, palo y polvo, la mezcla de estos elementos determina su sabor. Se consigue en tres tipos de molienda, gruesa, media con palo o granulada, que es la tradicional en Argentina y la molienda fina que es la más común en Uruguay, su sabor es más intenso y duradero. ↩︎
- Ciclo Básico Común (CBC), es el primer año de todas las carreras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). ↩︎
- La bombilla es una especie de paja, pajilla, pitillo, popote o sorbete, que en un extremo lleva algún tipo de filtro que impide que pasen las hojas. ↩︎
- Tomar mate es en lo general algo colectivo, se comparte aún con gente que se desconoce. ↩︎
- Es la salsa típica de Argentina, Uruguay, Paraguay y Perú, por lo mismo no existe «la receta», sino variedades personales de la misma. La base es, cebolla blanca, pimientos de colores, tomate, aceite, vinagre, pimienta y sal. ↩︎
- Una de las salsas más básicas y famosas en occidente es la provenzal: ajo, perejil y aceite.
↩︎ - Cebar el mate no solo es ponerle el agua caliente a la yerba para extraer su sabor, es un ritual complejo que lleva tiempo dominar. Cebar empieza por colocar la cantidad adecuada de yerba en el mate, hacer el montoncito, colocar la bombilla con la inclinación perfecta, hidratar la yerba correctamente con el agua caliente para que no «queme» ni se moje toda de un golpe y así hacer que dure más su sabor. ↩︎
Phd. en sociología e investigadora. Su línea de investigación son las prácticas en torno al comer, las comensalidades y las desigualdades sociales. Profesora en la Universidad de Buenos Aires de Psicología social y de Historia de la alimentación. Estudió cocina, pero principalmente es una cocinera amateur a la que le gusta comer.



